Etiquetas

, , , , , ,


Las últimas semanas he estado con la cabeza en mil lugares, menos aquí. Entre mi viaje a la China que cada vez está más cerca (¡15 días!), y el final del ciclo, el tiempo me sobrepasa. No he podido escribir. Pero no me angustio, pues sé que pronto la necesidad se hará presente y que el trabajo de la escritura se reactivará.

Hace un rato, deambulando por la web, recordé que hace unos años cree un blog que duró solo algunos meses. Creo que aún no estaba preparado para dedicarme a un ejercicio de esta naturaleza; además, en aquel entonces estaba escribiendo mi tesis de maestría, así que eso me ocupaba la mayor parte del tiempo, sobre todo del tiempo dedicado a la escritura y al pensamiento. Revisando este “proto blog”, se me ocurrió que sería divertido “importar” algunos de los textos que ahí escribí. ¿Con qué finalidad? Tal vez, en primer lugar, para reanimar este espacio algo congelado últimamente. Seguro. Pero, no es simplemente el afan de postear por postear. Me pareció divertido reanimar este espacio con fragmentos de mi pasado; interesante, además, sobre todo para mí, contrastar quién era y quién soy ahora; finalmente, muy revelador, darme cuenta que, en el fondo, sigo pensando más o menos las mismas cosas. ¿Significará eso que no ha habido ninguna transformación significativa en mí? ¿O tal vez que aún no estoy preparado para comprenderlas?

En todo caso, con esta insignificante reflexión sobre la continuidad de la identidad a través del tiempo inauguro esta breve secuencia de textos a la que titularé “voz de archivo”. El primer texto trata sobre la imperceptibilidad de los cambios -justamente hablando del tiempo y de la transformación, y teniendo en cuenta que en pocos días cruzaré el mundo para inciar (¿finalizar?) un devenir radical-.

CAMBIO: DEVENIR IMPERCEPTIBLE (lunes, 18 de diciembre, 2006)

Los grandes cambios son imperceptibles. Esta afirmación puede parecer extraña. Normalmente, el cambio mismo, sin duda, es evidente, ruidoso, y muchas veces inesperado. Y al ser estruendoso e inesperado se muestra sorprendente. Como se suele decir: nunca estamos preparados para los cambios. Esto sucede porque nos hemos acostumbrado a ver el mundo y lo que sucede en él de forma macro, como si todo estuviese formado a partir de grandes bloques o estructuras; formaciones que generalmente son duales y categóricas: hombre-mujer, ricos-pobres, amor-odio, alegría-tristeza, izquierda-derecha, artificial-natural, etc. A esta organización macro de lo real Deleuze la llama “molar” y le opone lo que él, junto a Felix Guattari, llama lo “molecular”, lo micro diríamos en lenguaje económico. Esta oposición pretende mostrar que los grandes cambios, justamente, se dan a nivelar molecular, pero que mientras se están dando no son perceptibles. Lo molecular es entonces lo que constantemente está siendo, es decir, deviniendo. Es el flujo imperceptible de lo real, el flujo que está por debajo de las grandes categorizaciones o estructuras. En lenguaje platónico, es lo que no representa el modelo de la Idea, es el sofista.
¿Por qué reflexiono ahora sobre esta distinción entre lo molar y lo molecular? Siempre exigimos cambios, sobre todo en un país como el nuestro, tercermundista y postergado; pero también lo hacemos en nuestro trabajo o en nuestras relaciones más cercanas. Sin embargo, poco hacemos para que esos cambios se den efectivamente. Pensar en grande no funciona. Seguramente la utopía de la revolución, del cambio radical, es una representación fuerte e importante de qué es lo que un pueblo quiere. Pero es solo eso, una representación. Lo importante es, como afirma Deleuze, el devenir revolucionarios de cada individuo (y, obviamente, no estoy hablando acá solo de política). Lo importante está en el medio, no al final o al comienzo. No qué soy y qué quiero ser, sino que estoy siendo. Trabajar con nosotros mismo a nivel molecular, trabajar nuestros devenires, nuestros flujos y movimientos microscópicos, esa es la forma de producir, luego, ante los ojos que no ven más allá de lo evidente, lo que estos llamarían un cambio. Es común condenar a quienes tiene el poder por su incapacidad para generar cambios reales. (Nota al pie: Poder acá en sentido tradicional, como estructura de dominación. Sería interesante ver esta cuestión de lo molar y lo molecular teniendo en cuenta la “microfísica del poder” de Foucault). El poder es molar, y moral. Evidentemente tienen cierta responsabilidad, pero al mismo tiempo son impotentes. Verticalmente, de arriba hacia abajo, no hay verdadero movimiento. El movimiento surge desde el fondo, nuevamente, de lo molecular. Habría que dejar de exigirle al poder lo que, por definción, no puede hacer: devenir. Solo nosotros somos capaces de hacerlo.
Anuncios