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¿Cómo sería Lima, crónicamente congestionada, sin autos? Imaginen que un día cualquiera por la mañana, al dejar atrás la puerta de su hogar, se encuentran con un escenario inesperado: las calles están desiertas, las personas transitan a pie el espacio y, aparentemente, el único artificio que sobrepasa la velocidad natural de los transeúntes es la bicicleta. Asombrados por la extraña situación, empezamos a examinar detenidamente el ambiente: en un inicio, un silencio abrumador nos sobrecoge; sin embargo, rápidamente, reconocemos un sinfín de sonidos que hace mucho no acariciaban nuestras orejas: el viento soplar, ramas crepitar en los árboles, hojas secas crujir bajo las pisada de los caminantes, pájaros cantar desde sus nidos; a lo lejos, confundidos en el fondo sonoro, gritos, llantos, carcajadas de niños. Unos minutos después, sobrepuestos del espectáculo musical, nos percatamos de que la nueva experiencia no se agota en lo visual ni en lo auditivo, pues no solo vemos un espacio diferente –amplio, vacío– ni percibimos solo sonidos inauditos –suaves, melódicos–, también comenzamos a captar olores que nos imprimen la sensación de haber errado su lugar propio: la brisa marina o el dulce aroma a flores se apoderan de la ciudad, ámbito dominado, hasta ese entonces, por el smog emitido por los automóviles.

No descarten de un plumazo esta fantasía. Los ideales no siempre están reñidos con la realidad. Es esto lo que el prolijo escritor francés Marc Augé nos quiere transmitir en su excepcional libro Elogio de la bicicleta. En este breve ensayo, Augé construye  una ciudad ideal en la que, sorprendentemente, el objeto más importante sería la bicicleta. Es cierto, Augé es explícito al sostener que lo que propone es una utopía. No obstante, esto no le impide creer que las utopías funcionan como ideales regulativos que guían nuestra conducta hacia una condición deseada. Imaginar una ciudad en la que el principal medio de transporte sea la bicicleta, en la que el tráfico, el smog, el estrés, los accidentes y la contaminación auditiva ya no existan es imaginar, qué duda cabe, una verdadera revolución. La única diferencia es que esta revolución no tendrá como medio de realización a las armas y a la violencia sino, simplemente, a la bicicleta.

Podríamos concluir que para Augé la masificación del uso de la bicicleta expresa la realización concreta de los ideales de la Revolución Francesa. La “revolución de los pedales” pone en práctica la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pedaleando somos libres porque nos adueñamos pacíficamente del espacio, porque ponemos al tiempo y a la velocidad de nuestra parte, porque recuperamos la inocencia que en nuestra niñez nos permitía fluir raudamente, como las aves o los peces. Pedaleando somos iguales porque, si bien es cierto que habrán bicicletas de distintos tipos, sus diferencias no serán tan grandes como para que se conviertan en un símbolo de estatus económico o de distinción de clases; porque pedaleando la ciudad se convierte en un espacio abierto y horizontal de encuentro, donde las personas nos vemos cara a cara y nos mezclamos. Pedaleando somos fraternos porque nos identificamos con el esfuerzo y con el cansancio de quienes impulsan sus bicicletas día a día a nuestro lado, porque eventualmente compartiremos nuestra bicicleta con los demás, pues no la consideraremos un objeto para ser atesorado, sino un bien para cooperar, enseñar, gozar. Pedaleo, luego existo.

No necesito persuadirlos para que lean Elogio de la bicicleta. Solo comparto la ilusión que experimenté al imaginar una ciudad en la que podríamos reconectarnos con la naturaleza y con los seres humanos; una ciudad ecológica y humanista. Les alcanzo, entonces, esta invitación para que ustedes también puedan acompañar a Augé en su nostálgico pero esperanzador viaje en bicicleta a lo largo del siglo XX. Quién sabe, tal vez, algún día la imaginación logre imponerse a la realidad; quién sabe, tal vez, algún día nuestra agobiante Lima albergue proyectos como Vélib’ o Bicing que buscan convertir París y Barcelona en bici-ciudades. La posibilidad está en nosotros.

Fragmento del libro sobre los proyectos Bicing y Velib’ en Barcelona y París respectivamente:

“Otro ejemplo notable es el de Barcelona (…). Desde su puesta en marcha en el 2007, el Bicing (…) ha ganado en muy poco tiempo la confianza y entusiasta aceptación de los barceloneses. Los datos de crecimiento son ciertamente espectaculares: en tan solo dos años se han pasado de 14 estaciones y 200 bicicletas a una red de 400 estaciones y 6.000 bicicletas, un servicio que cubre prácticamente la totalidad de los distintos distritos de la ciudad. Es más, la EMT (Entidad de Transporte Metropolitana) ultima un proyecto –el “Área Bicing”– cuyo propósito es extender el servicio a 17 municipios metropolitanos, con unas 440 estaciones y 3.500 bicicletas, lo cual supondrá una red de 375 kilómetros. La respuesta de los ciudadanos ha sido igualmente excelente: 188.000 abonados (…). Igualdad de uso por géneros; igualdad de uso por edades: la bicicleta iguala y hermana, respetando las diferencias: es radical y profundamente democrática”.

Sitios web:

http://www.velib.paris.fr/

http://www.bicing.com/home/home.php


[1] Artículo publicado originalmente en la revista Asia Sur (N° 67, diciembre 2009 [http://www.asiasur.com]).

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