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En las pocas semanas que este blog tiene de existencia, el post que ha sido más visitado (y tal vez el más comentado) es el que escribí sobre el hedonismo (“El hedonismo o el placer de existir”). Pensando en ello, en sus intereses, les dejo acá un resumen de la primera parte del bello -aunque también ciertamente perturbador para muchas de nuestras convenciones- libro de Michel Onfray Teoría del cuerpo enamorado. Pueden descargar el libro completo en pdf en la siguiente dirección: http://caosmosis.acracia.net/?p=877.

Teoría del cuerpo enamorado

Prefacio

Reseñar el Prefacio de esta obra tal vez aparentemente no guarde mucho sentido, pues más que ser una exposición sistemática de ideas o argumentos, aparece como una narración de sí. No habría, por ello, muchas ideas que recopilar y, más bien, estaríamos frente a un contenido autobiográfico, tal vez propio de la literatura, pero no de la filosofía. Sin embargo, justamente en esta singular manera de dar inicio a su libro radica la importancia de la empresa filosófica de Onfray. La narración de sí, el testimonio personal, la anécdota -como la llama en otros contextos- son el motivo perfecto para alumbrar una reflexión, pues solo de ella, dado su carácter vivencial, pueden nacer auténticas ideas. Es esto lo que nuestro autor llama, retomando la autobiografía filosófica que Nietzsche hizo de sí mismo en Ecce homo, la “fisiología del pensamiento”. ¿Qué he vivido? ¿Qué me ha dado a pensar lo que he vivido?, son las preguntas que este método filosófico existencial pone sobre la mesa.

En este sentido, el Prefacio de Teoría del cuerpo enamorado constituye, sobre todas las cosas, una bella narración o descripción de la emergencia de la carne, del arribo a la existencia de un nuevo ser que posee, entre sus principales y más resaltantes características, el ser sexuado. Partiendo de una verdad irrefutable pero muchas veces olvidada -lo femenino como matriz de toda forma de vida-, Onfray describe sus primeros movimientos existenciales en el vientre materno, atravesados o motivados básicamente por intensidades afectivas aún en estado bruto, libres. Entre estas insinuaciones de animalidad destaca una pequeña erección, de la que el autor afirma que marca, ya desde esos primeros meses, su destino en la vida.

En esta narración de sí que constituye el fundamento sobre el que se desplegará toda la reflexión, Onfray destaca -además de su morada en el vientre materno, la que podemos suponer que procede más de la imaginación que de la memoria- los primeros años en la campiña Normanda, donde creció inscribiendo inevitablemente su cuerpo y su existencia en una lógica panteísta, pagana, griega, definitivamente materialista. Nos cuenta también, cómo a los cuatro años descubrió la diferencia sexual, y cómo esta paulatinamente fue convirtiéndose en una de sus fascinaciones.

Onfray sostiene a partir de esta perspectiva materialista, que nuestra visión del mundo en general (y del mundo sexuado en particular) se va formando desde que somos engendrados y establecemos un vínculo carnal y material con la existencia (comemos, olemos, defecamos, lloramos, tocamos, mamamos, etc.). Son los “años genealógicos”, afirma nuestro autor, y de ellos depende mucho lo que llegaremos a ser en el futuro (Píndaro, Nietzsche); trazan nuestro destino, afirma, aunque sin caer en un completo determinismo. Por esto mismo para él la “diferencia sexual” con la que arribamos a la existencia es una evidencia fuerte; hay una suerte de naturaleza de lo masculino y de lo femenino atendiendo a las necesidades, característica y fortalezas de cada uno de los sexos en particular. No todo se construye en el discurso. Un punto más este que aleja a Onfray, en la tradición de Deleuze, de los idealismos.

Por otro lado, originalmente, en los primeros años -antes de los 10 dice Onfray- la libido o el deseo es polígamo, vagabundea libremente, sin estar ligado a ninguna codificación social. Esta, por el contrario, expresada en la educación que persigue la adecuación del deseo a formas socialmente aceptadas, le impone objetos a los cuales debe adherirse, generando culpa y angustia en el individuo si es que no los respeta.

Lo que a Onfray le interesa, en consonancia con su modo de entender el quehacer filosófico, es transmitirnos una forma particular en la que podamos desplegar el sexo y el amor, la dinámica de los cuerpos, y no tanto una teoría sobre esta.

Obertura

Así, para comprender la dinámica de los cuerpos sexuados, más allá de lo que nos han dicho sobre ellos la castrante tradición judeo-cristiana y la sesgada ciencia sexual -de quienes también se quejó Foucault- Onfray recurre a las sabidurías de la antigüedad. En realidad, este no es sino un caso particular de un ejercicio repetido en su pensamiento: retornar a un momento pre-cristiano de nuestra civilización para hallar ahí modos de vida y reflexiones no contaminados por el odio hacia el cuerpo expresado en el ideal ascético.

