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Este texto lo comencé a escribir cuando había terminado la primera fase del mundial de fútbol Sudáfrica 2010. Como verán, hago afirmaciones que el mismo devenir del campeonato se encargó de refutar. No las he cambiado para respetar el impulso original que me llevó a redactar estas líneas.

El mundial está aburrido, no es una novedad. Que el Inter haya sido campeón de la última versión de la Champions nos adelantó lo que se nos venía para esta copa Sudáfrica 2010. El fútbol, desde hace algunos años, privilegia el funcionamiento y la efectividad del sistema colectivo en desmedro de la singularidad y la libertad de la creación individual. Y esto, me parece, se debe a que en el fútbol actual se ha subordinado la idea de “juego” a la de “triunfo” (éxito). Me podrían decir que “jugar” presupone, como finalidad intrínseca, “ganar”. Sin embargo, esto es verdad solo si entendemos el juego como “juego humano”, mas no como “juego divino”.

¿Cuál es la diferencia entre ambas nociones? El juego humano se desarrolla en un tablero previamente determinado y se guía a partir de un conjunto de constantes (reglas) y otro de variables (circunstancias impredecibles). Ya que el objetivo del juego humano es ganar, entonces todos los esfuerzos de los jugadores se concentran, en primer lugar, en conocer y manejar a la perfección las constantes; y, en segundo lugar, en predecir y controlar las posibles variables que el devenir del juego plantee.

El juego divino, por el contrario, no posee un tablero diagramado de antemano. Por ello -y en esto radica su singularidad-, tampoco existen reglas constantes a las que los jugadores deban adecuarse. Es un tablero abierto, preñado simplemente de variables, de posibilidades en estado virtual. El juego de los dioses, y esto lo sabemos bien, es simplemente el de la creación. ¿Y quién gana? No es esto algo que preocupe mucho a los dioses, somos los humanos quienes estamos obsesionados con ganar. Para ellos, jugar es, simplemente, crear. Para los hombres, por el contrario, jugar es representar.

Somos seres humanos, tenemos entonces nuestros propios juegos (aunque algunos jueguen a ser dioses). El fútbol es uno de los más famosos, tal vez el más popular. ¿Qué expresa este mundial Sudáfrica 2010 sobre nuestra manera de jugar? Lo que nos está mostrando, es que los directores técnicos -y sus dirigidos- expresan cada vez más una tendencia a alejarse de los dioses. El excesivo énfasis en el funcionamiento del sistema es un ejemplo claro de que los equipos buscan: 1) minimizar los errores, 2) eliminar los riesgos, 3) preservar el orden táctico, 4) el cumplimiento estricto de roles y funciones, etc. Todo esto debería conducirlos a un manejo muy eficiente de las constantes y a un control anticipado de las variables. Quien mejor lo haga será quien esté más cerca de no perder. De ahí que la vía hacia el triunfo no sea la propuesta propia, sino el error del otro. Es, en pocas palabras, un fútbol nihilista. Solo se afirma con la falla del otro.

¿Pero no es esto esencial de nuestra condición, el juego humano? ¿Podríamos acaso alcanzar un juego divino? ¿Un fútbol divino? Por definición sería imposible, pues hay un tablero, unas reglas constantes, una institución (FIFA), jueces, etc. Entonces, ¿qué tan cerca puede estar un jugador de los dioses si está al mismo tiempo sometido a este gran tablero? Para responder esta pregunta es necesario ligar el fútbol a la actividad divina por excelencia, la creación. ¿Qué tanto se puede crear en la cancha? Lo primero que habría que decir es que la creación, entendida como emergencia de la diferencia o de lo nuevo en lo real, implica, necesariamente, la ruptura del sistema o de la estructura que, generalmente, tienen la función de preservar o conservar (como se dice futboleramente: preservar el “cero” en el arco propio).

