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14/08/2010, 4:14pm, en el aire

¿En qué momento, pero sobre todo cómo, se le arrancó el espíritu a la Tierra? ¿Qué movimientos alquímicos permitieron que uno de los miles de pliegues de la naturaleza fuera capaz de alumbrar al pensamiento? ¿Bajo qué circunstancias la materia parió un doble inmaterial?

Me encuentro a 32 mil pies sobre el nivel del mar, a sobre vuelo de la tierra, viajando de Beijing a París. Mi compañero de asiento, un español de aproximadamente 60 años, interrumpe mi película y me pide que abra la ventanilla para observar el paisaje. Según dijeron todos los que en ese momento se interesaron por mirar, nos encontrábamos atravesando las estepas siberianas, en Rusia. Sinceramente, fue una alucinante visión de mundo: virgen como María, la Tierra abajo se me mostró completamente inhumana -como la virginidad de María, precisamente-. Por más de 30 minutos observé fijamente por la ventanilla del avión y solo pude ver el silencio y la pureza de un espacio liberado del hombre, no territorializado; pero bellamente estriado y plegado solo por el devenir propio de la materia. No había ningún rastro ni marca de traza o huella humana, como si el mundo pudiese vivir sin el hombre, como si acá no hubiesen llegado noticias sobre aquellos impertinentes animales.

El (no) movimiento del avión solo me muestra la quietud de un espacio y un tiempo que han perdido sus coordenadas, o que se han salido de sus goznes, según la bella expresión de Hamlet, tantas veces retomada por Deleuze. Acá, ahora, ambos, espacio y tiempo, liberados de toda referencia o grillete de la representación racional, son simplemente lo Abierto o el Afuera, es decir, el mundo como materia en devenir. No hay concepto ni categoría, no hay producción del espíritu que pueda seccionar, apropiarse de la Tierra, y esto en definitiva porque no hay espíritu que colonice a su propia madre. Nada inmaterial ronda el lugar, solo se percibe la fuerza activa de la Tierra, expresándose soberana, grandiosa, en sí. Montañas, valles, ríos, lagos, nevados… ¿y los territorios? En tanto sucedáneos de los hombres, están ausentes como ellos.

Pienso ahora -mientras sigo observan tranquilamente al escribir estas líneas- que un devenir animal o, con más fuerza y radicalidad, que un devenir molecular del hombre, solo será posible gracias un movimiento de desterritorialización (subjetivo y comunitario) tan radical que impida cualquier reorganización o reterritorialización futura y que nos devuelva, por ello, a nuestra matriz originaria. Sin embargo, ¡qué espíritus valientes y humildes necesitaríamos para realizar semejante suicidio! Experimentando el magnetismo de este acontecimiento -y los perceptos, afectos y conceptos que de él se desprenden- solo puedo desear que París nunca llegue. La Tierra, en su humilde majestuosidad, es la mejor objeción contra cualquier humanismo narcisista. ¿El hombre? Una pequeñez, tal vez un simple error como solía decir Nietzsche. La mayor confirmación de que aquello que produjo al ser humano no fue más que un desliz o una injusticia existencial es que, como me preguntaba al inicio de este texto, nada puede explicar la génesis de ese pliegue fantasmal, perverso y parricida.

Desearía estar ahí, Afuera.

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