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Aprovecho que ayer fue el Día Internacional de la Mujer para compartir un breve (e inconcluso) texto que escribí hace algunas semanas.

Nuestra especie, desde que se volvió pensante, dicen los especialistas –antropólogos, paleontólogos, filósofos- hizo suyo el ámbito de la autoconciencia y con ello emergió ineludiblemente la preocupación por el sentido de la existencia. De acá proviene nuestro inherente carácter religioso: vivimos preocupados por nuestro origen, por nuestro destino en el mundo, por lo que nos deparará el futuro, incluso el más allá de la muerte. Dentro de este paquete de preguntas existenciales, del que no podemos liberarnos fácilmente -aunque a veces el estado de adormecimiento espiritual en el que nos encontramos nos dé la ilusión de estar protegidos frente a ellas-, una es sin duda fundamental: la pregunta por la muerte. Ya lo decía el gran filósofo alemán del siglo XX, Martin Heidegger, la única certeza que tenemos es que algún día vamos a morir. El hombre es, afirmaba, un ser para la muerte. Este saber sobre nosotros marca y configura radicalmente nuestra estancia en la tierra.

El carácter sagrado, trascendente, sublime de nuestra vida proviene del miedo, del respeto, de la admiración que suscita en nosotros la fragilidad de nuestra propia existencia, del sabernos finitos, perecibles. El tener por seguro que yo, que escribo hoy estas páginas, pronto –tarde o temprano- ya no estaré acá, le otorga una dimensión profunda a mi historia personal.

Pero el poder dador de sentido de la muerte no puede entenderse sin su íntima contraparte: la fuente de la vida. La muerte como acontecimiento nos sustrae individualmente de la existencia, de ahí su sacralidad y nuestra eterna fascinación ante ella, pero, ¿qué o quién nos otorga esa vida? ¿De dónde la hemos obtenido? ¿Cómo la hemos hecho nuestra? ¿Cuál es la condición de posibilidad de la existencia, y del sentido y el valor que le atribuimos? Estas son, sin duda alguna, cuestiones clásicamente filosóficas y teológicas. La religión -ya sea politeísta o monoteísta- ha puesto la razón de ser de nuestra existencia, y de la existencia en general, en una entidad suprema todopoderosa: Dios (o dioses). De él proviene todo el sentido de lo que es, y de lo que somos. Los filósofos, cuando no se adhieren a la visión teísta de la religión, han afirmado que una especie de Espíritu Universal de la humanidad ocupa el lugar que ocupaban los dioses. Desde una perspectiva opuesta, algunos radicales, escépticos, nihilistas, han afirmado que la vida carece completamente de sentido. O, en todo caso, sería el hombre el encargado de otorgárselo.

 

Las posiciones al respecto son múltiples. Quiero rescatar ahora una perspectiva menos grandilocuente sobre el origen, el sentido y el valor de la vida; una posición que no es ni religiosa ni metafísica, pero por ello mismo muy poderosa y concreta. La razón de ser de la existencia, e inclusive de su sentido y de su valor, no es otra que la mujer misma o lo Femenino. Esta represente la matriz capaz de alumbrar y reproducir la vida. Cuerpo milagroso, multiplicador; cuerpo que insiste en el ser.

Todos y cada uno de los seres que habitamos la tierra ahora, todos los que lo han hecho desde el inicio de los tiempos y todos los que lo harán en el futuro -al menos hasta que la ciencia y la tecnología digan lo contrario- han sido arrojados a la existencia por un cuerpo, por un cuerpo sexuado, por un cuerpo sexuado femenino. La Mujer.

Es entonces la mujer quien nos hace venir al ser. Es ella, además, el “otro significante” que nos sirve de puente hacia los demás seres humanos y hacia el mundo de la cultura, de los significados, del sentido y del valor, arrancándonos así de nuestro ser meramente animal o natural e introduciéndonos con ello en el orden simbólico. La madre es condición de posibilidad de la existencia, fuente dadora de vida, matriz de cuerpos emergentes, puente hacia el mundo, hilo conductor que nos lleva del no ser al ser, del sinsentido al sentido, de la noche oscura de  la nada al día brillante de la vida.

Como señala la filósofa francesa feminista Luce Irigaray, no hay que buscar el origen y el sentido en grandes entidades metafísicas y abstractas como Dios o el Espíritu Universal cuando tenemos tan concreta e íntimamente  la expresión más clara de la fuente de la vida: lo femenino encarnado en el cuerpo de la mujer.

Ante la inevitable conciencia de la muerte que atraviesa nuestro ser en el mundo, el cuerpo de la mujer, el poder de lo femenino para engendrar vida se nos presenta como el modelo más auténtico y real de lo sagrado.

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