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“Diferentes, los cuerpos son todos algo deformes. Un cuerpo perfectamente formado es un cuerpo molesto, indiscreto en el mundo de los cuerpos, inaceptable. Es un diseño, no es un cuerpo”[2] 

 

Ahora que nos alcanza la temporada estival, no hay otro protagonista más que el cuerpo. Cuerpos por todos lados: desnudos, bellos, anoréxicos, grotescos, obesos, impactantes, bronceados, pálidos. Siempre diferentes, siempre seductores. ¿Por qué nos fascina? ¿Por qué sus texturas, olores, gestos, movimientos, pero, sobre todo, su imagen encienden nuestros sentidos, hacen delirar nuestra imaginación? En sus orígenes en Grecia, nuestra cultura cultivó de manera notable el cuerpo: el Gymnasium era el lugar en el que se instruía a los jóvenes varones en ciencias, artes y, con igual importancia, en deportes, enseñanza orientada al fortalecimiento y embellecimiento de los cuerpos. Con el despliegue del cristianismo durante la Edad Media, el cuerpo adquirió una connotación negativa: la carne era el lugar del pecado, por ello debía ser ascéticamente purificada. En la actualidad, a partir de los años 60 con el auge de la sociedad del espectáculo y del consumo, marcada por el american way of life, por la atracción que provocó el movimiento hippie y por la reivindicación de ciertas formas de hedonismo, el cuerpo ha tomado nuevamente un lugar privilegiado en la construcción de nuestro imaginario colectivo. En el cuerpo –específicamente en la imagen que proyecta– radica gran parte de nuestras posibilidades de felicidad y autorrealización. Cirujanos plásticos, nutricionistas, gimnasios y spas han tomado por asalto nuestra civilización. Basta dar una vuelta por nuestra ciudad para comprobar la proliferación de estos lugares, versiones contemporáneas del Gymnasium griego.

Sin embargo, el cuerpo es bastante más que esa imagen muchas veces superficial, trivializada, plastificada y enlatada que los medios de comunicación y la sociedad del espectáculo y del consumo nos transmiten. El cuerpo es el espacio propio de los afectos, las pasiones y los sentimientos. El cuerpo es nuclear, fuente de intensidades y grados de energía que pueden llegar a sorprendernos. No podría decirlo más bellamente que el poeta Paul Valéry: “Lo más profundo en el hombre es la piel”. La piel es el órgano más grande del cuerpo humano, es un manto que se extiende aproximadamente dos metros cuadrados. Pero su profundidad no se agota en lo que vemos, se dirige hacia los órganos internos, las venas, los huesos, los tendones, la sangre, todo eso que permanece oculto a nuestra mirada. Somos la imagen del cuerpo, sin duda, pero al mismo tiempo somos mucho más que esa imagen. El cuerpo es lo que nos recuerda constantemente que estamos más cerca de los animales que de los ángeles, seres incorpóreos que desconocen el placer y el dolor. ¿Cómo gozar la existencia sin haber tenido la dicha de experimentar ambos polos?  ¿Cómo vivir, entonces, sin valorar este cuerpo que trasciende su imagen, intensivo y nuclear?

El siglo XX nos regaló dos genios del cuerpo: el pintor Francis Bacon y el fotógrafo Spencer Tunick. Ambos buscan que los cuerpos expresen sus más disímiles potencias, sus dimensiones desconocidas; y siempre liberados de los modelos que nos exige alcanzar la sociedad de la imagen perfecta. Cuerpos cotidianos, naturales, reales son los que Tunick captura en sus fotografías. Pero lo más interesante es que retrata masas desnudas apropiándose de espacios públicos: plazas, parques, museos, avenidas. Pareciera que busca expresar una comunidad originaria: ¡he aquí el cuerpo humano reunido como en el origen!, podría ser su mensaje. Por su parte, Francis Bacon retrata una condición aún más radical del cuerpo: la disolución de sus límites, de sus contornos definidos, de sus estructuras. Pinta la fuerza, no la forma. Los cuerpos de Bacon, fatigados, pesados, dormidos, escapándose de sí mismos, agotados, embriagados, deformados, expresan todo lo que puede ser un cuerpo según sus intensidades propias y no solo lo que debe ser un cuerpo según los ideales colectivos.

Ambos artistas van más allá, entonces, de la representación corporal a la que estamos acostumbrados y a la que nos conminan a adecuarnos a través de dietas, ejercicios o cirugías. Nos ofrecen, gracias a ello, la posibilidad de mirar nuevamente el cuerpo, desde otra perspectiva, sin la carga de la imagen perfecta que nos encanta. Tunick y Bacon son crudos, por ello reales y liberadores. Sus cuerpos son los de todos, el mío, el tuyo, el nuestro.

Para ver más del trabajo de estos artistas, pueden entrar a:

Francis Bacon: http://www.francis-bacon.com/

Spencer Tunick: http://www.spencertunick.com/


[1] Artículo publicado originalmente en la revista Asia Sur (N° 68, enero 2010 [www.asiasur.com])

[2] Jean-Luc Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo, Buenos Aires: La cebra, 2009, p. 18, indicio 22.

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