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Última entrega.

 

5. El deseo bajo la lógica familiarista

Centrémonos, para finalizar, en una particular “captura de deseo” que nos hemos acostumbrado a reproducir ingenuamente pues asumimos que es lo natural (el conformista “así son las cosas”) y lo moral (el terrible “así deben ser las cosas”). Me refiero al deseo cuando se inscribe en el diagrama de la relación de pareja a partir de una lógica totalitaria que se expresa en la cadena significante: amor-sexo-reproducción. Llamaré a este registro la “lógica familiarista”. ¿Cuál es la cartografía del deseo cuando es capturado por esta lógica?

1. Bajo la lógica familiarista es imprescindible entender siempre el deseo como falta. Esto hace que el ser humano albergue en sí una carencia constitucional: estamos marcados por un vacío que busca ser superado, pero que incesantemente se re-instala en nosotros. En el caso de las relaciones de pareja, esta concepción del deseo genera la ilusión de que solo junto a otra persona estaremos completos: es la metáfora del príncipe azul. Por su parte, el placer dentro de esta lógica es reducido a la simple satisfacción. Expresaría ese momento en el que por fin esa falta logra superarse. Así, el goce se supedita a la presencia del otro, a la formación de la pareja. Se hace imposible un goce soberano de sí mismo.

2. La reproducción como fin natural y moral de las relaciones sexuales: Esta presuposición es una forma de someter ciegamente a la humanidad a los designios de la naturaleza. ¿Acaso cuando tenemos hambre le arrebatamos la comida al vecino? Evidentemente no. Entonces, ¿por qué tenemos que someternos al imperativo de la reproducción? Que mi cuerpo esté preparado para tener hijos, que tenga esa posibilidad, no significa que deba realizarla. La ilusión dominante está en la unión esencial entre sexo y reproducción, ¿por qué asignarle al sexo la finalidad intrínseca de la reproducción? La relación sexual puede usarse, entenderse, desde tan disímiles perspectivas que reducirla a la reproducción es prácticamente hacerla desaparecer.

3. Esta lógica sostiene que la pareja exclusiva es lo ideal. Esta idea me parece brutal. Habiendo tantas personas en el mundo, ¿por qué deberíamos encontrar nuestra realización solo con una? El deseo es polimorfo, nuestra experiencia lo confirma, ¿por qué encadenarlo a una sola persona y para siempre? ¿Y por qué pretendemos apropiarnos y cosificar el deseo del otro para que solo se dirija hacia nosotros? ¿No hay, en esta idea de la exclusividad, un narcicismo absoluto, un totalitarismo bestial, un capitalismo feroz? “Tú me perteneces”. Además, la exclusividad va de la mano con la eternidad. Siendo tan rica y plural la existencia, tan provechosos los encuentros, ¿por qué debo condenarme a vivir con una sola persona el resto de mi vida? ¿Por qué restringir nuestras posibilidades de aprendizaje, de complicidad, de intercambio, de goce? Cada individuo puede ser una puerta hacia otra experiencia de lo real: otras ideas, creencias, placeres, sonidos, intensidades.

5. Finalmente, un componente más que hace de esta lógica aún más miserable es la asociación del cuerpo con el pecado, con la suciedad. La vergüenza de sí mismo, del propio deseo, de la propia carne, del placer sentido, son una manifestación de cuán fuerte está instalada en nosotros una ideología de la negación de sí, del ascetismo, de la represión, del maltrato del cuerpo y del olvido de sus potencias. Es claro que en este punto el cuerpo de la mujer ha sido el más sufrido.

Todos los componentes mostrados se resumen en la santa trinidad de esta lógica familiarista: amor-sexo-reproducción. No es que esta lógica esté mal en sí; sino que es absolutizada y, por tanto, naturalizada, normalizada y moralizada. Este movimiento sutil de univocidad genera una gran perversión: el deseo se captura “para siempre” en una única dirección, reprimiendo así su potencia, su carácter dúctil, móvil, plástico, libertario, polimorfo; y, con ello, cualquier registro diferente del deseo es visto como perverso. Sexo sin reproducción, sexo con tu mismo sexo, sexo fetichista, masturbación, poligamia, soltería, etc., todas son opciones vistas como formas más o menos desviadas. Y esto último es central: solo puede haber desvío, error, si suponemos que existe un criterio que nos permita saber qué es lo correcto y qué no. Pero, ¿quién decide cuál es ese criterio desde el cual se emite el juicio? ¿Quién decide en qué dirección debemos desear? Acá, con el poeta Antonin Artaud, creo que nuestra tarea es “acabar con el juicio de Dios”, es decir, con aquellas personas que se arrogan un poder superior para decirnos cómo debemos vivir nuestra vida, y cómo debemos gozar de nuestro cuerpo.

Finalmente, mi propuesta es: 1. Tomar conciencia de que nuestro deseo es siempre producido por lo social. 2. Pero que, sin embargo, tenemos la capacidad de re-direccionar ese deseo capturado, no para escindirlo de lo social, pero sí para abrirlo a nuevas posibilidades, a otras conexiones, a nuevos territorios, para alcanzar nuevas experiencias del mundo. 3. Por tanto, es necesario generar estrategias de resistencia continua, trazar líneas de fuga que nos permitan movernos y hacerle frente a los aparatos de captura del deseo. 4. Finalmente, propongo, junto con Michel Onfray, la constitución de una nueva lógica, la de una erótica solar, basada en los siguientes principios:

a. un eros liviano: la relación no se define necesariamente a partir del compromiso de una historia de larga duración, sino de la plenitud del goce en el puro presente.

b. una máquina célibe: es quien comprometido en una historia amorosa, mantiene el ejercicio de su libertad.

c. una política de la esterilidad: no hay necesidad que nos conduzca a la reproducción.

d. un pacto erótico: este contrato hedonista constituye el territorio en el que dos seres autónomos quieren construir su relación. Es clave en el pacto que “la libertad de elegir incluye la obligación de cumplir”. Supone individuos libres, iguales, conscientes e informados.

e. combinaciones lúdicas: se refieren al contenido del pacto y especifican lo que debemos esperar razonablemente del otro. No imaginar cosas que la otra persona no podrá ofrecer.  

e. un feminismo libertino: que la búsqueda de un deseo polimorfo o de un eros liviano se quede en propuestas para el hombre que la mujer debe solo consentir, sería seguir con la miseria sexual, incluso incrementándola. La consagración de un libertinaje femenino sería encontrar un equivalente al apelativo de ‘Don Juan’ -acá sigo a Michel Onfray- que pueda ser también un elogio para las mujeres. Habrá una igualdad real entre hombres y mujeres solo cuando este evento suceda. La miseria sexual se mantendrá mientras se siga viendo en el uso libre del deseo y del placer del hombre algo positivo y algo negativo en el caso de la mujer.

La cuestión es: ¿por qué no desear de otro modo? ¿Por qué no vivir de otro modo? Hacerlo será siempre un riesgo, nos expondrá a lo desconocido, será por ello fuente de intensos placeres pero también de intensos dolores. Pero, ¿no vale acaso más la pena arriesgarse que vivir anestesiado o domesticado?

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