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Han pasado alrededor de 2 semanas desde mi último post. No he escrito nada, pues no tengo nada que decir. Y, sin embargo, el deseo de expresarme es apremiante. Pero, ¿qué decir si no tengo algo que le imprima necesidad a mi pensamiento? ¿Cómo escribir si no hay nada que inquiete mi existencia? El sistema exije de mí trabajo sobre trabajo, y en esa condición es imposible abrir un espacio para la creación. Por ello, escribir por escribir, hablar por hablar, no sería más que un ejercicio de vana gratuidad. Mejor es callarse. Mejor es esperar a que algo ocurra, aunque el temor del silencio extendido se apropie de mí.

Pensando en esta imposibilidad, recordé un texto de Gilles Deleuze que leí hace mucho tiempo mientras redactaba mi tesis, cuando escribir era la única opción. Es justamente un texto sobre el silencio y la expresión, deliciosamente simple y profundo:

LA PAREJA DESBORDADA

“A veces parece como si la gente no pudiera expresarse. Pero, de hecho, no paran de expresarse. Como esas malditas parejas en las que la mujer no puede distraerse o estar cansada sin que el hombre le diga: “¿Qué te pasa? Exprésate…”, ni tampoco el hombre sin que la mujer le diga…, etc. La radio y la televisión han desbordado a la pareja, la han dispersado por todas partes, y hoy estamos anegados en palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras y de imágenes. Le estupidez nunca es muda ni ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición vacuolas de soledad y de silencio a partir de las cuales podrían llegar a tener algo que decir. Las fuerzas represivas no impiden expresarse a nadie, al contrario, nos fuerzan a expresamos. ¡Qué tranquilidad supondría no tener nada que decir, tener derecho a no tener nada que decir, pues tal es la condición para que se configure algo raro o enrarecido que merezca la pena de ser dicho! Lo desolador de nuestro tiempo no son las interferencias, sino la inflación de proposiciones sin interés alguno. Lo que se denomina “el sentido de una proposición” no es más que el interés que suscita. No existe otra definición de sentido, el sentido es lo mismo que la novedad de una proposición. Podemos pasarnos horas escuchando a alguien sin encontrar nada que despierte el más mínimo interés… Por eso es tan difícil discutir, por eso jamás hay ocasión de discutir. No vamos a decirle a cualquiera: “Lo que dices no tiene ningún interés”. Podemos decirle: “Es falso”. Pero nunca se trata de que sea falso, simplemente es estúpido o carece de importancia. Ya se ha dicho mil veces. Las nociones de importancia, de necesidad, de interés, son infinitamente más decisivas que la noción de verdad. No porque ocupen su lugar, sino porque miden la verdad de lo que decimos”

(Gilles Deleuze, Conversaciones, Valencia: Pre-textos, 1996, pp. 206-207)

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