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¡Por la puta madre! Sí, lo reconozco, empiezo esta vez con un exabrupto. Pero no puede ser de otra manera cuando la realidad te obliga a ubicarte en una determinada posición. Si pudiera golpearlos, lo haría. Y no lo duden. El miércoles pasado me demoré 1 hora y 25 minutos en llegar a mi trabajo, cuando normalmente me demoro solo 30 minutos. Hoy por la noche tarde 1 hora y 30 minutos en regresar a mi casa. El tráfico se ha vuelto imposible en la ciudad. La cantidad de vehículos, privados y de transporte público, y, especialmente, la reparación, ampliación y construcción de pistas hacen imposible transitar por nuestras calles y avenidas (y parece que nuestras autoridades son inútiles o estúpidas, pues cierran y reparan pistas sin un plan concreto para contrarrestar el tráfico que estas obras ocasionan). La noción de “hora punta” ha desaparecido, se ha vuelto inútil como categoría en una ciudad en la que siempe, eternamente, estamos atiborrados de automóviles, humo, bocinas y locura. La mía, la de ellos, la de todos. 

Hoy, mientras intentaba hacerle frente a la situación, mientras luchaba por no enloquecer presa de un ataque de pánico o de una repentina psicosis, vi como más de una persona bajaba de su vehículo vociferando, gritando, irracionales, desesperados, ante el caos, la frustración, la irritación… no había nada que pudieramos hacer. La anarquía motorizada parecía haberse apoderado de las calles. ¿Los semáforos? Símbolos carentes de sentido para los iracundos conductores. ¿Los policías? Viejas -casi míticas- figuras de autoridad en un presente ante el que se muestran impotentes. A lo lejos, estáticos, observaban el caos, inútiles para intervenir efectivamente sobre una realidad que se les escapa -que se nos escapa- de las manos.

¿Quiénes son los responsables? No me digan, por favor, “nadie”. ¿Los alcaldes, los policías, los conductores? ¿Quiénes deben asumir tanta mierda que se esparce por la calles? Así no se puede vivir. La salud psiquíca, individual y colectiva, se ve afectada severamente cuando uno pasa 2, 3 o más horas al día sometido a esta tortura vehicular. ¿Cómo vibra nuestra ser ante afecciones tan fuertes, severas, desestructuradoras, agresivas, patéticas, como las que tocan y desgarran nuestras fibras día a día? Estamos jodidos.

Lo importante para alcanzar una vida buena y digna -pienso- es lo micro, es decir, lo cotidiano, aquello a lo que nos enfrentamos día a día, en la calle, en las relaciones, en el intercambio continuo entre seres humanos, en nuestros vínculos con lo social y lo político… en otras palabras, lo clave es el tránsito a través de la ciudad. Ahí, en los intersticios de la vida en común se juega nuestro destino. Si ese espacio de tránsito está podrido, enfermo, loco, entonces nosotros también lo estamos. No podemos -no puedo- permitir que se me violente de semejante manera. Pero, ¿qué puedo -qué podemos- hacer?

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