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Una de las cosas más bellas e importantes que he aprendido a lo largo de los últimos años, uno de esos descubrimientos que una vez incorporado en profundidad te transforma, es que las cuestiones relevantes y trascendentales de la vida poco tiene que ver con la verdad. Y se lo agradezco a Nietzsche, a Deleuze, a Krebs. Las parejas verdadero/falso, correcto/incorrecto, inclusive racional/irracional son categorías impotentes para evaluar sutilmente a quienes se ubican detrás de ellas. Lo relevante no pasa por el valor de verdad de nuestras afirmaciones (¡muchísimo menos por el valor de verdad de nuestro modo de vida!) sino por su carácter ordinario o singular, común o notable, interesante o trivial, alto o bajo, noble o vil, profundo o estúpido. Hay tantos discursos hechos de verdades bajas, pesadas, bestiales, necias, ordinarias, que no merecen ser escuchados por el simple hecho de escudarse tras la sacralidad de lo verdadero. Discursos verdaderos, correctos y racionalmente argumentados hallamos por todos lados; por el contrario, discursos plenos de sentido, interesantes y profundamente meditados, son la excepción.

Si algo me subleva con inusitada fuerza, es ver cómo muchas personas se arrodillan en nombre de sus (pequeñitas) verdades.  Me deja atónito ver cómo sus razones desvalidas en un mundo que los supera, piden a gritos tutela, dirección, confirmación, permiso; homogeneidad, igualdad, consenso, pacto. Heteronomía por todos lados, eso sí, acompañada de la tranquilidad que ofrece una buena voluntad, un alma bella, una recta razón. Lo políticamente correcto hecho norma de conducta, de pensamiento y de vida, con lo cual, finalmente, se mata la vida. El filósofo del siglo XVI, Baruch Spinoza, lo dijo con absoluta claridad, y contundencia: los hombres luchan por su servidumbre como si fuese su libertad.

Y nada de lo que he dicho en estas líneas, por si queda alguna duda, es verdadero.

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