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Hace unos días vi la tan discutida película de James Cameron, Avatar. Recordé que unas semanas atrás había escrito un texto sobre la relación del ser humano con la naturaleza. Acá lo posteo, con la promesa de escribir pronto algo directamente sobre Avatar.

Ubicados frente al espejo, contemplando nuestro rostro, nuestro cuerpo, ¿qué vemos?

Sin duda alguna, uno de los temas actualmente en boga es el cuidado del medio ambiente. El respeto por la naturaleza ha ganado popularidad en los últimos años de manera increíblemente acelerada. Un caso más que representativo es el de Al Gore, candidato a la presidencia de los Estados Unidos que estuvo a punto de ganar las elecciones básicamente gracias a su discurso pro medio ambiente (el documental La verdad incómoda es el resultado más famoso de su preocupación). La contaminación de mares y ríos, la tala indiscriminada de bosques y selvas, la polución del aire, entre otros múltiples ejemplos, son solo algunas de las graves consecuencias del desmedido desarrollo industrial que las grandes potencias del mundo han puesto en marcha desde la Revolución Industrial a mediados del siglo XIX. ¿Qué haríamos sin agua si la vida proviene de ella? ¿Cómo vivir sin árboles que purifiquen el aire que respiramos? ¿De dónde extraer oxigeno si solo nuestro planeta goza de él? De aquí que algunos especialistas en cuestiones medioambientales hayan comparado a nuestra especie con un cáncer muy agresivo. Su razonamiento es el siguiente: si nuestro planeta se concibe como un gran sistema que se sostiene y regula a sí mismo, entonces que una de sus partes (los seres humanos) esté creciendo aceleradamente y destruyendo al resto de elementos no significa otra cosa más que es un cáncer. Ninguna otra especie va más allá de lo necesario para adaptarse al medio, ninguna otra especie rompe con la estabilidad y la armonía del sistema. Solo nosotros. Para pensarlo dos veces, tal vez más.

 

Sin embargo, desde hace algunas pocas décadas la conciencia de la humanidad se ha convertido en una “conciencia ecológica”. Quienes tienen más de 30 años, con seguridad recuerdan que en su infancia, en el colegio por ejemplo, la problemática de la destrucción de la naturaleza no existía. Ahora es uno de los tópicos centrales de la educación, desde el nido hasta la universidad. Tal vez, quienes vivieron durante los años de la Guerra Fría, tuvieron sobre sí la sombra de una posible guerra nuclear que acabaría con la Tierra. Pero que el planeta azul desaparezca, como dicen algunos analistas, en algunas décadas, simplemente por  la irresponsable y desmedida explotación del ser humano, era algo que solo sucedía en las novelas  de ciencia ficción. Además -y esta es la paradoja que deja atónitos a algunos-, lo que supuestamente estaría destruyendo nuestro hábitat, nuestra propia casa, es aquello que en algún momento se pensó que le daría a la humanidad las herramientas necesarias para alcanzar su máximo desarrollo y progreso: la ciencia y la tecnología.

La cuestión, obviamente, no es tratar de retroceder el tiempo y volver a una condición bucólica en la que vivamos en un estado de naturaleza pleno y armónico, como ideal e ilusamente se cree que hacen algunas sociedades pre-modernas (no primitivas, ojo). Somos modernos, vivimos en sociedades industrializadas (o en vías de serlo); la cuestión es, entonces, ver cómo enfrentar esta amenaza desde nuestra propia condición. Esto no es nada nuevo, y nadie se sorprenderá con lo que estoy diciendo. En realidad estoy repitiendo lo que ya todos sabemos, lo que los medios de comunicación, la publicidad, las universidades, el cine a través de documentales y películas, muchísimas ONGs alrededor del mundo, incluso los políticos, repiten a diario: “cuidemos el medio ambiente”, “desarrollo sí, pero sustentable”, “respeto a las próximas generaciones”, “conciencia ecológica”, etc.

