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“En mis libros anteriores yo trataba de describir un cierto ejercicio del pensamiento, pero describirlo aún distaba mucho de lo que supone ejercerlo (gritar “viva lo múltiple” no supone ni muchísimo menos hacerlo, hay que hacerlo…)” (Gilles Deleuze, Diálogos, Valencia: Pre-textos, 1980, p.21)

“Escribir no tiene otra función: ser un flujo que se conjuga con otros flujos -todos los devenires minoritarios del mundo-. Un flujo es algo intensivo, instantáneo y mutante, entre una creación y una destrucción. Solo cuando un flujo está desterritorializado logra hacer su conjunción con otros flujos, que a su vez lo desterritorializan, y a la inversa (…). La línea de fuga crea esos devenires. Las líneas de fuga no tienen territorio. La escritura realiza la conjunción, la transmutación de los flujos por los que la vida escapa del resentimiento de las personas, de las sociedades y de los reinos” (Gilles Deleuze, Diálogos, Valencia: Pre-textos, 1980, p.59-60)

 

Una cosa que siempre me inquietó durante mis años de estudiante de filosofía en la Universidad Católica fue que no existieran espacios reales de intercambio. De hecho, de vez en cuando se organizaban simposios de estudiantes, conferencias del algún profesor invitado, seminarios, etc. También, una que otra vez, espontáneamente, después del almuerzo o con un café de media tarde, nos juntábamos dos o tres personas en una cafetería a conversar. Sin embargo, ninguno de estos encuentros constituía un espacio-tiempo efectivo de trabajo (en el sentido de Marx, acción productiva) en el cual algo interesante pudiera nacer. No eran, entonces, auténticos encuentros. Y las razones de estos fracaso son diversas: en el caso de los eventos más académicos (congresos, etc.) lo que generalmente ocurría, debido a la misma forma estructural de estos eventos, es que alguien hablaba sobre un tema, desde su perspectiva muy técnica, especializada y privada, y los demás, ocupando el rol de público pasivo y receptor, nos limitábamos a escuchar, muchas veces sin comprender, pero asintiendo en silencio con la cabeza, y con un gesto serio y profundo en el rostro. Y al final, infaltable, el simulacro de las preguntas para, auto-engañados, irnos tranquilos pensando que algo sucedió, y que fuimos partícipes. Sin embargo, en sentido estricto, no había habido comunicación, ni diálogo ni intercambio, solo el show de mónadas sin ventanas danzando en el auditorio y cegando a los demás con su brillo.

 

En el caso de las conversaciones informales, tampoco se da un real intercambio. Una de las principales razones es que los estudiantes -y acá me refiero a los de filosofía, que es a quienes conozco directamente- se convierten en funcionarios o monaguillos de los grandes nombres de la historia de la filosofía. De ahí que cada intervención o debate se terminara convirtiendo en un esforzado intento por mostrar de la mejor manera posible las virtudes de aquel filósofo a quien, sin que él lo haya solicitado, se intentaba defender o justificar. Esto, además, le retribuía al más hábil en el agón filosófico, el perverso poder de haberle mostrado a su interlocutor que la razón (¡el Logos!) lo asiste. Y no hay placer más grande que este para las jóvenes y soberbias almas filosóficas.

Sin embargo, siempre han existido válvulas de escape, líneas de fuga, tanques de oxigeno. Recuerdo ahora con mucha nostalgia y satisfacción un grupo de lectura en el que participé hace varios años (¡2002-2003!) con un grupo de grandes amigos de la universidad. Durante un año leímos las Lecciones introductorias al psicoanálisis de Sigmund Freud. Fue una auténtica experiencia de intercambio, de aprendizaje comunitario, de pensamiento colectivo. Cada sábado por la tarde, nuestras individualidades quedaban suspendidas, suprimidas, puestas entre paréntesis; así, liberados de la tiranía del yo y del nombre propio, se hacía posible una profunda apertura del ser personal que permitía la emergencia y el contacto de esa multiplicidad de rasgos que nos conforman pero que, sometidos al poder de la conciencia subjetiva, no nos permitimos expresar. En ese espacio-tiempo de encuentro, cada uno de nosotros era otros; y todos juntos, fuimos mucho más que un conglomerado de unidades, fuimos una multiplicidad, un agenciamiento. Algo pasó entre nosotros… Y, extrañamente, aunque no por ello sorprendentemente, estas tierras de libertad las hallé en el exterior de la filosofía, en su afuera: no era un grupo integrado por filósofos, sino por gente de diferentes carreras. Varios años después, con otro grupo de amigos  surgió el proyecto de intercambio y pensamiento colectivo más importante en el que he participado hasta ahora, y que aún existe: Agenciamiento el Pulpo (www.elpulpo.wordpress.com).

