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Hay que empezar por uno mismo. Hoy sentí dolor y vergüenza por mi cobardía, por no poder resistir, por no ser firme en mi posición, por no poder decir simplemente “no”. Fui al aeropuerto a dejar a mi hermano y a su novia para que tomen su vuelo de regreso a Estados Unidos, luego de haber pasado unos días de vacaciones en Perú. En la entrada, como siempre, estaban los polícias que revisan que tus documentos estén en regla. Y los míos no lo estaban. En diciembre había vencido el plazo para hacer la revisión técnica de mi vehículo. No la hice. ¿Por qué? Olvido, desidia, desinterés, pereza, irresponsabilidad. Sin duda, soy yo quién falló. No lo niego. Y por eso siento aún más rabia, más pena.

Pero lo que me desespera y abate profundamente es la manera en que la policía te puede reducir psicológicamente tan rápido y con tanta facilidad. Me tontearon de un policía a otro, que el general, que el capitán, que el encargado de tránsito, etc., etc. Cada uno con un cuento distinto, cada uno me enseñaba un librito todo viejo con las reglas de tránsito que parecía comprado en una combi para que yo viera que “no me estaban queriendo engañar”, que “efectivamente había cometido una infracción”. Yo lo sabía, no había que darle tantas vueltas al asunto. Son como los torturadores, buscan ablandarte poco a poco: te pintan el terrible escenario por el que vas a tener que pasar, que el depósito, que las no sé cuántas UIT que vas a tener que pagar… inclusive uno llegó a decirme, y juro que no sé muy bien qué quiso insinuar, que la marca y el modelo de mi carro es de los que le dan a los policías y que, por ello, “no me convenía ir al depósito”.

En los 30 minutos que duró el martirio, yo solo atinaba a aceptar mi responsabilidad y a preguntar qué había que hacer, quién me iba a llevar al depósito, a qué comisaría debía ir, cuánto tiempo duraba el procedimiento, qué trámites debía hacer para solucionarlo. Evidentemente estas preguntas nunca fueron respondidas, las eludían, cambiaban de tema, me daban respuestas confusas, incoherentes y siempre volvían sobra la imagen de lo terrible que era que me apliquen la sanción correspondiente -era como la lógica del infierno en el cristianismo-. Finalmente, el último individuo con el que hablé me dijo: “mire señor, nosotros no nos damos abasto para intervenir todos los carros que ingresan al aeropuerto a esta hora, por eso queremos botarlos rápido para que no se acumulen”. Entonces yo le respondí: “perfecto, ¿qué tengo que hacer?”. “Colaborenos con la cena”, me dijo. No me hago el ingenuo en esta ocasión. Durante todo el tiempo que duró la “intervención” yo sabía que en algún momento me lo iban a proponer, pero siempre es igual de impactante, desconcertante, incluso nauseabundo cada vez que escucho una proposición así… y mucho más rastrero se siente uno al aceptarla. Le di 20 soles, y me fui. Aceleré todo lo que pude. Subí el volumen de la radio. No canté, grité.

Tal vez algunos piensen que exagero. Pero no es así. Me siento desencajado. Tengo una mueca en el rostro mientras escribo, y un gesto de disgusto, odio, rabia, vergüenza en el alma… dirigido en primer lugar hacia mí mismo, pero también hacia el país en el que vivo, hacia las personas que todos los días reproducen este sistema asqueroso en el que vivimos, esta “sociedad de complices”, como la llama Gonzalo Portocarrero, que funciona al margen o por debajo de la ley. ¿Por qué el policía no se limita a educarme o a sancionarme? ¿Por qué tiene que pervertirme? Lo digo sinceramente, yo no me siento parte de esta lógica alternativa de corrupción, de la “criollada” que moviliza nuestra ciudad. Si de algo puedo estar orgulloso es de mi común resistencia a ese modo bajo de sentir y de vivir. Pero a veces fallo, y supongo que es normal. Hoy fallé y estoy abatido. No pretendo ser un modelo ni el ciudadano estrella. Solo hacer lo que considero que está bien. Pero no siempre puedo. Y en situaciones como esta, me siento atropellado por un sistema que es mucho más fuerte y cínico que yo. ¿De dónde sacar coraje para mantener un “no” firme todos los días cuando la realidad te aplasta y cuando somos los menos quienes aún creemos en el orden, el respeto y la legalidad?

¿Cómo resistir?

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