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Segunda entrega del texto que presenté en el conversatorio sobre las mujeres y el placer organizado por VPerú.

 

3. La formación del yo y la captura del deseo

En este contexto, ¿cómo debemos entender los avatares del deseo en los individuos concretos insertos en las sociedades? ¿Cómo interpretar que Juan, por ejemplo, desee ser abogado, formar máquina con el aparato del derecho y que Carla desee dedicarse a criar hijos, formar máquina con el aparato familiar? En otras palabras, ¿de dónde provienen las disímiles y múltiples determinaciones de ese flujo cósmico pre-subjetivo e impersonal del deseo? Volvamos una vez más a Freud. Refiriéndose a la sexualidad infantil, afirma: el niño es una “perverso polimorfo”. Esta idea se refiere a que la sexualidad del niño pequeño originalmente no está ligada a ningún fin u objeto específico: el niño desea, se satisface y goza de múltiples maneras. Y piénsenlo detenidamente: ese bebe recién nacido, ¿es amante de la música o del cine? ¿Es un ferviente creyente del catolicismo o de la iglesia evangélica? ¿Pasará sus fines de semana jugando al fútbol o al tenis? ¿Se entregará a las mujeres, a los a hombres o a ambos? Imposible saberlo, pues en él no hay nada fijo. La idea acá es que el deseo es absolutamente polimorfo en su origen. De esta manera, podríamos ampliar nuestra definición anterior y decir que el deseo es una fuerza o flujo material amorfo e indiferenciado, libre, que produce relaciones o conexiones en lo real.

Sin embargo, esta fuerza libertaria no puede mantenerse siempre en ese estado. Lo social sería imposible. El deseo debe ser domesticado. Así, en el proceso de formación de la identidad personal, ese deseo originalmente no ligado, empieza a investir parcelas de la realidad, comienza a fijarse, solidificarse, engancharse, en “objetos” particulares. Así, surgen registros e inscripciones que permiten algunos deseos específicos que son aceptados como normales. Y pensemos cómo desde pequeños se nos marca con estos sellos: el niño deviene celeste, la niña deviene rosada. Además, muchas posibles fijaciones alternativas no son aceptadas por lo social dominante y son, por ello, rechazadas, impidiéndoles su realización y despliegue en el mundo, quedando así un gran flujo de deseo suelto, nómada, pero reprimido como intensidad pura en el fondo del cuerpo. “Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”, reza la máquina de captura y represión que es todo proceso de formación del individuo.

Pero, ¿por qué ese deseo originalmente polimorfo y libre se liga? El proceso de captura del deseo es deudor del movimiento de constitución del yo. Arthur Rimbaud decía: “Yo siempre es otro”. Con esta enigmática frase quiere darnos a entender que la identidad personal surge de un proceso de relaciones intersubjetivas con “otros significantes”.  Es decir, lo que yo soy, lo que me define y me identifica, es un efecto de las relaciones que he ido manteniendo desde mi nacimiento con otros sujetos y que me han ido modelando a lo largo del tiempo. Mi identidad, finalmente, sería producto de un cruce de identidades: yo soy un poco de mi madre, de mi padre, de mis hermanos, de mis amigos, de mis compañeros, de lo que veo en la TV, en la calle, etc. “yo es otros”.

4. El deseo capturado es el deseo social

De lo anterior se desprende que las ligazones específicas de mi flujo indeterminado de deseo, no son libremente elegidas, sino que, por el contrario, han sido “puestas” en mí: yo deseo lo que los otros quieren que desee. Los ejemplos abundan: el papá que proyecta e impone sus deseos en el hijo, restringiendo sus propias e inmanentes posibilidades de despliegue. Abuelo abogado, papá abogado, hijo abogado. ¿No hay algo profundamente extraño y perverso en esto? ¿Tres generaciones diferentes con la misma orientación de deseo? Este es un claro y común caso de captura familiarista del deseo. Lacan va más lejos: “el deseo es el deseo del Otro”, afirma. Con la expresión “Otro”, no se refiere a un otro concreto, por ejemplo, lo que mi jefe quiere que yo quiera; sino a un otro generalizado: lo social como ámbito estructural de formación de los sujetos. Yo deseo, entonces, no solo lo que mi padre quiere, sino, en sentido estricto, lo que el sistema quiere que desee, porque inclusive mi padre también desea lo que la sociedad desea. Entonces, todos nuestros deseos fijados expresan un formateo social, en palabras de Onfray. No hay aquí espacio para la libertad o el deseo puro, original, natural, autónomo, espontáneo.

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