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“The core of mans’ spirit comes from new experiences”

(Christopher Mc Candless)

“Leave it to me as I find a way to be
consider me a satelite for ever orbiting
I knew all the rules but the rules did not know me
guaranteed…”

(Eddie Vedder, Guaranteed)

 

Tal vez una de las cuestiones claves cuando nos enfrentamos a una obra de arte es que podemos entrar en circuito con ella (y digo “podemos” porque no siempre sucede). Esto significa que el encuentro al que asistimos se convierte en un intercambio que ocasiona que algo pase en nosotros. Si esto último no ocurre, simplemente afirmamos -y esto lo hemos dicho todos más de una vez- que “no pasa nada” con la obra que presenciamos. Algo debe suceder, entonces. Y este “algo” no refiere a otra cosa que a una experiencia. La pieza nos transmite una experiencia o, en sentido estricto, nos permite hacer/tener una experiencia que, minutos antes, tal vez nos hubiera parecido imposible. De esta forma, cuando nos acercamos al arte lo central, pienso, no radica en lo que este nos ofrece a la representación (significados, conceptos, ideas), sino, más bien, radica en el tipo de experiencias a las que nos permite llegar. Desde esta perspectiva, la “auténtica” experiencia artística, al no estar mediada por el orden simbólico, es siempre revolucionaria: transforma la subjetividad de quien logra acceder a ella. Las intensidades, fuerzas, afectos, perceptos, que vivenciamos gracias a ella activan un devenir en nosotros que nos conduce más allá de lo que actualmente somos.

Into the wild, film dirigido y escrito por Sean Penn, cuenta la historia de Christopher McCandless, un joven norteamericano que a inicios de 1990, antes de ingresar a la universidad, decide dejar todo y realizar un viaje a Alaska. Aunque esta decisión parece intempestiva, el desarrollo de la historia nos muestra que, en el fondo, el muchacho no tenía otra opción. La película fue realizada a partir del libro de Jon Krakauer que, a su vez, se basó en el diario personal del mismo McCandless.

No creo equivocarme si afirmo que la película es un obra de arte. La historia, genialmente contada por Sean Penn, la fotografía y sobre todo el sound track -casi en su totalidad creado especialmente para el film por Eddie Vedder (vocalista del Pearl Jam)-, hacen de esta obra cinematográfica una pieza muy bien lograda. Sostengo esto, pues, basándome en lo que sostuve al inicio sobre la experiencia artística, la película efectivamente tiene el poder de transportar al observador más allá de sí mismo, arrebatándolo bruscamente de su territorio. Quien ve este film no permanece impávido frente a los bloques de afectos y perceptos que nos transmite, frente a la experiencia del mundo que construye y pone a nuestra disposición. Nos moviliza, no cabe duda.

Huir. La película no trata sobre otra cosa. Mientras presenciamos la historia del joven nómada, la experiencia de la huida se apodera de nosotros. Pero, como afirma el filósofo francés Gilles Deleuze, huir no es escapar o esconderse, no es un acto de cobardía; huir es, en un sentido diferente, hacer que algo se mueva, que algo en nosotros y en la vida fluya. Por ello, es un acto de supremo valor. De liberación. El personaje de la película transita durante más de dos años de sur a norte el territorio norteamericano. Hay un movimiento espacial, exterior y extensivo evidente. Pero lo fundamental de la experiencia que realiza es que constituye un movimiento temporal, intensivo o un “viaje interior”, retomando el bello título de una obra de Georges Bataille. El muchacho deja de ser lo que era para intentar llegar a ser otra cosa (sin saber en realidad qué…pues no se aleja para encontrare a sí mismo, todo lo contrario, lo hace para perderse a sí mismo); o, tal vez inicia la huida simplemente para arrojarse a la vida en su devenir perpetuo. Para sentir la vida, y no solo para representar un rol en ella. Busca, entonces, transformarse a través del viaje para alejarse de un modo de vida (de sí mismo) no deseado e impuesto (por los padres, por el sistema educativo, etc.) y que, además, es experimentado como nocivo y esclavizador. La huida es, entonces, tal como aparece expresada en el film, una manera de liberarse, de llegar a ser otro, un medio para revolucionar nuestro pequeño mundo y, como consecuencia de lo anterior, una iniciativa de salud.

La experiencia que la película nos transmite o nos permite hacer/tener activa en nosotros como espectadores una línea de fuga o un movimiento desterritorializador que nos ubica fuera de nuestro propio territorio, es decir, al margen de la comodidad de nuestro hogar, de nuestras certezas. Nos sentimos ligeramente incómodos en el sillón de nuestra sala. Nos empuja, como diría Nietzsche, hacia el centro del desierto. Definitivamente, algo pasa en nosotros, algo empieza a fluir, a moverse, a devenir… la película funciona como detonador de una experiencia de pérdida de sí mismo o de des-subjetivación. Pero esto no es todo, pues, la idea del film lleva esta experiencia desterritorializadora al extremo, y nos empuja al límite de todo territorio posible, al límite de toda identidad personal determinable: la crítica al sistema (a la sociedad) como institución codificadora y represiva, y la necesidad de liberación individual que la acompaña representan la manifestación más extrema de la huida. Y esto se hace manifiesto en la película como un valor ético del más alto interés. La vida que resiste, la vida que huye, la vida que se libera, es la única que puede reclamarse auténtica… inclusive aunque se pierda completamente a sí misma en el camino, aunque no haya retorno desde lo salvaje, aunque la última estación del bus mágico no sea algún territorio particular, sino simplemente el re-encuentro con la Tierra.

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