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 Hace un buen tiempo que pienso que nuestra sociedad sufre de algún tipo de desorden psíquico, una patología o un trastorno de la personalidad -si es que me permiten aplicar categorías psicológicas a un colectivo-. Tal vez esquizofrenia, personalidad múltiple o, por qué no, bipolaridad. En todo caso, más allá de las etiquetas lo relevante es la descripción del fenómeno o -para seguir usando un lenguaje ajeno a la filosofía- el cuadro sintomático y el posterior diagnóstico de la enfermedad. Pienso esto pues lo último que hallo en el comportamiento de nuestra sociedad como conjunto es coherencia, armonía, equilibrio, estabilidad. La mínima conformidad entre lo que se piensa, se dice y se hace, parece ser un anhelo fantástico. No es que yo exija coherencia absoluta, esto también sería fantástico, pero sí al menos la suficiente estabilidad para permitirnos encontrar significativas las palabras y las acciones.

Un pequeño ejemplo. Ayer regresaba a mi casa desde el centro de Lima en un taxi en el que tuve una agradable conversación con el chofer (generalmente, debo confesarlo, odio hablar con los taxistas). Hablamos de diferentes cosas, dentro de las cuales destacó el tema de la educación. El taxista me comentaba que se sentía muy satisfecho con las capacitaciones que había recibido en las empresas en las que anteriormente había trabajado; la educación, afirmaba él, era fundamental. Evidentemente cuando le comenté que yo trabajaba como profesor, la conversación se puso aún más animada. Él se sentía, además, muy orgulloso de su responsabilidad y de su compromiso con la empresa de transportes en la que había trabajado y, por lo tanto, de la confianza que sus jefes le tenían. Sin embargo, me llamó la atención particularmente que me comentara, inmediatamente, que había tenido que dejar su trabajo como conductor de camión porque los dueños de la empresa se habían dado cuenta de que algunos choferes aprovechaban que a veces los camiones no iban llenos para llevar carga por su cuenta y así sacar un billete “por lo bajo”. Para él esto era normal y dentro de su lógica (¿?) no iba, para nada, en contra de la “responsabilidad y compromiso” con la que supuestamente realizaba su trabajo. Evidentemente, por lo menos así me parece a mí, compromiso, responsabilidad, confianza, educación, no van de la mano con “sacar un billete por lo bajo”. Por lo menos no en principio, ¿o sí?

 

Pero dejemos este caso entre miles y volvamos al desorden de personalidad que afecta a nuestra sociedad. Hace unos días estuve un poco enfermo, estado que me permitió dedicarme a una actividad a la que, sinceramente, no soy muy adepto: ver televisión. Así es, no soy un fanático de la “caja boba”. Inclusive, aunque no lo crean, no tengo cable, y mi TV ni siquiera tiene control remoto. Es un aparato bastante “anticucho” (es más, últimamente los amarillos se están viendo rojos… ¡y no es un efecto especial!). Más allá de lo anecdótico de la precaria situación de mi televisor, lo que hallé en la programación nacional fue lo que me hizo pensar. Hay, evidentemente, muchas cosas que nos pueden hacer pensar en nuestra TV, sobre todo debido a su pésimo nivel -y desgraciadamente lo moralmente degradado hace pensar más que lo contrario; así es la función del pensamiento, siempre crítico-. En todo caso, y dentro de la amplia gama de cosas que observé, una me llamó especialmente la atención; en sentido estricto, un contraste fue el que me asombró una noche. Me refiero a los contenidos y a la forma bajo la que se presentan las noticias en los programas periodísticos, por un lado; y a los contenidos y la forma bajo la que se presenta la publicidad en las tandas comerciales, por el otro. Periodismo versus Marketing. Creo que para describir esta situación me quedaré con el trastorno bipolar, me gusta. Cuadra, pues sirve para describir esa incoherencia o inestabilidad singular que constituye el estar por periodos -breves o largos- en un estado maniático de felicidad elevadísima y, de repente y sin razón aparente, pasar abruptamente a una condición depresiva de melancolía o tristeza fatal. No otra cosa es lo que ocurre con las imágenes que vemos en la TV y con nosotros, autómatas de la pantalla.

