II. Primer principio de la filosofía pop: agenciamiento


Los componente centrales del concepto “filosofía pop”, la especificidad de esta filosofía, pueden determinarse teniendo en cuenta tres principios básicos que la hacen posible: el principio de agenciamiento, la conexión con el afuera y la inclusión de la cultura popular. Estos tres principios son en realidad los tres momentos fundamentales de su despliegue. Cada uno de ellos presupone al anterior. El principio de agenciamiento es la base del ejercicio pop del pensamiento, pues es el que va a establecer cómo funciona. La conexión con el afuera nos muestra, en cambio, ya no cómo funciona sino hacia dónde se dirige. Finalmente, la inclusión de la cultura popular nos ofrece -una vez que sabemos cómo y dónde- aquello en que debe ocuparse la filosofía pop, es decir, el qué de su ejercicio. Cómo, dónde y qué, como veremos más adelante, constituyen las coordenadas que nos permiten re-contextualizar a la filosofía, haciendo de ella un pensamiento concreto, cargado de vitalidad y que emerge continuamente de una experiencia temporal del mundo.

El principio de agenciamiento funciona como una especie de “primer principio”, tanto ontológico como epistemológico. Así como Platón y Aristóteles nos enseñaron que la ley del pensamiento y de la existencia era el principio de no contradicción, la filosofía pop sostiene que es el principio de agenciamiento quien ocupa aquel lugar privilegiado. Según este principio, tanto la constitución de lo real como la naturaleza del pensamiento están exentas de cualquier tipo de relación a priori y necesaria. Esto significa que, más allá de las construcciones pre-establecidas por la racionalidad humana, lo único que hallamos en el mundo son determinaciones libres, es decir, singularidades no ligadas entre sí: el puro esto o el caos. La filosofía pop se nos muestra entonces como un empirismo radical: siguiendo a Hume, sostiene que la ley del pensamiento y de la existencia es la ley de conjunción. El orden del mundo y el orden de nuestros pensamientos responden a una lógica de conjunción constante de eventos que naturalmente no tienen ninguna relación entre sí. El producto de esta conjunción constante es un agenciamiento (Hume diría un hábito o una costumbre). Un agenciamiento, entonces, es un conjunto particular de relaciones específicas entre determinaciones libres que da lugar a algo. Un esto es un término de conjunción; un algo es una conjunción realizada. Un agenciamiento es una pequeña armonía. Por ello, a partir de su formación emerge un sentido. Por el contrario, el puro esto, no agenciado, es sin-sentido o a-significante.

Por ejemplo, este texto es un agenciamiento lingüístico, un conjunto de enunciados que da lugar a un texto con sentido. Pero, al mismo tiempo, cada enunciado es un conjunto de palabras, las que son, a su vez, un conjunto de letras. De la letra al texto pasamos por distintos grados de agenciamiento, del puro y a-significante esto (letra) al complejo y significante algo (palabra, enunciado, texto). Pensemos en otro ejemplo: el cine. Un film es un agenciamiento, la conjunción de múltiples y heterogéneas imágenes. Una imagen, por su parte, es también el agenciamiento de los elementos que la componen. Y, así, podríamos continuar hasta toparnos con las singularidades últimas. Los diferentes niveles de agenciamiento tienen su propio sentido: el sentido del film, el sentido de una escena, el sentido de una imagen, etc. Un ejemplo más: un individuo. Acá el lenguaje tiende a engañarnos, pues ¿somos los individuos realmente individuales, es decir, singularidad irreductibles, puro esto? Cada persona está constituida por una multiplicidad y, en ese sentido, es también un agenciamiento: afectos, recuerdos, pensamientos, fantasías, pulsiones, instintos, proyecciones, etc. Lo que uno es, nuestra esencia podríamos decir, es la particular forma en que todas nuestras singularidades están relacionadas entre sí, es decir, agenciadas. Por ello, no tiene sentido hablar de la esencia del hombre (de ninguna esencia en general) sino de la esencia de este o de aquel hombre particular, en otras palabras, solo es significativo hablar de la esencia cuando nos referimos a la forma en que un agenciamiento está constituido. Por ello Spinoza decía que la esencia de un cuerpo es igual a su potencia, esto es, a lo que pudiese hacer en función de sus elementos constitutivos. Cada agenciamiento singular, entonces, tiene su propia esencia.

