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Hace algunos días que le doy vueltas a un asunto. A una cuestión que está vinculada  a la conversación virtual que se ha venido desarrollando las últimas semanas entre varios filósofos populares (es decir, entre quienes estamos llevando la filosofía a un medio de difusión masivo como el blog)[1]. Dicha conversación, en la que han participado Daniel Luna, Ricardo Milla, Danilo Tapia, Víctor Samuel Rivera, entre otros, ha girado en torno a la necesidad de sacar a la filosofía del claustro de la academia para hacer de ella, por fin, un discurso efectivo, potente, transformador. Concreto.

El asunto que me ronda la cabeza es tan simple que muchas veces me ha dejado perplejo. Todos nos hemos enfrentado alguna vez -en una cena, en el taxi, en una fiesta, en cualquier lugar- ante la pregunta que paraliza al filósofo (y no me refiero a “¿por qué el ser y no más bien la nada?”). ¿Cuál es entonces esta interrogante fundamental? Simplemente: ¿qué hace un filósofo? Una pregunta tan directa y clara merece una respuesta semejante. Esta es mi intención en estas breves líneas.

Para empezar, hay un prejuicio que debemos abandonar: la filosofía es algo abstracto. 100% Falso. Como espero mostrar, la filosofía es absolutamente concreta. Es más, arriesgándome a parecer exagerado, me animo a decir que es la actividad más concreta del ser humano. Cuando alguien me pregunta “qué hace un filósofo”, cada vez estoy más convencido que la respuesta es: nos transmite conceptos. La filosofía no sería más que una “pedagogía del concepto”. ¿Qué significa esto? Vayamos por partes. El ser humano forma su identidad a través de un proceso de socialización intersubjetivo en el que se relaciona con “otros significantes” (otros seres humanos). Un individuo aislado, en medio de la selva a lo Tarzan, no llegaría nunca a devenir ser humano, pues no entraría en contacto con otro ser humano que le sirva como detonador del advenimiento de su humanidad; permanecería así cautivo de su animalidad.

En este proceso de formación (inter)subjetiva adquirimos conceptos. Estos nos permiten categorizar, ordenar, parcelar, comprender la realidad; pero, sobre todo, ver. El mundo en el que existimos es aquel que los conceptos que tenemos nos permiten visualizar. Un clásico ejemplo: cuando se encontraron los españoles con los incas durante la Conquista en la Plaza de Cajamarca, el fraile Vicente de Valverde le entregó a Atahualpa un misario y un anillo como ofrenda y como invitación también para que este se convierta al cristianismo. Atahualpa no supo qué eran, no comprendió la intención del fraile; en sentido estricto, no vio el misario y el anillo. Los arrojó al suelo, hecho que desencadenó el enfrentamiento…

Así, pues, no poseer un concepto implica no ver una porción de la realidad. Ser y pensar son lo mismo, ya lo había dicho Parménides hace mucho. Aclaración: no es que el concepto simplemente devele una realidad dada o constituida oculta ahí enfrente. Para nada, mi tesis no es metafísica. El concepto no descubre, sino crea (actualiza/determina) una realidad que en sí misma es indeterminada o virtualizada. Así, mientras más conceptos manejemos, entonces tendremos más posibilidades de actualizar o determinar la realidad (fluyente) de una u otra manera.

Continuemos. Nuestra identidad es un efecto de relaciones, lo acabamos de mencionar líneas arriba. De ahí que, en buena medida, sea un producto pasivo. Por ello, es también pasiva nuestra mirada del mundo: heredamos conceptos, conservamos visiones, preservamos el statu quo. Y esto no es ningún misterio, es el desarrollo natural de la sociedad como institución (y de los sujetos que se producen en ella), pues conservarse es asegurarse un lugar en la existencia. Los dogmas, los prejuicios, los clichés, están compuestos por esos conceptos transmitidos a cada nueva generación con la intención de reproducir en ellas determinadas visiones de mundo (particulares actualizaciones de lo real).

Así, vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué hace la filosofía? Crea y comparte conceptos. Amplía, por lo tanto, la visión de mundo (y también el mundo mismo) de aquel que se aproxima a ella. ¿Hay acaso alguna tarea más concreta (y efectiva) que la que nos proporciona el mundo en el que vivimos? Pienso que no. Además, la filosofía -a diferencia de la religión, de las ideologías políticas, y de los medios de comunicación y el marketing- no busca (no debería buscar) preservar el estado de cosas actual, sino transformarlo. Por ello, sus conceptos son siempre críticos y revolucionarios.

Un nuevo concepto =  una nueva visión = un nuevo mundo = una nueva acción. Del concepto a la acción, la concreción de la actividad filosófica es evidente. Pedagogía del concepto.

Un ejemplo más para finalizar. Una persona puede pasarse la vida tranquilamente saludando todos los días al portero de su edificio; sin ningún problema. De vez en cuando podrá sentir algo de lástima por aquel individuo que pasa 12 horas al día sentado al lado de una puerta, cumpliendo una tarea prácticamente robótica (y no me digan que todo trabajo dignifica al hombre. Esta creencia no es sino un placebo ideológico para justificar la explotación). Ahora, ¿qué pasaría si lee a Marx o si se le explica en alguna clase o conversación el concepto de “enajenación”? Si comprende a cabalidad lo que este concepto implica, no solo habrá adquirido una definición o un significado (contenido meramente mental o intelectual); más allá de ello, en profundidad, la incorporación íntima del concepto constituiría, como he sostenido, la adquisición de una nueva visión de mundo, es decir, una nueva percepción, una nueva sensibilidad, un nuevo pensamiento y una nueva acción sobre/en lo real. A partir de ese momento nos jodimos, pues empezaremos a ver enajenación en cada esquina, incluso en nuestra propia vida. El mundo se habrá transformado, y nosotros con él.

Esta es la tarea concreta del filósofo, tome nota: transmite conceptos, ilumina miradas, revoluciona mundos y crea futuros. Nada más, nada menos. Pedagogía del concepto.


[1] Quién sabe, con 80 años de diferencia (¿de retraso?), tal vez ahora sea el momento de re-escribir “La filosofía en la época de la reproductibilidad técnica” de Walter Benjamin

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