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La noche de año nuevo es anhelada por todos. De una u otra manera, esperamos que el cambio de año represente o exprese al mismo tiempo un cambio en nuestras vidas. Si nos fue bien, deseamos que nos vaya mejor; si nos fue lo suficientemente bien el año que termina, entonces queremos que el próximo sea, por lo menos, tan bueno como el que pasó. Aunque lo ideal sería que supere lo logrado, inclusive que colme y rebase nuestras expectativas. Es, por ello, un momento de reflexión y meditación -aunque estas prácticas cada vez son menos comunes- en el que hacemos un balance de lo vivido, de nuestras relaciones, de nuestro trabajo, de lo que hemos hecho hasta el momento con nuestra vida. Es, también, un momento de celebración: gozamos, bailamos, bebemos, cantamos, comemos, encendemos fuegos artificiales como muestra de alegría, regocijo y orgullo. Pero también nos embarga la nostalgia y la melancolía: recordamos a quienes nos dejaron, a los familiares o amigos que están lejos, las cosas que pudimos hacer y que dejamos pasar y, por qué no, los amores que se acabaron con el año. El final del año, como todo fin, y especialmente, como el fin de un ciclo, lleva en sí una mezcla densa y muy intensa de afectos, sentimientos, recuerdos, expectativas, añoranzas; pero es, también, apropiándome de la expresión de una gran amiga, el umbral del “año cero”. Cada nuevo año que se anuncia es un nuevo comienzo, un nuevo inicio, un conjunto de posibilidades abierto, probabilidades inéditas, indefinidas, infinitas, indeterminadas. Pero desgraciadamente, no todo es color de rosa en año nuevo.

 

En medio de un escenario como el descrito anteriormente me encontré este 31 de diciembre. En casa de unos amigos desde nuestra época universitaria, comimos, bebimos, bailamos pero, sobre todo, disfrutamos del momento como hace mucho no lo hacíamos. Sin embargo, hubo algo que opacó la noche: la emergencia terrible e impiadosa de Tanatos, el instinto de muerte que habita en todos nosotros. Ya entrada la noche, presenciamos una pelea callejera entre dos grupos evidentemente bajo los efectos del alcohol. La imagen fue demoledora: un adolescente de alrededor de 16 años, tirado en el suelo, era brutalmente pateado por otro. Uno, dos, tres, cuatro golpes en la cabeza, al quinto, el chico dejó de protegerse, de moverse, se desparramó como un saco en el suelo. En ese instante su agresor aparentemente recobró algo de conciencia y se detuvo. O tal vez simplemente constató que su tarea había sido cumplida y que era innecesario continuar con la golpiza. Ninguna de las dos opciones me deja tranquilo. En todo caso, la violencia entre los grupos continuó. Nosotros nos alejamos, impotentes y sorprendidos ante semejante expresión gratuita de violencia sobre violencia.

 

Sé que algunos pensarán que en lamentables casos como este la causa principal es el alcohol. No creo que sea la causa, aunque tal vez sí el detonador. Una borrachera, es cierto, puede nublar el razonamiento, pero ¿puede hacer del ser humano un ser bestial?, ¿puede  invertir en pocas horas los miles de años de evolución que nuestra especie carga encima? ¿puede convertirnos en hombres de las cavernas y borrar de un tirón la ampliación que nuestra conciencia moral ha tenido a lo largo del tiempo? Esto me parece inconcebible. ¿Qué hace, entonces, que un chico de menos de 20 años cargue en sí tanta furia, odio e ira como para descargarlos sin ningún control ni remordimiento sobre la cabeza de otro joven que muy bien podría ser él mismo o un amigo o un familiar? ¿Dónde queda, en escenarios como este, la racionalidad, la empatía, la compasión, el respeto por el otro? ¿Acaso no vemos un semejante? Si no es así, ¿qué ven estos chicos? ¿Por qué muchas personas, desde muy jóvenes hasta adultos y ancianos, encuentran en la violencia, en las peleas, en la dominación, en la agresión, en las armas, en el daño y el sufrimiento ajeno, fuente de placer, goce y satisfacción personal? ¿Cómo el dolor del otro puede ser el placer propio? Planteo muchas preguntas, pues tengo pocas respuestas. Nuestra sociedad es violenta, de eso no cabe duda: violencia familiar, en las calles, en las barras bravas, secuestros al paso, delincuencia común, insultos y maltratos inclusive en las altas esferas políticas como el congreso. Lima aún no alcanza los niveles de violencia que existen en México D.F. o en Sao Paulo, por ejemplo. Pero inevitablemente nos acercamos a ellos. ¿Por qué? ¿Qué podemos hacer? No se me ocurre más que una cosa: educación. Esto parece un cliché, lo acepto. Sin embargo, creo que la opción es irrefutable: la ignorancia conduce a la barbarie, la educación a la civilización. Pero ojo, acá la diferencia entre civilización y barbarie, como afirma Salomón Lerner, no está determinada por el desarrollo tecnológico o económico de un país sino, por el contrario, por el desarrollo humano. La educación no es información solamente; es, en primer lugar, formación. Como decían los griegos, formación del alma. Esto implica, en términos contemporáneos, simplemente educación cívica. Últimamente me pregunto con mucha seriedad: ¿no deberíamos invertir las horas de clase en los colegios y darle mayor peso e importancia a cursos como filosofía, ética o cívica? Pues, ¿de qué nos sirve tener grandes matemáticos o físicos si usan esos conocimientos para construir la bomba atómica (la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo de esto, Einstein mismo se arrepintió de haber colaborado en su creación)? ¿De qué nos sirve tener importantes economistas si estos no están preocupados por el hambre de los pobres sino por los lujos de los ricos? ¿No deberíamos, entonces, enseñarles a nuestros hijos a sensibilizarse frente al otro, a reconocerlo y respetarlo, incluso a cuidarlo? Tal vez, eso espero, esta sea la vía para evitar la violencia con la que me recibió el primer día de este año. Tal vez, eso espero, nuestros gobernantes se den cuenta, por primera vez en la historia, que la única vía para superar las taras del subdesarrollo (en el sentido antes planteado, desarrollo humano) es la educación.

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