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El regreso a mi ciudad después de unos meses de viaje me ha tenido alejado del mundo virtual. Preocupado en todos esos asuntos que nos envuelven en la gran ciudad. Sin embargo, la escritura no se ha detenido. Hace dos semanas participé en un conversatorio junto a Rocío Silva Santisteban y Alicia Bisso. El conversatorio era parte de la semana de lucha contra la violencia hacia la mujer organizada por VPerú (http://vperu.org/home.php). Acá les dejó las dos primeras secciones del texto que presenté aquel día. El tema sobre el que se conversó fue “la mujer y el placer”.

1. Del placer al deseo

Quiero empezar realizando un ligero desplazamiento temático. La cuestión sobre la que hay que pensar, no es la relativa al “uso de los placeres”: placer al comer, al hacer el amor, al caminar por el parque, al ver una película. Poner el goce en primer término reduce todo al enfatizar solo el momento cumbre de una experiencia que lo desborda y excede completamente: me refiero a la experiencia del deseo. Por ello, pienso que nuestros problemas están vinculados a las líneas de expresión y a los aparatos de captura del deseo: desear comer, hacer el amor, caminar por el parque, ver una película, pero también desear la dictadura, la muerte, la sumisión, la violencia.

Ambos términos están ligados. Si entendemos al placer como satisfacción, descarga o desborde intensivo, entonces siempre dependerá, para acontecer en nosotros, de qué se le permita desear a nuestro cuerpo. Podríamos resumirlo así: dime qué deseas y te diré los placeres de los que eres capaz. Por ejemplo, si deseo ahora mismo tomar una copa de vino, sentiré placer al hacerlo. Si no deseo comer un huevo frito, lo más probable es que no sienta goce alguno al comerlo. Sin embargo, no deseamos cualquier cosa, se nos ha enseñado que nuestro cuerpo debe desear en una dirección particular y no en otras. Mi idea es que liberar al cuerpo es liberar sus potencias o deseos y, por tanto, ampliar sus posibilidades de placer.

2. Hacia una definición del deseo: producción de relaciones

Pero, ¿qué es el deseo? Producción. Mi definición es absolutamente positiva, no pasa ni por la falta ni por la negación. Desear algo no tiene nada que ver con carecer de eso; tiene, más bien, una relación íntima con producir algo. De ahí su carácter afirmativo. El deseo sería la fuerza primaria a partir de la cual se crea el mundo. La potencia, el impulso, el conatus como decía Spinoza, la voluntad de poder como decía Nietzsche: un intento por mantenerse en la existencia. El deseo desde esta perspectiva es una fuerza cósmica que trasciende completamente el ámbito de lo humano e inviste la naturaleza como totalidad. “Si el deseo produce, dice Gilles Deleuze, produce lo real”. Así, en el mundo hallamos diferentes y múltiples flujos de deseo o de producción, expresados en “máquinas deseantes”. Estas máquinas se caracterizan por entrar continuamente en conjunción formando dispositivos. Un hombre es una máquina. Una mujer es una máquina. La relación sexual: una conjunción de máquinas que busca producir un agenciamiento mayor: la pareja.

En síntesis: el deseo es esa fuerza o flujo material orientado a la producción de conjunciones entre elementos diferentes: acoplamientos de máquinas deseantes. Hombre-mujer, boca-micrófono, mano-lápiz, hombre-hombre, mujer-ropa, boca-teta, boca-bebida, mujer-animal, perro-comida, abeja-orquídea, etc.

En “Duelo y melancolía”, Freud nos dice que todas las personas investimos libidinalmente al mundo. La expresión “investidura libidinal” podemos entenderla, en lenguaje común, como “estar conectado”. Los seres humanos estamos vinculados al mundo, a sus objetos y a lo que pasa en él. En función de nuestras conexiones surgen intereses, aficiones, gustos, simpatías, etc. Así, en condiciones normales, a algunos, por ejemplo, nos interesa el futbol. A otros, la filosofía. A otro grupo, los video-juegos. Sin embargo, cuando nos encontramos en una situación de duelo o melancolía, dice Freud, nuestros vínculos libidinales con el mundo disminuyen, se apagan o se retiran; es como si nuestra subjetividad que habitualmente está lanzando tentáculos sobre la realidad, de un momento a otro decidiera replegarlos sobre sí. Esto ocurre porque hemos experimentado un suceso en el mundo tan doloroso que tendemos a alejarnos para protegernos, para poder poco a poco restituir esa relación satisfactoria con lo real. Nuestro deseo deja de producir relaciones; nuestra máquina se estropea; llegamos al grado 0, a la anti-producción. El límite último es la muerte: cuando la depresión supera al deseo, cuando el consumo es mayor a la producción, la máquina deseante deja de funcionar; y, en el caso de la máquina humana, el suicidio es la opción final. Como decía Nietzsche, desear morir, el último acto heroico, pues al menos aquí aún hay deseo, todavía hay producción de relaciones, aún se forma una última maquina, una máquina infernal: hombre-muerte.

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