Con este objetivo claro, Onfray describe la estructura de su libro. Este plantea, para empezar, dos grandes tareas: por un lado, realizar una deconstrucción del ideal ascético; por el otro, formular un materialismo hedonista. Ambas tareas las realiza simultáneamente a través de tres ejes expresados en las tres partes centrales del libro: a) una Genealogía del deseo; b) una Lógica del placer; c) una Política de las disposiciones. Cada una de estas partes, a su vez, contiene dos capítulos que no son otra cosa que la dialéctica deconstrucción-idealista/construcción-materialista: primero, el deseo como falta versus el deseo como exceso; luego, el placer como ahorro versus el placer como gasto; finalmente, la relación como instinto versus la relación como contrato. Este itinerario tiene, para Onfray, la finalidad de dar una respuesta a los problemas que surgen de la relación entre seres sexuados.

Con esta teoría del cuerpo enamorado Onfray nos propone una “intersubjetividad libertaria” que, en sentido estricto, es la práctica del libertinaje. El libertino se define como aquel que “no pone nada por encima de su libertad” (38), ninguna autoridad, ni tradición, ni religión… mucho menos un compañero/a perteneciente a una historia sexual o amorosa.

Ahora, para la deconstrucción del ideal ascético, Onfray nos propone abordar algunos tópicos clave de esta lógica: la relación falta/deseo y la felicidad como realización en el otro; la pareja como fusión; el dualismo alma-cuerpo; la confusión amor/sexualidad/procreación / monogamia/fidelidad/cohabitación; el descrédito de lo femenino en tanto fuente del pecado y de la culpa; la relación entre monoteísmo, misoginia y falocentrismo; el autodesprecio (continencia, virginidad, renuncia, matrimonio); finalmente, la familia.

Por otro lado, para la construcción de un materialismo hedonista, propone: interpretar el deseo como flujo que se expande; secularizar la carne, desacralizar el cuerpo, entender el alma como modalidad de la materia; un nuevo epicureísmo: abierto, lúdico, gozoso, dinámico y poético (extraído del viejo epicureísmo: austero, cerrado, ascético, estático y autobiográfico); establecer las modalidades del libertinaje solar y del eros ligero; la metafísica del instante presente y del propio goce de existir; el nomadismo de solteros; el contrato pragmático; el igualitarismo entre los sexos y el feminismo libertario; la esterilidad y la hospitalidad; finalmente, todo lo que conduzca a una “estética pagana de existir”.

Onfray cierra esta Obertura haciendo una defensa de la “vida filosófica”; apología que, al mismo tiempo, es una crítica de la vida “mutilada y unidimensional” a la que la sociedad del espectáculo y el consumo nos tiene sometidos. La vida filosófica debiera presentarse como una alternativa poderosa frente a este modo de ser que parecer colmar todos los rincones de nuestra existencia. Pero, ¿cómo así? Acá Onfray se enfrenta a quienes en apariencia son sus aliados: los profesores de filosofía. Para empezar, nuestro autor toma una postura clara en relación al trabajo filosófico: este no debe masturbarse con problemas y preguntas, está obligado a pasar al acto y proponer respuestas, soluciones. Por ello, para Onfray, como lo fue para Sócrates y para Nietzsche, la filosofía es primariamente un modo de vida, no simplemente un movimiento de la teoría. La interpretación que nos da Onfray del quehacer filosófico es, en este sentido, una apuesta ética y política. Pensamiento y vida no cesan de confundirse.

Desde esta perspectiva, si el sabio se puede definir como aquel que ha logrado conformar su ideal de vida con su inscripción en el mundo trivial, el filósofo está aún a medio camino entre el hombre común que no ha examinado su vida y el sabio sereno. El filósofo, consciente de su transitoriedad, trabaja continuamente para alcanzar ese “apogeo ontológico” del que ya goza el sabio. Por ello, cumple, como ya Nietzsche había anunciado, la función de “médico del alma o de la civilización”, apaciguando al hombre fragmentado e instaurando así la salud en su alma. Nos ofrece, como decíamos antes, una vida alternativa frente a la fragmentada del hombre común.

Finalmente, este libro puede leerse como una interpretación subjetiva del epicureísmo que busca hacerlo contemporáneo: ¿cómo se puede ser epicúreo hoy en día?, es la pregunta existencial que lo guía. Onfray, de acuerdo con la lectura subjetiva que nos propone hacer de la historia de la filosofía, distingue dos epicureismos: por un lado, el del mismo Epicuro: ascético y de renuncia (nacido de su propia fragilidad); por el otro, el de algunos de sus discípulos -e inclusive de su antecesor, Aristipo de Cirene-: hedonista y de expansión. (Esta diferencia surge, también, de la clásica distinción entre dos tipos de placeres, los cinéticos y los estáticos).

Onfray cierra la Obertura estirando la etimología del nombre “Epicuro” para llevar agua para su propio molino. “Epicuro” significaría “socorro”, de donde nuestro autor concluye que el epicureísmo sería una propuesta orientada a reconstituir las energías vitales que están en peligro. Y, con ello, a resguardar y rechazar la crítica y el juicio emanados de la moralina.

El hedonista, para Onfray, sería aquel que rechaza lo brutales e ilusorios placeres de la mayoría y se refugia en la única riqueza del alma humana: la libertad.

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