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Sábado 24/7/2010. Antigua Lijiang, Frente al Palacio (China). 5:15pm

Hoy se me viene recurrentemente a la cabeza una pregunta que cualquier persona podría hacerme sobre mi viaje: ¿y qué tal China? Responder esta cuestión presupone que yo algo sobre este país, que conozco algo de China. Pero, ¿sé realmente algo de China? Soy consciente de que no. ¿Es posible saberlo? Tal vez sí, pero el tiempo y la experiencia que se requerirían rebasan por mucho la duración de la vida de un ser humano. “China”, como universal abstracto, engloba una multiplicidad absolutamente heterogénea y diferencial. “China”, desde una perspectiva lógico-metafísica tradicional, funciona como un nombre o concepto trascendente-reflexivo que, rigurosamente, dice muy poco de lo que realmente existe en este territorio si es que nos acercamos a él desde una perspectiva inmanente-experimental. Siendo más fieles incluso a la diferenciación que se irá delineando entre “conocer” y “experimentar”, podría decir que un conocimiento absoluto de China (o de cualquier cosa: una persona, un evento, etc.), a lo Hegel, es por definición imposible, pues la experiencia, a su vez, se identifica con el tiempo, por tanto, es solo otro nombre para designar al cambio y al devenir. Todo territorio (geográfico, social, político, psicológico) existe en (es) una perpetua metamorfosis de sí mismo, por ello el conocimiento que podamos alcanzar de él será siempre provisional, tentativo, contingente, transitorio, probable.

¿Qué de China entonces? Nada. ¿Y de Lijiang, ciudad en la que estoy hace más de dos semanas? Tal vez un poco, pero solo eso. El tiempo que he permanecido acá me ha permitido transitar sus calles (a pie, en bicicleta, en moto), “hablar” con su gente, oler y probar su comida, observar su conducta, seguir sus costumbres, imitar sus gestos, en pocas palabras, sumergirme en la inmanencia de su propia existencia. Sin embargo, esto no es suficiente para decir que “conozco” Lijiang. Cuando uno mira más en detalle, microscópicamente, reconoce algo terrible, al menos desde la perspectiva común acerca del conocimiento, aquella que lo identifica con la estabilidad, la homogeneidad, la identidad, la mismidad, la certeza… eso terrible -pero también maravilloso, revelador- es que desde la perspectiva de las pequeñas percepciones, para retomar la expresión de Leibniz, las diferencias se multiplican exponencialmente, es decir, mientras más cerca observas/experimentas, más heterogéneo es el mundo al que te enfrentas (por ejemplo, desde una mirada simple, a sobre vuelo, prejuiciosa, se suele decir que todos los chinos son iguales. Sin embargo, al convivir con ellos, rápidamente captas sus grandes diferencias); y, mientras más heterogénea es la realidad, es también, por ello mismo, menos aprehensible, unificable, conceptualizable, cognoscible. Entonces, ¿qué sé de Lijiang? Desde la perspectiva de la mismidad o del concepto como englobante (“Lijiang”), muy poco; pero, no por un defecto mío al momento de aprehender la ciudad, sino porque, en sentido estricto, según hemos visto, es imposible totalizar, englobar. No obstante, ¿podría mi experiencia conducirme a la constitución de un “universal concreto”, retomando una vez más terminología hegeliana? Es decir, ¿podría constituir, a partir de mi experiencia heterogénea, una totalización cargada de particularidades, que no haga abstracción de las diferencias -en definitiva, el verdadero saber para Hegel-? Ni siquiera esto es posible, pues, según lo que apuntaba líneas arriba, la multiplicación de las diferencias cuando se observa microscópicamente, impide cualquier intento de totalización de los fragmentos. “Migajas filosóficas”, llamaba Kierkegaard a sus reflexiones, justamente para oponerse al intento hegeliano de constituir un saber absoluto sobre lo real.

¿Significa todo esto que no podemos concluir nada, que no somos capaces de decir algo significativo (significado como unidad de sentido) sobre el mundo, que nos es imposible escapar del haz de sensaciones, experiencias o percepciones del que nos hablaba Hume? ¿No hay un concepto que nos permita subsumir (englobar) nuestras experiencias, como le pedía Kant al entendimiento? Parece, entonces, que no podré decir nada sobre Lijiang (¡ni sobre cualquier otra cosa!). Sin embargo, esto último es cierto solo si sigo pensado en el saber como una representación absoluta de lo real; solo si mis aseveraciones pretenden ser categóricas. Afirmaciones como “así es…”, “las cosas allá son…”, “las personas…”, son nuestra ruina. El lenguaje nos traiciona pues explicita nuestra forma omnipotente de pensar el mundo. Ya Nietzsche lo había dicho, “Dios está en la gramática”. Debemos ser cautelosos y muy humildes al decir algo sobre algo; debemos rebajar o destilar nuestras aseveraciones hasta purificarlas de aquel deseo tirano, narciso, de contener verdades; debemos, por tanto, ser muy conscientes de que lo que decimos es solo un matiz, un retrato, una pincelada, un detalle, una tonalidad… en pocas palabras, que no es más que “diferencia sobre diferencia” (la nuestra y la del mundo), que no es más que una mirada, mi mirada de Lijiang.

¿Qué les puedo contar entonces de Lijiang? Uso acá el verbo “contar” intencionalmente, para alejarme del pesado “conocer”.  A lo mucho, podré contarles mi propia experiencia/historia en/sobre Lijiang, mi propia fábula; pero esta no debe entenderse como falsificación del mundo (pues esto presupondría la posibilidad de la verdad como totalización), sino simplemente como la narración/creación de un mundo. Mi Lijiang.

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