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El mundo sin el hombre es terra incognita. El mundo, solitario, tiene sus propias marcas, signos que constituyen su propio lenguaje, indescifrables para nosotros. Por esto, los seres humanos hemos aprendido a marcar la tierra, a trazar en ella surcos, límites; a dividirla, distinguirla nombrarla; con ello hemos logrado apropiárnosla y que se exprese en un lenguaje significativo: que nos hable directamente.

Los seres humanos, al igual que los animales, somos territoriales. El movimiento por el cual un cuerpo -o un grupo de ellos, una manada- se apropia de un fragmento de la Tierra para otorgarle sentido expresa una tendencia universal: la territorialización. Es parte de nuestro carácter sedentario: situarnos, habitar, construir en/sobre el mundo. Incluso los nómadas, en su perpetuo desplazarse por la Tierra, también están realizando un acto de territorialización; que se distingue del sedentario básicamente por su ligereza, por su carácter efímero, transitorio, líquido. Confunden, por ello -hay que reconocerlo-, la territorialización con la desterritorialización, es decir, con el dejar (limpiar, desposeer) la Tierra. O tal vez, su territorialidad sea la desterritorialización.

En el acto perpetuo de marcar la Tierra, los hombres, a diferencia de los animales, han tenido la necesidad de virtualizar estos sellos para comunicarlos, perennizarlos, hacerlos explícitos, formales. De ahí han surgido los mapas. Estos no son más que representaciones gráficas, más o menos complejas, de porciones de Tierra, o más exactamente, de territorio, pues la tierra nunca puede ser mapeada, ya que cada acto de hacer mapa sobre ella, ya lo es de un territorio. Crear un mapa es territorializar, en segundo grado, virtualmente, la Tierra.

Cartografiar, por su parte, supone cierta reflexión sobre la creación de mapas. Algo así como tomar cierta distancia sobre su producción. Surge inevitablemente una pregunta: ¿cómo hacer un mapa? Pues, todo territorio supone inclusiones y exclusiones, énfasis y olvidos, matices, etc. Sería imposible hacer un Mapa Total, como el Aleph de Borges. De existir, solo Dios lo posee. Una primera respuesta ante aquella pregunta es que el mapa debe tener un carácter suficientemente colectivo, objetivo y universal, pues debe servir para cualquier persona que desee orientarse en un territorio. Coordenadas claras, eso es lo que debe transmitir. Norte, Sur, Este, Oeste. Puntos Singulares, Puntos Ordinarios. Lo Principal, Lo Secundario. Todo debe quedar especialmente detallado, pues el mapa sirve, generalmente, para el extranjero, el foráneo, el visitante, para aquel que no conoce cómo ha sido marcada la Tierra en la que está ingresando.

En este sentido los mapas son impersonales. Son tanto propios como ajenos. Me hablan a mí como le hablan a cualquiera. Es necesario que sean así. Sin embargo, ¿cómo sería un mapa con nombre propio? ¿Tendría sentido una cartografía singular, con firma? Esta es nuestra propuesta. Ir a la deriva, abrir el camino, tatuar la tierra, trazar una cartografía. La ciudad es un conjunto de estrías sobre la Tierra, tiene, así, un mapa propio. Nosotros nos proponemos trazar una cartografía única que exprese nuestra deriva sobre el territorio. Nuestros encuentros. Nuestros desvaríos y aciertos. Es un mapa que solo existe a posteriori, una vez que el día ha terminado y que la experiencia ha sido hecha. Es nuestra propia manera, no premedita, de tatuar la ciudad. Mapa sobre mapa.

El contenido de este mapa es nuestro andar o transitar como puro flujo indeterminado. Deseo no ligado a objetos específicos. Sin meta, sin objetivo. Este flujo quedará grabado en la cartografía no en función de lo que todo mapa debería llevar (puntos cardinales, singulares: plazas, restaurantes, museos, transportes, etc.), sino en función de los signos que la ciudad misma (en tanto Tierra territorializada por otros, ajenos, diferentes, desconocidos para nosotros) pone frente a nosotros: rostros específicos, cajetillas de cigarros, tachos de basura, riachuelos, personajes, basura; pero no solo estados de cosas, sino acontecimientos: un atardecer, un olor, un gesto, un afecto, colores, sonidos, encuentros, etc.

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