Etiquetas

, , , , ,


 

 Texto publicado originalmente en la revista Asia Sur (edición 87: http://asiasur.com/sec4texto.php?edicion=87&idmenu=4&idpagina=1565)

Link al documental completo:

I.

Minuto 117, la atención del mundo se centra en un acontecimiento inesperado: Zidane pasa al lado de Materazzi, repentinamente voltea, se dirige decididamente hacia el italiano y le propina un cabezazo en el pecho. Este momento fue el doble invertido de aquel otro glorioso, en Francia 98, cuando dos cabezazos de Zinedine llevaron a su equipo a la gloria. Es un final trágico, de aquellos que solo un héroe podría tener. La imagen del francés saliendo de la cancha con la mirada fija en el suelo pasando al lado de la copa dejó mudo y sin aliento a medio mundo. Todo lo que sucedió después en aquella final de Alemania 2006 fue meramente anecdótico.

Con esa acción, la última, Zidane reveló algo que muchos habíamos sospechado: que detrás de la mega estrella se escondía, como dice el crítico Critchley, “algo más, una especie de oscura verdad”. Evidentemente Zidane fue un jugador como cualquier otro, sometido a los imperativos de la sociedad del consumo, de los mass media, de la publicidad y del marketing. Sin embargo, su rostro grave, su mirada penetrante, su transitar el campo a la deriva, su parquedad al hablar, en fin, su estilo, demasiado fino, preciso, controlado y bello, como un ballet, revelaban en él una profundidad que lo hacía más frágil, más humano.

Pero, ¿en qué consiste esa verdad que habita en el fondo de Zidane y que hace de él un jugador diferente? Es esta diferencia enigmática, convertida en retrato (portrait) de nuestra época, la que Douglas Gordon y Phillippe Parreno -más cerca del arte conceptual que del cine documental- han logrado captar penetrando en ese fondo oscuro que se asoma en la piel y en la mirada de nuestro héroe.

 

II.

El documental Zidane, Un portrait de 21éme Siècle dura alrededor de noventa minutos y consiste en la filmación continua de un enfrentamiento entre el Real Madrid y el Villareal, realizado el 23 de abril del 2005. En él uno esperaría encontrar acción y espectacularidad, pues son estos los rasgos básicos que definen al gran show en el que se ha convertido el fútbol. Sin embargo, a fuerza de sobriedad, es esto -acción y espectacularidad- lo que le falta a este filme. Esta falta hace, paradójicamente, que el filme sea mucho más que la representación de un juego. Su exceso surge de su carencia. Durante los noventa minutos no pasa nada; o, en todo caso, lo que sucede es completamente accesorio, quedando incluso escondido fuera de campo. La genialidad de los realizadores radica, entonces, en haber logrado extraer algo de ese no pasa nada. Esto que aparece en imágenes cuando la acción pasa a un segundo plano es la forma en que Zidane se va “afectando” durante el juego. En Zidane lo relevante no es el desarrollo de los hechos (pases, goles, fouls, etc.), sino las intensidades y pasiones que recorren a nuestro protagonista (cansancio, molestia, tedio, ansiedad, desinterés, ira, etc.). Su revelación en el primer plano fílmico, constituye esa diferencia que hace que Zidane no sea un puro espectáculo, expresando su lado humano (demasiado humano).

III.

Pero, ¿cómo lograr que un partido de fútbol, aparentemente pura acción y espectacularidad, se vea diferente? ¿Cómo acceder a esa dimensión intensiva del ser humano, siempre presente pero generalmente olvidada? El recurso técnico utilizado por Gordon y Parreno para quebrar la acción y hacer surgir la afección es el “primer plano” -el cual ha sido magistralmente usado por Carl Theodor Dreyer en La pasión de Juana de Arco-. Este cambia nuestra percepción del juego porque abstrae al personaje de la situación que lo engloba. El primer plano hace valer al sujeto por y en sí mismo: Zidane existe casi de forma independiente y absoluta en el mundo. Todo se centra sobre él. Clásicamente el rostro se ha identificado con el primer plano porque muestra mejor que cualquier otra cosa las manifestaciones materiales del alma -en sus líneas de expresión y en sus gestos, en la profundidad de su mirada, en el jadeo de su aliento, en su agitada respiración o en la entonación de su voz-. En él esa oscura verdad sale a la luz.

 

Por ello, en Zidane, gracias a un trabajo de edición titánico que se realizó sobre el material de 17 cámaras que siguieron al jugador durante todo el partido, asistimos a una “rostrificación” absoluta del futbolista que nos pone en contacto directo, a través de su imagen en el campo, con su alma nuclear. No interesa lo que él “hace” durante el partido, sino lo que (lo) “afecta” y lo que (le) “acontece”. Es importante notar acá dos cuestiones: primero, el manejo del sonido, indesligable del recurso al primer plano. Cuando las tomas son abiertas se escucha la voz del narrador y el volumen del sonido disminuye considerablemente; por el contrario, cuando son cerradas, oímos muy fuerte el sonido ambiental, recreándose así la experiencia sonora que Zidane tiene dentro del campo de juego. Él mismo lo llega a decir -poéticamente-: “escucho el sonido del ruido”. Segundo: todos los otros jugadores y las cosas que suceden -goles, peleas, etc.- pasan a un “segundo plano” trivial e insignificante: aparecen en torno a Zidane como fantasmas o autómatas. Incluso, y esto es muy relevante, las cámaras no siguen nunca al balón, a menos que Zidane lo tenga. Así, pues, solo importa contemplar cómo el francés va paulatinamente experimentando la emergencia de los afectos y las pasiones que pueblan su subjetividad.

IV.

Zidane es un buen ejemplo de cine anti-hollywoodense (mención aparte merece la banda sonora a cargo de la agrupación Mogwai), es decir, de aquel cine que no busca, a través de la espectacularización de las acciones, atontar y adormecer al espectador con acelerados e histéricos movimientos. Zidane nos permite experimentar la duración del tiempo en su propia materialidad. Es por ello denso, complejo, agotador… pero expresa la oscura verdad de una realidad invisibilizada en un mundo como el actual en el que vivimos en un gran show de simulacros. Es, por ello, y por encima de cualquier otro juicio, una muestra de honestidad existencial.

Anuncios