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No hay lugar para el temor ni para la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas”

(GIlles Deleuze, Post-scriptum sobre las sociedades de control)

Gilles Deleuze, uno de los filósofos franceses más importantes del siglo XX, nos dejó un pequeño ensayo, aparentemente de poca importancia si es que lo juzgamos por su extensión, por el lugar en el que fue publicado -un libro más bien marginal dentro de su producción- o por su estilo libre, tentativo. Sin embargo, aquel texto se ha convertido en los últimos años en un referente ineludible para quienes están interesados en pensar e investigar las formas en que se ejercen y se despliegan los poder -siguiendo acá a Foucault usamos el plural- en las sociedades contemporáneas. Estoy hablando del pequeño texto aparecido en Conversaciones (Pourparlers) bajo el título “Post-Scriptum sobre las sociedades de control”.

La tesis de este pequeño texto es simple y contundente: en las sociedades capitalistas contemporáneas, marcadas por la super-producción, el hiper-consumo y la espectacularización de todas las esferas de la vida humana (en palabras de Guy Debord), lo que prima ya no es, como lo fue en los siglos XVIII y XIX, la disciplina como medio y modo de ejercer poder sobre la ciudadanía, sino lo que Deleuze llama el control. Y lo que caracteriza a las sociedades de control es un ejercicio del poder sobre los individuos constante, continuo, ilimitado, modular. El individuo es vigilado no solo mientras está en la escuela, en la fábrica o en el hospital, es decir, no solo en instituciones cerradas y en intervalos determinados de tiempo, como sucedía en las sociedades disciplinarias; sino, como ya se insinuaba líneas arriba, todo el tiempo. La fantasía más radical -aunque cada vez más real- sobre este control total aparece claramente en la novela 1984 (de George Orwell) o en el reality show Big Brother, en los que determinados individuos, máquinas o computadoras poseen un saber/control absoluto, como el espíritu hegeliano, sobre los actos (pero también sentimientos, pensamientos, etc.) del resto de la población. Sin embargo, como ya está sucediendo en la realidad misma, tenemos sistemas de control para ilegales como los “grilletes” que usa Estados Unidos y que permiten determinar el paradero exacto en cualquier momento de un ilegal; o, también, como los sistemas GPS, usados ya por muchísimas instituciones: la policía, agencias de seguridad, bancos, empresas de telefonía, etc.; o, también, como los sistemas informáticos en los que la vida y obra de los ciudadanos está contada al detalle: dónde vives, cuántos hijos tienes, cuánto ganas, si tienes deudas o no, etc.; la lista podría continuar, pero creo que es suficiente por ahora.

En la presente serie fotográfica busco poner de relieve un dispositivo particular desplegado por las sociedades de control: las señales -signos o símbolos- en las calles. La ciudad -espacio público por excelencia- ha sufrido, junto con el desarrollo acelerado de la población, una transformación, según dicen, necesaria, en sus aparatos de control. Uno de ellos, muy puntual y cotidiano, y que, por ello, generalmente pasa desapercibido, son dichas señales. Sin embargo, una mirada atenta, micro-perceptiva, nos permite develar y denunciar dichos dispositivos de control. Básicamente, amparándose en la necesidad de orden (una palabra más “bonita” y “buena” que control), estás señales están para dirigir el flujo, el desplazamiento de los individuos por las calles. Dirigir, como controlar y ordenar, son formas de codificar. Esto es, de trazar una idea de cómo debería funcionar la ciudad y todo lo que en ella pasa: no perros aquí, no bicicletas, ir por la derecha, girar a la izquierda, bajar la voz, etc. En realidad, toda codificación apunta a qué no pase nada realmente, solo aquello previsto o prefigurado. En el caso particular del que me ocupo las señales básicamente dicen “no”.

Sin embargo, la ciudad, como todo sistema -de soberanía o de control-, no puede ser total. Lo real, entendido como devenir de fuerzas e intensidades que modeladas le dan forma al mundo que habitamos, siempre presiona desde abajo, desde la inmanencia, y empuja al sistema para que se quiebre internamente. Se generan así grietas, fisuras, válvulas, surcos, burbujas…  o, simplemente, espacios de libertad, es decir, lugares o situaciones en los que el control no puede ser ejercido, a los que los poderes codificadores y sus dispositivos paranoicos no llegan. Es el punto ciego del control, el hoyo negro del sistema, desde el cual se pueden generar estrategias de contra-poder o de resistencia. En esta serie fotográfica, jugando con la paradoja, he decidido recopilar símbolos que expresen la resistencia al poder del capital y a su control concomitante. Así como los signos de control ocupan las paredes, las puertas, las veredas y las pistas; los signos de resistencia no se quedan atrás y hacen lo propio. En esta serie podemos apreciar, esa es mi intención, la tensión que habita nuestras calles, nuestra ciudad, nuestro sistema, y la vida humana en general; la tensión entre un poder dominante que busca ejercer un control paranoico sobre sus ciudadanos (una ley delirada) y una potencia libertaria que persigue la emancipación gozosa de mujeres y hombres (un deseo anárquico).

Para ver la serie completa de fotos, pueden entrar al siguiente link: http://www.flickr.com/photos/alecannock/sets/72157624710374771/



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