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La tensión es inherente al aprendizaje, particularmente al aprendizaje filosófico. Es necesario leer mucho, investigar, volver una y otra vez sobre los autores, sobre la historia. ¿Para qué? Acá se levanta un primer momento oscuro en la formación filosófica: ¿repetir, proteger, imitar, salvaguardar, copia, exaltar? O, por el contrario, ¿usar, aprovechar, transpasar,  apropiarse, desgarrar? En medio de estas opciones nos encontramos en tanto aprendices, y de ella emana la tensión aludida. La filosofía, ¿es del orden del espejo o del robo? No quiero entrar ahora en esta discusión, sobre la que ya algo se ha dicho en este blog. Tampoco quiero decir que la cuestión sea categórico: o lo uno o lo otro. ¿Podría ser dialéctica la salida, posibilitada por una superación de los términos? Tal vez. En todo caso, planteo hoy esta problemática porque hace algún tiempo vengo cuestionando mi evidente adhesión al pensamiento de Gilles Deleuze, ¿es que acaso me estoy volviendo un filósofo especular? ¿No traiciona esto precisamente lo que Deleuze enseña? Seguramente sí. Sin embargo -tal vez en un intento de autojustificación-, pienso que aún estoy atravesando a Deleuze; mi desafío será llegar al final de esta travesía para alcanzar -no sé si es la mejor manera de decirlo- un estilo, una firma.

En todo caso, en medio de esta tensión entre lo propio y lo ajeno me pregunto (y muchos me preguntan): ¿por qué Deleuze? ¿Por qué lo leo hace ya casi 5 años? Dándole vueltas a esta idea, empecé a releer el texto que escribió Michel Foucault como prefacio a la edición en inglés del Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, y encontré un conjunto de principios que, según Foucault, se despreden de la idea central de todo el Anti-Edipo: este libro, afirma, constituye una introducción, algo así como un manual o una guía, a la “vida no fascista”. Si me pregunta por qué leo a Gilles Deleuze, esta es mi primera respuesta. Sin embargo, los principios que propone Foucault expresan una “tabla de mandamientos” (sé que esta etiqueta no es la más apropiada por su carga conceptual, pero es útil en el contexto) para llevar a cabo, en lo cotidiano, en lo concreto de la existencia, una vida no fascista. Acá se los dejo (subrayo en negro lo que a mi juicio es indispensable):

“Este arte de vivir, contrario a todas las formas de fascismo, estén éstas instaladas o bien cercanas al ser, se acompaña de cierto número de principios esenciales, que resumiría de la manera siguiente si debiera hacer de esta gran obra un manual o una guía para la vida cotidiana:
1. Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.

2. Haced que la acción, el pensamiento y los deseos crezcan por proliferación. yuxtaposición y disyunción, no por subdivisión o jerarquización piramidal.

3. Libráos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la falta, la laguna) que el pensamiento occidental ha sostenido como sagradas durante tan largo tiempo en tanto forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid lo positivo y lo múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, los
ordenamientos múltiples a los sistemas. Considerad que lo productivo no es sedentario sino nómada.

4. No imaginéis que haya que estar triste para ser un militante, aun cuando lo que se combata sea abominable. Es el lazo entre el deseo y la realidad (y no su fuga bajo las formas de la representación) lo que posee fuerza revolucionaria.

5. No utilicéis el pensamiento para dar a la práctica política valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si éste no fuera más que especulación pura. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como multiplicador de las formas y los ámbitos de intervención de la acción política.
6. No exijáis de la política el restablecimiento de los derechos del individuo tales como los define la filosofía. El individuo es producto del poder. Lo que hay que hacer es desindividualizar por medio de la multiplicación, el desplazamiento, el ordenamiento en combinaciones diferentes. El grupo no ha de ser un lazo orgánico que una individuos jerarquizados sino un constante generador de desindividualización.

7. No os enamoréis del poder”.

Estos principios, si bien están enunciados en un lenguaje político, son útiles para todos los “espacios”: íntimo, social y político. Uno es fascista en su casa, en su trabajo, en la calle, en la escuela, en sus relaciones personales, etc. Habría que analizar, a la luz de estos principios no fascistas, la conducta de nuestros politicos, de los dueños de los medios de comunicación, de las grandes empresas y del ciudadano común y corriente. Cada vez más, desgraciadamente, veo que se esparce un fascismo molecular en nuestras sociedades. La cachetada que el presidente del Perú, Alan García, le dio a un joven hace un par de semanas, es una muestra clara del deseo fascista instalado en nuestra constitución subjetiva-social. Pues el acto del presidente no fue un hecho aislado, sino expresión de una estructura compartida (cuestión que se evidenció en el apoyo del titular del Poder Judicial, Villa Stein, a la acción del presidente y porque no fue absolutamente condenada por la ciudadanía).

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