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El año pasado mis amigos de TANQ me pidieron que colabore con ellos en unas jornadas dedicadas a la reflexión y a la escritura sobre lo que significa ser maestro. De ese encuentro surgió el texto que les presento a continuación (en tres entregas). ¡Va la primera!

 

1. Vida y profesión: la dificultad de ser maestro

Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en escribir una carta a los maestros es que yo también soy un maestro y que, por ello, es también una carta dirigida hacia mí mismo. Esta es mi primera idea, mi punto de partida; pero, al mismo tiempo, mi primera barrera, pues las cosas más complicadas son aquellas que nos involucran, aquellas que muestran el reverso de nuestra piel. Sin embargo, justamente por ello, son las más importantes, las que le otorgan plenitud y densidad a nuestra existencia, haciendo de ella algo más que un simple pasaje. Asumo entonces, desde mi posición de profesor universitario con casi diez años de experiencia docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, el reto que me presentaron mis amigos de Tanq al invitarme a escribir esta “Carta a los maestros”. 

 

Como preámbulo, creo que es necesario deshacernos de un cliché, ideológico incluso, que perjudica, a mi juicio, nuestra manera de entender el trabajo. Me refiero a la separación entre profesión y vida. Pienso, por el contrario, que es clave para el desempeño cotidiano de cualquier profesional reconocerse a sí mismo como siendo esencialmente la profesión. Me explico: cuando uno está íntimamente comprometido con lo que hace, con aquello a lo que dedica su tiempo, sus alegrías y sus penas, entonces aquella trillada separación entre “vida” y “profesión” (“asuntos del hogar” / “asuntos del trabajo”) carece de sentido. Por ejemplo, yo no soy, por un lado, “Alejandro en sí mismo” y, por el otro, “Alejandro el profesor de filosofía”. Esta sería una visión ciertamente esquizoide de mí mismo. Si asumimos que nuestras opciones nos definen, que nuestra historia nos produce, entonces no hay más yo que aquel que resulta de, y a la vez unifica a, nuestras múltiples pertenencias, dentro de las cuales hay algunas especialmente relevantes. En nuestro caso -yo que les escribo, y ustedes que me leen-, formamos parte de una comunidad específica que trasciende lo meramente “laboral”, y que se inscribe por ello en un particular modo de ser en el mundo: “ser maestros”. Somos maestros al levantarnos, mientras transitamos el día y evidentemente al empezar a soñar.

Tomando como punto de partida esta esencial unidad, ¿qué caracteriza y qué define singularmente a esta manera de ubicarnos ante la realidad -frente a la sociedad y sus problemas, y frente a los seres humanos con los que compartimos anhelos y expectativas- a la que llamamos “ser maestro”? Construir una respuesta a esta cuestión, al menos indirecta, es el objetivo final de mi carta. Pero como les decía líneas arriba, esta es una pregunta difícil, porque no implica únicamente definir de manera abstracta e intelectual, como quien recurre a un diccionario, a un manual o a una teoría en qué consiste nuestra profesión, sino también, y principalmente, involucra ponernos en evidencia a nosotros mismos, quienes nos dedicamos y vivimos esa profesión diariamente, para proponer así una respuesta que emerja de nuestra experimentación concreta del aula, una respuesta entonces vital. Por ello, preguntar ahora qué significa “ser maestro” es una manera oblicua de preguntarme quién soy yo, y de reenviarles la pregunta a ustedes, maestros lectores. Final y sintéticamente: ¿qué define nuestro quehacer, maestros del Perú?

Y sigo entonces penetrando en la cuestión, en mí, en ustedes. Son casi diez años de mi vida dedicados a la enseñanza; diez años en los que paulatina y aparentemente he dejado de ser aprendiz y he empezado a ocupar, cada vez con mayor compromiso, el rol de educador. ¿Qué he aprendido en todo este tiempo acerca de la educación, de la enseñanza, de la formación de otros? Aunque parezca increíble, e inclusive contradictorio, cada año que pasa siento que poseo menos certezas, menos verdades, menos autoridad inclusive. Parafraseando el bello subtítulo de Diario Educar. Tribulaciones de un maestro desarmado, del gran educador Constantino Carvallo -fundador y director del colegio Los Reyes Rojos-, debo confesar que cada año que pasa me siento un maestro más desarmado. Y no por desidia o desinterés, sino porque poco a poco he comenzado a verme a mismo más pequeño y frágil frente a la inmensa tarea que representa preocuparse por el alma de otros, en otras palabras, por el futuro de nuestro país. Me siento en la posición del joven Alcibíades, quien aspiraba ansiosamente gobernar su polis, pero que, a juicio del gran Sócrates, aún no estaba preparado pues no podía ocuparse de la inmensa y crucial tarea de proteger a sus conciudadanos y a la ciudad si antes no se había cuidado a sí mismo. O como también sostiene cierta sabiduría popular: si quieres iniciar la maravillosa pero muy delicada tarea de criar a un hijo, antes debes poder proteger a un animal, o a una planta; pero, para poder hacer esto, primero debes tener la capacidad de cuidar lo más próximo e íntimo que posees: a ti mismo. Confieso algo apenado y temeroso de recibir su desaprobación, que hasta hace muy poco tiempo se secaban las plantas que tenía en mi casa. Hoy ya no sucede… porque no tengo más. Imaginen, queridos lectores, la incertidumbre que me embarga cada día antes de cruzar el umbral de mi aula, antes de emitir la primera frase frente a decenas de oídos que ávidos esperan encontrar sentido en ellas -como yo y cada uno de ustedes también lo hicimos, aunque lo hayamos olvidado-. A pesar de esta gran dificultad, no me paralizo, pues sobre la educación hay mucho que decir (y hacer).

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