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Cuenta la leyenda que el arquitecto Dédalo fue encerrado junto a su hijo Ícaro en una Torre de Creta por el rey Minos. Sin embargo, lograron escapar de la prisión, pero no de la isla, pues el rey resguardaba celosamente la tierra y el mar. Ante semejante adversidad, Dédalo alumbró una idea genial: debían escapar por el aire, surcando el cielo de Minos. Así, construyó dos pares de alas, con plumas y cera, uno para él y el otro para su hijo, Ícaro. La solución era perfecta, solo era necesario respetar una ley: no volar muy cerca del sol, pues la cera podría derretirse…

… conocen el final de la historia.

Los mitos -como en la trágica historia de Dédalo e Ícaro-, las religiones, pero también la ciencia y la tecnología, así como la ciencia ficción, la filosofía y los cuentos infantiles -y un largo etcétera por su puesto-, son expresiones culturales en las que podemos observar que la humanidad siempre ha tenido, tiene y seguramente tendrá una pasión propia por el cielo.

De las famosas leyendas bíblicas como aquella de Babel en la que se cuenta que los hombres trataron de construir una torre infinitamente alta o como aquella otra en que el profeta Moisés sube hasta la cima del monte Sinaí para recibir de manos de Dios las tablas de la ley, hasta los rascacielos de las ciudades más importantes del mundo como Tokio o Nueva York, pasando por los diferentes aparatos voladores -aviones, helicópteros, naves espaciales, cometas, paracaídas, etc.-, es evidente que la humanidad siempre ha tenido, tiene y seguramente tendrá una cerrada obsesión por el cielo.

Si deseamos ubicarnos, en tanto seres que habitan este planeta, dentro de las coordenadas de los famosos “cuatro elementos” -agua, aire, fuego y tierra-, no hay manera de no reconocer el carácter terrenal de nuestra especie. Hay seres de agua, otros de aire, algunos de fuego (¿?) y otros, entre los que nos hallamos nosotros, de tierra. Sin embargo, más allá del imperativo y del destino natural, los seres humanos, espiritualmente recargados, asistimos a un devenir inmaterial que nos empuja a elevar la mirada y a tratar de despegar los pies de la tierra para fundirnos con el cielo. Deseamos alumbrar alas en nuestras espaldas, o poseer sandalias aladas como Hermes, para así devenir ángeles y ascender, siguiendo la vertical, hacia la pureza del azul.

En esta serie de fotos busco destacar esa aspiración humana hacia lo celeste. Para ello he retratado objetos producidos por el ser humano, arraigados como él a la tierra, pero que expresan  aquel deseo de ascensión que le otorga a los objetos -originalmente materiales e inertes- espíritu y vitalidad. Sin embargo, fieles a la condición humana, las fotografías son trágicas, pues para captar nuestra necesidad de ser en el cielo, he tenido que fragmentar los objetos y arrancarlo de sus raíces terrenales. Así, según la jerga psicoanalítica, cada imagen expresa un objeto parcial, pues de presentarlo completo o total, sería inevitable mostrar explícitamente su enraizamiento en la tierra. Acá, al menos, nos engañamos por un momento al imaginar la pertenencia absoluta del objeto al cielo… aunque, final e inevitablemente, su propia incompletud, que es la ausencia de una presencia, nos reenvía finalmente a una presencia ausente.

Para ver la serie completa, pueden ingresar a: http://www.flickr.com/photos/alecannock/sets/72157624710585919/

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