Ahora bien, ¿encontramos en algún lugar determinaciones libres -puro esto– que no pertenezcan a algún agenciamiento particular formando parte de un algo? En principio no. Toda nuestra experiencia del mundo está de entrada cualificada por algún conjunto de relaciones en virtud de la forma en que nos representamos la realidad. Un tenedor, por ejemplo, en medio de la selva, en manos de un nativo que no conoce qué es ni para qué sirve este utensilio se convierte en puro esto. El caso de Francisco Pizarro entregándole la Biblia a Atahualpa es muy gráfico: este la olió, tocó, probó, etc., y la tiró al suelo. Carecía plenamente de sentido para él pues no pertenecía a ningún agenciamiento posible de su mundo. Así, pues, ubicarse frente al puro esto solo es posible si hacemos estallar la red de representaciones con la que ordenamos el mundo y en la que nosotros mismos estamos ubicados (o si nos ubicamos fuera de ella, como en los ejemplos mencionados). Sin embargo, esto implicaría una fuerte des-organización del mundo y una des-subjetivación de nosotros mismos: caotización. ¿El urinario de Duchamp no fue un acto de caotización? ¿No rompió Duchamp con las leyes de conjunción que predeterminaban, por un lado, los agenciamientos posibles del arte y, por el otro, los agenciamientos posibles de la higiene íntima? Lo que hace de la obra de Duchamp algo más que un simple error categorial, es decir, algo más que una simple confusión empírica (por ejemplo, tomar el control de la TV por el celular), es que pone en cuestión toda la estructura trascendental que determinaba las condiciones de posibilidad de lo que era arte y de lo que no lo era. El urinario de Duchamp no es un error, es un acontecimiento que abre por primera vez al arte y lo conecta con la fuente desde la que nace toda creación: la experiencia radical, directa y pura del mundo. El urinario representa entonces para el arte el haber alcanzado el límite último de toda experiencia: el reconocimiento de que la base de su existencia (y de la existencia en general) es el agenciamiento o la conjunción constante. Desde este momento, el arte se liberó de su forma de interioridad (lo que es arte por definición) y pudo contactarse con la potencia de su afuera relativo (lo que no es en principio ni por derecho arte).

La filosofía, por su parte, no ha logrado aún romper con su propia forma de interioridad. Todavía se lucha por mantenerla pura, por evitar que sea contaminada por agentes externos. La forma de interioridad de la filosofía, su propio agenciamiento cerrado, es la Historia de la filosofía. Cada vez que alguien empieza a hacer filosofía se le enseña a agenciar con su propia historia, es decir, a pensar al interior de un desarrollo particular de ideas sostenido a través del tiempo por una policía del pensamiento, como decía Deleuze: la Academia. El filósofo, como afirmamos al inicio de nuestro texto, debe ocuparse de la Idea, nunca de la Cosa; por ello, tanto los estudiantes como los profesores de filosofía solo se conectan con la interioridad del libro, lugar sagrado donde han sido tejidas todas las posibilidades de agenciar las ideas filosóficas. Por ejemplo, es posible pensar la relación entre la concepción de la substancia en Aristóteles y en Descartes; puede pensarse también la relación entre la concepción del capitalismo en Marx y Weber. Pero, ¿sería posible pensar en un wáter como ejemplificación contemporánea de la materialización de la ideología? ¿Acaso no puede expresar la forma de nuestros wáteres la manera en que organizamos y valoramos el mundo? ¿Podría entonces el wáter agenciar con la filosofía? ¿Podríamos pedirle a Sócrates que le dé vueltas al asunto e incluya a las uñas, los pelos y los urinarios dentro del cielo de las ideas? ¿Es decir, puede haber ideas para aquello que está fuera de la forma de interioridad de la filosofía? Esta última es la pregunta fundamental que la filosofía pop pone sobre el tapete y a la que busca darle una respuesta afirmativa. En otras palabras: ¿qué puede legítimamente pensar la filosofía?

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2 pensamientos sobre “II. Primer principio de la filosofía pop: agenciamiento”

  1. maria claudia dijo:

    esta bien argumentado pero no sale lo que estoy buscando que es las características del primer principio de resto estas muy bien gracias 🙂

  2. junior urrutia dijo:

    Thenks

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