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La educación es la clave. Para nadie es un misterio que la vía para superar el sub-desarrollo es más y mejor educación. El progreso seguirá siendo falso -o al menos sesgado- mientras solo sea concebido bajo criterios económicos. Ya el viejo Aristóteles lo decía cuando señalaba que quienes pensaban que la vida del dinero otorgaba la felicidad estaban plenamente equivocados, pues este solo constituye un medio, nunca un fin. Y la felicidad es un fin. Todos reconocemos el carácter ineludible y urgente de la educación, inclusive los acérrimos defensores del libre mercado, para quienes el capital es capaz de otorgarle el mayor bienestar a la sociedad. Pues lo que nuestra sociedad necesita son mejores personas, conscientes, respetuosas y solidarias; no más adinerados, con una mayor línea de crédito, y con grandes lujos.

Si es tan evidente la importancia de la educación para el desarrollo de nuestro país, ¿por qué no concentramos -políticos, sociedad civil, empresa privada- todos nuestros esfuerzos en mejorar el sistema educativo, en hacerlo de mayor calidad, inclusivo, con más alcance, mejores docentes, mayores recursos, bibliotecas, etc.? No es tan simple el asunto. Tenemos claro el “qué” (educación) pero no tanto el “cómo” (¿cómo educar?). Además, debido a que los resultados de una reforma educativa se observan a largo plazo, quienes tienen en sus manos la posibilidad de intervenir directamente en materia educativa, no lo hacen. No es rentable a corto plazo. Con más razón los que podrían hacerlo indirectamente se sienten desalentados. O tal vez será que quienes dirigen el país, política y económicamente, saben que un pueblo ignorante es más permisivo, inclusive más adepto a tolerar el maltrato, la corrupción, etc. La educación sería su ruina.

Por ello, el “cómo” a gran escala es difícil de hallar. Pero, ¿y qué del “cómo” a pequeña escala, es decir, qué hay con la manera en que día a día podemos colaborar con la educación de quienes nos rodean? Es cierto que es responsabilidad del estado mejorar las condiciones básicas del sistema educativo, pero también es cierto que somos nosotros –padres, amigos, hermanos, maestros, conciudadanos- los que tenemos la posibilidad de influir en otras personas en lo concreto y cotidiano de nuestra existencia. Somos nosotros los verdaderos agentes de la educación. Y del cambio. Acá se juega, creo, lo más importante. La cuestión que tenemos que plantearnos es, entonces, ¿qué entendemos por educar? Solemos pensar que educar implica primariamente instruir, informar o transmitir un cuerpo de conocimientos que el alumno debe retener. Desde otra perspectiva -de moda en la actualidad, y peligrosa a mi juicio-, se equipara la educación con la adquisición de un saber técnico o de un método particular que le permite al alumno desenvolverse en un campo de acción específico. Bajo estas perspectivas la educación se reduce a simple “información útil” para hacer algo. De acá que la educación pierda su carácter formativo, pues el estudiante es visto como un recipiente ya construido que debe ser llenado, y el profesor es visto como un simple dispensador de conocimientos. Lo que se privilegia acá es que el estudiante sepa hacer ciertas cosas y que pueda demostrar su eficacia logrando objetivos y aplicando habilidades. Por ello no son muy relevantes los rasgos identitarios o psicológicos del alumno y del maestro, mucho menos la singularidad de su relación. Por ello, la educación se ha convertido en los últimos años en un negocio, en el que el alumno es el cliente que debe ser satisfecho. ¿Qué busca el alumno-cliente? Por ejemplo, conocer las últimas estrategias de marketing para poder aplicarlas adecuadamente en su ejercicio profesional. Nada más.

Sin embargo, pienso que debemos entender la educación de una forma mucho más “espiritual”, no orientando al alumno a que sepa hacer algo, sino más bien a la construcción de un espacio interior sólido, armónico, sensible y autónomo. La educación sería, en este sentido, no un proceso de adquisición de información, sino de formación espiritual o de modelamiento de la subjetividad, de gestación de una voz interior propia, o de una profunda conciencia moral. Es este modo de educar el que puede ofrecernos el ansiado desarrollo. Lamentablemente es mucho más difícil, aunque no imposible.

Ahora que empezamos un nuevo año académico -escolar y universitario- la cuestión de la educación se pone, una vez más, en primer plano, y la pregunta que planteaba líneas arriba nos convoca a todos: ¿cómo educar? Estoy convencido de que no hay un método común que podamos aplicar uniformemente. Cada aprendiz es diferente, cada situación, cada día, inclusive cada hora nos hace enfrentarnos a un caso completamente singular y nos obliga a pensar en vivo, sobre la marcha, sobre la experiencia. Las recetas no sirven… pero sí el consejo, el ejemplo, la imitación, la experiencia vivida.

Por ello, una recomendación. “Diario educar. Tribulaciones de un maestro desarmado” es, para empezar, un bello libro; y obtiene su belleza de la simplicidad de su estilo, de la singularidad de la experiencia que nos transmite, y de la honestidad profunda y arriesgada de su autor. No hay cosa más conmovedora que el testimonio sincero de un hombre desarmado… por el amor hacia los otros, hacia quienes, también desarmados debido a su inocencia, se entregan a los brazos de un maestro. El libro -dividido en meses y escrito a modo de diario- relata las experiencias, buenas y malas, tristes y alegres, intensas y relajadas, de Constantino Carvallo en su relación diaria y concreta, vivencial, con la educación. En el libro no hallarán teorías ni fórmulas, simplemente la fina visión de un hombre que dedicó su vida a tratar de mejorar la educación de los pequeños. Y como buen educador, Constantino nos transmite su visión: a través de sus ojos y de sus experiencias vemos y sentimos con él, aprendemos con él, compartimos su itinerario.

Lo recomiendo, sin pensarlo dos veces, para todos aquellos que nos dedicamos a la tarea de educar, es decir, para todos los seres humanos que aún creemos que la formación espiritual es la única manera de superar las profundas trabas que nos aquejan y que, desgraciadamente, no son económicas, sino fundamentalmente morales. Este libro está dirigido para quienes creemos que alcanzaremos un mayor grado de civilización cuando logremos transformar nuestra individualidad hacia lo mejor, y no para quienes creen que lo haremos cuando ensanchemos nuestra billeteras. O, tal vez, en realidad está dirigido para estos últimos.

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