Yo quiero ir un poco más allá, quiero plantear una pregunta: ¿es realmente el desmedido desarrollo industrial la causa de esta aparente debacle? En sí misma la tecnología no es ni buena ni mala, esto me parece ciertamente evidente. Nadie diría que un ómnibus es malo; en todo caso, de quienes podríamos decir que están actuando mal es de los dueños de los ómnibus que diariamente expiden cantidades obscenas de monóxido de carbono contaminando el aire que respiramos. Pero esto parece también bastante evidente: somos nosotros, los seres humanos, los responsables de lo que está sucediendo, no las fábricas ni las mineras. La cuestión es ¿por qué? ¿Qué hace que a pesar del tímido atisbo de una conciencia ecológica sigamos comiéndonos literalmente la Tierra? Posibles respuestas hay muchas: falta de educación, avaricia, egoísmo, estupidez, necedad, insensibilidad, etc. No obstante, una razón me parece ciertamente más importante; y, al mismo tiempo, a pesar de su importancia, menos visible, menos discutida, menos tematizada en los múltiples debates sobre las causas de la contaminación ambiental. Me refiero específicamente a la representación -generalmente inconsciente- que algunos millones de seres humanos (modernos, occidentales, capitalistas y monoteístas) tenemos de nosotros mismos como especie. Esta representación nos ubica como amos y señores de la tierra, dueños de todo lo que nos rodea y, por lo tanto, completamente legitimados para hacer y deshacer a nuestro antojo. No solo somos –desde una perspectiva científica ciertamente antropomórfica- la especie que más ha evolucionado, pues somos la única que piensa y habla,  sino que hemos sido, además -desde la perspectiva cristiana que gran parte de nosotros tiene inconscientemente interiorizada-, creados a “imagen y semejanza de Dios”. Somos pequeños dioses.

Es esto último lo que me parece fatal. Millones de personas alrededor del mundo piensan que además del cuerpo tiene un alma o espíritu que es lo que hay que salvar, cuidar, proteger. El cuerpo -lo material, lo natural-  es solo una cárcel, un estorbo. Creen, además, legitimados por todo el aparato ideológico de las religiones, que esta vida es solo un pasaje, un valle de lágrimas que hay que soportar para luego alcanzar la vida eterna, un más allá divino y perfecto. No discuto estas creencias en sí mismas -este es otro asunto, también muy discutible-, lo que cuestiono ahora son las consecuencias prácticas que se derivan de ellas. Si somos los reyes del Paraíso, entonces podemos hacer lo que nos venga en gana con él, total, pronto lo dejaremos y arribaremos a un lugar mejor. Pero esto no es lo más grave. Lo peor es que se establece una distinción cualitativa entre la humanidad y el resto de la creación. Es decir, nuestra especie no está al mismo nivel que las demás, es significativamente más importante, sagrada. “Yo, el Humano, soy más valioso que todo lo que me rodea”, parece decir nuestro imaginario colectivo. Pero, ¿por qué? ¿Somos realmente más valiosos que un gato, un eucalipto o un río? ¿No somos, simplemente, un ser natural más, al lado de ellos?

Creo que una de las tareas fundamentales de quienes pensamos que hay que hacer algo para mitigar la ferocidad con la que estamos violentando a la Tierra es trabajar sobre esta representación que hace de nosotros los humanos lo más sublime de la naturaleza. La conciencia ecológica es clave, pero no alcanza pues sigue siendo “conciencia humana”. Ver a la naturaleza -a los animales, a las plantas- como uno de nosotros para trasladarles nuestros derechos es al menos un avance (pensemos, por ejemplo, en los debates actuales sobre los derechos de los animales). Sin embargo, pienso que es un paso insuficiente, pues seguimos siendo nosotros los humanos el centro, seguimos antropomorfizando a la naturaleza. Yo promuevo más bien la idea de un eco-cuerpo (un cuerpo-casa, una naturaleza-cuerpo, una naturaleza-casa). Abogo por cambiar la representación que tenemos de nosotros mismos: ya no más la de “amos de la naturaleza”, ya no más la de “especie más evolucionada”, ya no más la de “imagen y semejanza de Dios”. No más soberbia. Pienso en un “devenir animal” del ser humano, en un “devenir planta”, en un “devenir tierra” que nos ponga a la misma altura que los demás seres. Aspiro a ser “imagen y semejanza de la naturaleza”, no de Dios. Del teocentrismo pasamos en la modernidad al antropocentrismo, debemos, creo, pasar ahora  al “terracentrismo”.

Cuando me veo a mí mismo en el espejo, ¿qué veo? ¿Veo un ángel o un cuerpo? ¿Veo un dios o un animal?

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