En los noticieros generalmente asistimos a la presentación de noticias terribles, desgarradoras, depresivas: asesinatos pasionales, parricidios, ajustes de cuentas, emboscadas, secuestros, delincuencia común, corrupción y más corrupción, decenas de accidentes de tránsito en las carreteras, policías devenidos mafiosos, mafiosos convertidos en políticos, políticos transformados en delincuentes, y un larguísimo etcétera que incluye también, obviamente, ampays, destapes, chismes e inventos de la prensa chicha sobre la vida privada de gente que, pienso, no es tan relevante. Es cierto, el morbo, las desgracias ajenas y la violencia venden. Y eso lo saben los noticieros. Nosotros, ingenuamente, compramos. Es feo ver los noticieros, nuestra sociedad, nuestro Perú, nuestra gente es desagradable en los noticieros; deprime, incluso marea, da nauseas. Por lo menos a mí.

Pero claro, ahí no acaba el asunto. Si esto fuera todo estaríamos simplemente deprimidos al ser bombardeados con tanta desgracia, ajena y propia. Sin embargo, entre cada segmento de los noticieros presenciamos lo Maravilloso. Sí, así con mayúscula. O, por qué no apropiarnos del bello término que nombra la literatura de un grande como García Márquez para decirlo: lo “real maravilloso”. No otra cosa es la tanda de comerciales: lo real devenido maravilloso; la transfiguración de lo cotidiano en fantasía; la conversión de lo normal en extraordinario… la presentación de un Perú bello, unido, colorido, entusiasta, solidario, esperanzador, fraterno y lleno de amor. ¿Qué carajos? Y las terribles noticias que cinco minutos antes hubieran podido enviar al mismísimo Paulo Cohelo en búsqueda de un poco de Prozac o de Xanax para calmar su depresión y su ansiedad, ¿no hablan del mismo país? Es el mismo país, evidentemente, y los realizadores de comerciales y las áreas de marketing de las empresas lo saben, pero ellos tienen una sola finalidad (única, exclusiva… tal vez excluyente): vender su producto. Y para ello tienen que edulcorar la realidad, utilizando todas las estrategias de persuasión que puedan inventar sus “creativos”. Y claro, un principio fundamental de la persuasión consiste en enamorar a tu público, a tus oyentes y videntes; esto es, darles algo que los satisfaga, que los deje tranquilos, algo que les haga patentes y posibles sus ilusiones, sus deseos, algo que les muestre el camino para alcanzar sus metas, que les dé fuerza para mantener sus esperanzas… pero todo esto con la finalidad de que ¡compren! Generar fidelidad en el consumidor, creo que lo llaman los especialistas.

Así, pues, miraba por aquellos días con detenimiento la publicidad en la TV y concluí que gran parte de ella es francamente idiota, en el sentido de ingenua y boba. Y es así porque quienes la realizan piensan que es la mejor manera de enganchar a su público objetivo. La publicidad de tallarines con mamás e hijos que realizan proezas inigualables; la de gaseosas que exaltan la creatividad sin límites del peruano; la de aguas que muestran paisajes y personajes idílicos; la de empresas de telecomunicaciones que “conectan” a la gente brindándonos la posibilidad de una sociedad más unida y fraterna; inclusive las publicidades del propio estado peruano que nos muestran como un país “súper”, económica, cultural y también políticamente. Y esto sin mencionar la explotación mediática y publicitaria de “personalidades célebres” como Sofía Mulanovich, Gastón Acurio, Kina Malpartida, Juan Diego Flores, entre otros, que nos muestran que los “peruanos sí podemos”. Sin duda, la publicidad es maníaca por dónde se le mire. (Es más, podríamos hacer un análisis técnico del tipo de “imagen” que presentan los noticieros y la publicidad… la diferencia en su calidad es abismal. La viveza de los colores que vemos en los comerciales no la he presenciado en ningún otro lugar, ni siquiera en los bellos atardeceres andinos).

Sentarse frente a la TV durante una hora para presenciar un noticiero completo -y sus correspondientes tandas de publicidad- es, qué duda cabe, hacer la experiencia de la bipolaridad. Pasamos inadvertidamente de la manía a la depresión cada 5 o 7 minutos. ¿Cómo recibe este vaivén de emociones nuestra afectividad? ¿Cómo decodifica este doble mensaje nuestro inconsciente? ¿En qué país vivimos?, ¿en el colorido país de las maravillas o en la lúgubre ciudad del pecado?

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