El fútbol que vemos en este mundial -expresión de la tendencia de los últimos años- está claramente alejado de toda posibilidad de creación. Hay que ver la escasez de ideas de las selecciones de Italia o Inglaterra, e incluso de Brasil. ¿Y cómo romper entonces con el sistema para liberar la creación? Este parece ser el temor más grande de los equipos actualmente, pues piensan que sistematizar el juego es la mejor manera de defenderse, de cuidarse, de preservar el cero, como decíamos. Y no les falta razón. Pero justamente esto es lo que hay que superar: el temor. Este es quien nos separa de los dioses. Es más fácil -y más seguro- seguir un camino trazado que crear tu propia ruta. ¿Es posible entonces aspirar al menos a lo divino?

Es posible solamente si cambiamos nuestra manera de entender lo real, para, gracias a ello, modificar un poco al menos nuestra noción de juego (humano). Normalmente, identificamos lo real con los estados de cosas verificables: los hechos. De aquí que lo real se equipare con lo actual. Bajo esta mirada, todo lo que puede suceder en un partido de fútbol, como veíamos anteriormente, está previamente determinado. Si bien tal vez no esté sucediendo aquí y ahora, actualmente, sí está condensado potencialmente en el juego como algo que podría efectuarse. Por ello, hoy en día, cuando los técnicos buscan llevar a su máxima expresión la idea de fútbol como sistema controlado, la concepción del juego a la que nos enfrentamos en cada partido nos restriega en el rostro esta triste conclusión: aunque falten muchos minutos para que el partido termine, sabemos ya, de antemano, que nada va a suceder. Porque todo lo que puede pasar ya ha pasado. Sin duda hay hechos, no es que el juego se paralice: tiros, pases, marcas, fouls, expulsiones, penales, etc., pero todo dentro del campo de lo posible. No ocurre ningún verdadero acontecimiento que sea capaza de transformar el curso de los hechos. Nada hay en estos partidos que nos haga levantarnos de nuestros asientos.

Sin embargo, si concebimos lo real de una manera diferente -siguiendo a autores como Nietzsche, Deleuze o Levy-, entonces podremos reivindicar un espacio dentro del campo de juego, durante los 90 minutos, para la creación y, con ella, para la emergencia de lo nuevo en el fútbol. Esta interpretación de lo real implica suplementar lo actual no con lo posible (un mero espejo lógico que no produce nada que ya no se supiera que estaba ahí de antemano) sino con lo virtual. Este se define como un “campo problemático”. Esto significa, en pocas palabras, que todo hecho existente, concreto, actual no es más que la respuesta a una pregunta. Por ejemplo, “¿cómo llevar líquido de un lugar a otro?” es un problema que crea, en la materialidad de la existencia, una botella. La necesidad de transportar agua y todas las variables que esto implica (alimentación, supervivencia, higiene, etc.) constituyen el lado virtual de lo real; la botella, como solución concreta, constituye el lado actual de lo real. Lo clave está en que la “botella” no existía previamente en un espacio de posibles que solo estaba esperando su realización. Para nada, la botella es pura creación. Así, todo hecho actual, está rodeado de un campo de variables en perpetua relación y que, en algún momento particular, dan un paso hacia la actualización. Lo virtual o el campo problemático tiene siempre la forma de una pregunta, es abierto. Lo actual, por el contrario, es justamente el movimiento por el cual se ha intentado plantear una respuesta a aquella pregunta original.

Pensar la cancha de fútbol como un campo problemático, virtual, es lo que hacen lo genios. Esos que, desgraciadamente, casi no hemos visto a lo largo de este mundial. Incluso jugadores como Messi o Roben han sido predecibles; incluso ellos, jugaban como humanos. Por el contrario, un futbolista que -desde mi humilde perspectiva- continuamente buscaba virtualizar el juego, fue Zinedine Zidane. Siempre un par de segundo adelantado a la jugada; siempre resolviendo las situaciones de manera impredecible; siempre creando lo impensado… siempre jugando fútbol con los dioses. Por ello, tan cerca del éxito, tan cerca de conseguir la segunda Copa del Mundo para Francia en Alemania 2006, él decidió romper con las reglas del juego humano, decidió, como la reina de Alicia en el país de la maravillas, que él era quien creaba las reglas del juego, de su propio juego, aunque eso significase perder el partido y el título. Incluso el cabezazo al defensor italiano fue realizado con estilo, y el estilo no es más que la expresión de la creatividad (y esta está siempre, como Nietzsche nos enseñó, más allá del bien y del mal).

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