En estas dos experiencias hallé un poco de aquello que desgraciadamente no pude encontrar dentro de la institucionalidad filosófica. Paradójicamente, el espacio que más debería promover e incentivar el trabajo colectivo, pero no lo hace. Solamente tengo un reproche hacia estos grandes intentos de construir espacio-tiempos de encuentro del pensamiento: como ambos provienen directamente de la academia, de la universidad, mantuvieron -a veces más a veces menos- dos coordenadas fundamentales de trabajo: (i) la interioridad lógica y argumentativa del Libro como fuente principal y (ii) la lectura e interpretación del mismo como quehacer central del pensamiento. Por ello, la experiencia del pensamiento, de la colectivización, del encuentro, del intercambio; en pocas palabras, la constitución del agenciamiento, siempre estuvo mediatizada por la verdad de la teoría. En sentido estricto, no nos poníamos en juego a nosotros mismos, no hacíamos una experiencia directa, inmediata, del otro, no activábamos nuestro pensamiento a partir del encuentro con el pensamiento del otro, sino siempre a través de, y gracias a, el libro. Por ello, bajo estas condiciones, no se asiste a una verdadera creación de lo nuevo. No se piensa por primera vez, cada vez, la diferencia del mundo. Se repite, una vez más, el mismo mundo.

 

Este último fin de semana fui invitado por la gente de TANQ (http://www.tanq.com.pe) a participar en un Booksprint. Sin tener muy claro de qué iba el asunto, pero sabiendo simplemente que pasaría cuatro días completos compartiendo un mismo espacio-tiempo con un grupo heterogéneo de personas desconocidas, acepté sin dudarlo. Lo único que sabía era que iba a encontrarme con gente para colaborar y construir un pensamiento colectivo. Ya ahí me di cuenta que el asunto tenía un alcance mayor: el trabajo colectivo era absolutamente concreto, pues la  “maratón de escritura” consistía nada más y nada menos que en escribir un libro todos juntos durante esos cuatro días. No íbamos a leer ni a discutir teorías; íbamos a escribir, e íbamos a hacerlo básicamente a partir de nuestras propias experiencias, en este caso en el ámbito educativo. Además -y esto hizo de la experiencia un verdadero encuentro- trabajamos con un software que nos permitía a todos poder ver los textos que los demás escribían en tiempo real y hacerles comentarios, además de poder chatear mientras la redacción se llevaba a cabo. El programa es algo así como un documento de Word mezclado con Messenger. Entonces, todos vemos, compartimos e intercambiamos en tiempo real lo que estamos escribiendo; no un texto acabado, pensado y cerrado sobre sí mismo; sino el proceso temporal y tartamudo de escribir y de pensar, en vivo y en acto. Así, finalmente, lo que sucede en un trabajo de esta naturaleza es fundamentalmente colectivo, plural; los individuos ya solo existimos nominalmente, pues no somos más que una firma; lo que ocurre ahí, ontológicamente hablando, es el advenimiento de la multiplicidad como sujeto de enunciación y de pensamiento; en pocas palabras, el ocaso del yo.

Creo, entonces, que experiencias como esta nos permiten abrirnos para conectar(nos) con los otros y pensar desde ellos, con ellos, en ellos y para ellos. Todo lo demás, en el ámbito del pensar, es pura gratuidad.

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