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Los seres humanos siempre están insatisfechos con lo que tienen, con lo que son, con su modo de vida. Esta insatisfacción constantemente los empuja a buscar, a cambiar, a mejorar, a transformar sus condiciones de vida. A luchar contra el statu quo. Esta necesidad de cambio se expresa normalmente bajo la crítica (aunque puede hacerlo, también, a través del grito, del rechazo frontal o de formas más radicales de acción como la rebelión o la revolución). Solamente porque tenemos la profunda convicción de que las cosas podrían ser de otra manera, de un mejor modo, es que desarrollamos un pensamiento, un discurso y una actitud crítica frente a la vida. La disconformidad frente al presente que nos ha tocado vivir alumbra una crítica orientada a la creación de un futuro más gratificante.

La crítica, aunque a veces parezca una actitud reservada a intelectuales o académicos, en realidad es ejercida por todos nosotros diariamente. De padres a hijos, de maestro a alumno, de jefe a subordinado (relaciones estas verticales, de autoridad); pero también entre amigos, al interior de una pareja, ente hermanos (relaciones tendentes a la horizontalidad, marcadas no por la autoridad sino por la confianza), la actitud crítica, propia de un modo de ser ilustrado que persigue la erradicación de dogmas y estupideces, penetra en todos los ámbitos de nuestra vida: íntimo, social y político.

Lo contrario a la crítica es el conformismo y solo se conforman quienes piensan, por un lado, que todo está bien tal cual como está (conservadores) y quienes, por otro lado, adormecidos y entumecidos, han perdido la capacidad de imaginar una vida diferente, de proyectar un futuro más pleno. Sin embargo, si  bien en principio la crítica es por sí misma deseable, también puede traer consecuencias nefastas si es ejercida de modo dogmático o castrante. Quiero distinguir entonces dos formas de realizar una crítica –sea lo que sea aquello que queramos criticar: la familia, la universidad, el trabajo, el sistema de salud, la educación, etc.–. Llamaré a una de ellas “el sistema del juicio” y a la otra “la experiencia de la evaluación”.

 

El sistema del juicio es la forma en que normalmente se ejerce la crítica, debido a que es más fácil, rápida, objetiva, homogénea, cuantificable. Consiste, básicamente, en determinar un conjunto de criterios ideales que representan el modo de vida al que aspiramos y al que deseamos que los casos particulares –es decir, lo criticado– se adecuen. Lo central en el sistema del juicio es si el particular/real representa correctamente al universal/ideal. Para ello simplemente debemos asegurarnos de que los rasgos del criterio elegido estén presentes en el caso particular. Nada más, en esto consistiría la crítica.

Por ejemplo, ¿cómo saber/determinar si un adolescente es un buen alumno? ¿Cómo criticar, desde la perspectiva del sistema del juicio, al estudiante, para que se desarrolle óptimamente en la escuela? El método es simple y, además –esto es lo que más le interesa a los defensores de este modo de crítica en el actual sistema educativo–, permite controlar y tener resultados cuantificables objetivos sobre el “progreso” de los estudiantes. Digamos, hipotéticamente, que los criterios ideales que establecemos para determinar al “buen estudiante” son: aplicado, respetuoso, solidario. Quien cumpla estos requisitos entonces habrá alcanzado el ideal. Como decían en mi colegio, será el “perfil”. Quien no lo haga, por el contrario, será un alumno promedio o, en el peor de los casos, un chico problema al que hay que “corregir”.

El sistema del juicio es muy eficiente para crear “soldaditos de plomo”, una masa homogénea y, por su puesto, con estándares óptimos de rendimiento. La crítica como sistema del juicio busca la sistematización, de ahí que sea muy útil en el mundo del capital. No tiene como objetivo atender o despertar el deseo del individuo particular sino alcanzar las metas del sistema en el que este individuo está inscrito. Por ello –y pienso que este es el gran problema del sistema del juicio–, nunca llega a conocer real y profundamente quién es o qué es aquello con lo que está tratando. Un ejemplo triste y muy común de esto último es el de los padres que a toda costa tratan de orientar la vida de sus hijos hacia algún modelo que ellos han elegido porque consideran que es lo mejor. Tal vez sea lo mejor desde su perspectiva, pero no lo es, seguramente, desde la de sus hijos quienes no son escuchados y a quienes no se les permite expresar su propio deseo y afirmar con ello su singularidad.

¿Y qué nos ofrece, por el contrario, la crítica entendida como experiencia de evaluación? Para empezar es bastante más compleja pues requiere tiempo, paciencia, mucha sensibilidad, un trato directo, personalizado, mucha apertura y escucha del otro. Ya desde acá está reñida con el sistema socio-económico bajo el que vivimos, en el que la producción acelerada y el intercambio infinito de bienes marcan la pauta del ritmo en el que debemos vivir. La experiencia de la evaluación consiste, básicamente, en acercarse al objeto de la crítica sin prejuicios, sin ideales, sin modelos, sin buscar que se acople a un criterio previamente establecido. Nos acercamos a él desarmados, desnudos. La posibilidad y la clave de este modo de crítica son la intimidad del encuentro, la confianza para la apertura y la sensibilidad para la escucha. La experiencia de la evaluación busca que aquello que criticamos se abra para que muestre toda su riqueza, para que se permita a sí mismo desplegar todas sus posibilidades, para que active libremente sus potencias.

 

Nuestra convicción para ejercer una crítica, desde esta perspectiva, es que el alumno, por ejemplo, seguramente puede dar mucho más de lo que da, que puede incrementar su capacidad de acción y de intervención en el mundo, que puede ser alguien diferente a quien actualmente es. Sin duda alguien mejor; pero “mejor” no porque se adecúa a nuestros criterios de lo que es mejor sino porque se libera de códigos, clichés, traumas, etc., que lo tenían cautivo y puede, gracias a ello, incrementar su potencia. Aumentar su placer de existir.

La experiencia de la evaluación asume que las personas, sociedades, relaciones, grupos, instituciones, etc., somos mucho más de lo que actualmente expresamos. Ese exceso habita en nosotros de forma virtual. La tarea de la crítica será, entonces, ofrecer un camino o un catalizador para que esas virtualidades puedan actualizarse según su propio deseo, según la singularidad que cada uno es. Va, en este sentido, en contra del sistema y no es, por ello, rentable, ni eficiente, ni popular. Es mucho más difícil de realizar y también de llegar a comprender su razón de ser, pues requiere mucho amor por el otro, por su libertad y por su felicidad. Su interés no es el sistema sino el otro en sí mismo: “¡quiero que brilles!”, es el imperativo de la crítica como experiencia de la evaluación.

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