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Siqueiros

El lugar que ocupa el cine en la vida cotidiana del hombre contemporáneo es, sin duda alguna, fundamental, pues nos otorga un espacio de distracción, relajo y diversión. La mayor parte de películas que se producen anualmente en el mundo entero forma parte de las ofertas de entretenimiento que nuestro sistema tiene para ofrecernos. La tecnología puesta al servicio de nuestra imaginación y de la dimensión lúdica que forma parte de todo ser humano. Este rol es innegable y, sobre todo, necesario.

Sin embargo, el cine va más allá; o, en todo caso, puede hacerlo. Para el filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1995) el cine tiene la potencialidad de hacernos pensar[2]. No es, pues, solamente un instrumento tecnológico destinado al entretenimiento -cosa que, casi por definición, implica el cese del pensamiento-. Por el contrario, el cine es, indudablemente, también una expresión artística y como tal tiene la capacidad de afectarnos, movilizarnos, golpearnos, remecernos, chocarnos, desestabilizarnos, haciendo con ello que nuestra habitual y tranquila manera de representarnos el mundo se vea amenazada. Esta caída de nuestros esquemas no es otra cosa que lo que Deleuze llamaba el devenir revolucionario de los individuos, esto es, el movimiento de transformación interior mediante el cual llegamos a ser algo distinto a lo que siempre hemos sido. Es la lucha abierta y frontal contra nuestro tirano interior, contra aquella instancia sedimentada y severa que habita dentro de cada persona y que la obliga a mantenerse aferrado a ciertos prejuicios y dogmas. Es el reconocimiento de que, más allá de nuestra forma de ver el mundo, existen otras maneras de experimentar, otorgarle sentido y valorar la realidad que pueden no haber sido contempladas por nosotros. Así, pues, el cine de pensamiento nos permite acceder a una visión de mundo diferente, es decir, a una perspectiva antes no contemplada de la realidad.

Por ello, la conversión que produce en nosotros la experiencia del cine se identifica, para Deleuze, con lo que podemos llamar un devenir vidente. Esto implica que el individuo se haga sensible a los signos del mundo. Así, pues, gracias a la experiencia de un film uno puede ver signos y acontecimientos en el mundo que antes no veía; gracias al cine uno puede, entonces, pensar aspectos de la realidad que antes formaban parte de lo impensado. Por ello, para nuestro autor, hacer la experiencia del cine es un acto ético y político. El cine como micro-política.

El neorrealismo italiano, surgido del impacto de la Segunda Guerra Mundial, es expresión del poder visionario y por lo tanto ético/político del cine. Tal vez Europa 51 de Rossellini sea una de las películas que presenta con mayor fuerza esta alianza. Les dejo el link de un conversatorio en España sobre Europa 51:


[1] Publicado originalmente en http://www.pucp.edu.pe/puntoedu/index.php?option=com_opinion&id=2136

[2] Esta idea la desarrolla básicamente en sus estudios sobre cine: La imagen movimiento. Estudios sobre cine 1 y La imagen tiempo. Estudios sobre cine 2. Pueden acceder a resúmenes de estas obras en: http://elpulpo.wordpress.com/

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