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El filósofo Spinoza (siglo XVII) decía que los cuerpos están continuamente afectándose. No existirían, por ello, individuos plenamente aislados, atómicos; en realidad, hay una gran comunidad, humana, animal, natural. En este continuo afectarse entre sí de los cuerpos, puede haber en ellos efectos  “positivos” o “negativos”. Así, hay cuerpos que al relacionarse o al encontrarse producen pasiones negativas, generando tristeza. Por el contrario, algunos cuerpos en sus encuentros producen pasiones positivas, alumbrando la alegría de vivir. En el primer caso nuestras potencias se ven mermadas, en el segundo nuestra potencia de existir se incrementa alcanzando umbrales insospechados. Y es esta la cuestión ética clave: mientras más relaciones alegres establezcamos, más aumentará nuestra potencia de existir, nuestra alegría de vivir.

Quienes hemos crecido y vivido los 80’s y los 90’s, tuvimos la mala suerte de vivir un época muy dura. El terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA, la dictadura de Fujimori y Montesinos, en general, la violencia política, hicieron de nuestro país un lugar cargado de miedos y desconfianza. Las calles eran, evidentemente, lugares inseguros. La gente se alejó de ellas. Rejas, huachimanes, policías, serenzagos, guardaespaldas, y un sinfín de elementos de seguridad empezaron a poblar la ciudad. Tal vez fue necesario, pero desgraciadamente trajo una consecuencia poco deseable para la convivencia, el intercambio, la comunión y la alegría de los ciudadanos: los espacios públicos no eran lugares de encuentro. Vivimos, prácticamente, encarcelados en nuestras propias casas.

En los últimos tiempos esto está cambiando, la ciudadanía, y sobre todo los jóvenes, están tomando las calles. Diferentes expresiones artísticas, distintas prácticas deportivas o simplemente grupos organizados en torno a alguna causa común son ahora protagonistas en sus propias calles. Y lo que vemos en estos grupos es, como diría Spinoza, encuentros positivos, alegres, gozosos. Jóvenes cantando, bailando, actuando, haciendo deporte, intercambiando ideas, opiniones; finalmente, creando. Creando modos de vida más dichosos, mundos donde nos sea más grato vivir. Todos estos cuerpos que se encuentran -en los carnavales, en los parques, en los conciertos, en el skate park- lo único que están haciendo es aumentar sus pasiones alegres. Creando vida, rechazando la muerte, la depresión, el miedo que tanto tiempo nos tuvieron cautivos. Sus prácticas y reuniones son para ellos iniciativas de salud… también para nosotros… también para la ciudad.

Lo que sucedió ayer en el carnaval de Barranco me deja perplejo. Es un caso más, no por ello menos grave, dentro de los casos de intolerancia y envidia frente a la dicha ajena que últimamente han salido a la luz, sobre todo debido a las actitudes y acciones del tristemente célebre alcalde de Miraflores, Manuel Masías. El carnaval de ayer fue expresión clara de esos encuentros alegres de los que nos hablaba Spinoza; fue un espacio de liberación, de olvido, de transformación, de afirmación, de vitalidad, de amor, de juego, de deseo, de libertad. Y no solo entre jóvenes juergueros como algunos han dicho, había gente de todas las edades,  e inclusive los vecinos eran parte fundamental y entusiasta de esta fiesta. Por ello, la incursión violenta, agresiva, prepotente, ignorante, abusiva -y los adjetivos podrían seguir- de la policía no se explica. Y recalco esto último, no se explica. Que no me digan que no había permiso de la municipalidad para el carnaval. Esto es simplemente una excusa de las autoridades, de quienes se tornan muy peligrosos cuando juntan Ignorancia y Poder. (inclusive me pregunto si es necesario tener permiso para ser feliz, y para compartir esa felicidad ¿?). Decir que no había permiso o que el carnaval estaba bloqueando una pequeña calle, no explica -lo repito- el ataque con gases lacrimógenos, escudos, golpes, etc. ¿Qué cosa lo explica entonces? No lo tengo muy claro. Pero creo que debemos pensar estas acciones represivas a las que nos estamos enfrentando últimamente más allá de la cuestión legal, hay que verlo desde una perspectiva moral o existencial. La ley por la ley no dice nada, ¿cuáles son las motivaciones ocultas que se escudan en leyes u ordenanzas? ¿Por qué tanto odio, envidia, celos? ¿Por qué tano miedo a la libertad?

Pienso que quienes usan el Poder para establecer estados de dominación ven en el uso efectivo de los espacios públicos un peligro muy grande. Acceder a estos espacios, que la ciudadanía se encuentre en ellos, termina siendo el detonador, no solo de diversión y disfrute, sino también de ideas y perspectivas críticas, cuestionadoras del statu quo. A quienes abusan del poder, pequeños o grandes tiranos, evidentemente les pone la piel de gallina la formación de ciudadanos con espíritu libre y pensamiento crítico. No bajemos los brazos, que el eco y la alegría de nuestras voces sea más fuerte que la tristeza de su represión y sus gases.

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