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2. La educación más allá de la información: hacia la creación de utopías y de visiones de mundo

Les propongo entonces, reflexionando sobre mi propia experiencia, un punto de partida en torno al significado de “ser maestro”: educar a otros requiere necesariamente ubicarnos dentro del proceso mismo (intersubjetivo) de enseñanza/aprendizaje, pues ambas tareas son las dos caras de una misma realidad dialéctica y bicondicional. Por ello, los maestros no debemos pensarnos como simples facilitadores o agentes externos que desde su sabiduría trascendente le “dictan” al ignorante aprendiz aquellos dogmas sagrados que debe conocer; enseñar no debe confundirse con adoctrinar, actividad que muy probablemente vaya en contra de la auténtica educación. ¿Qué nos queda entonces si nos asumimos como “maestros desarmados”, si rechazamos abiertamente la doctrina? En una dirección muy diferente de aquella que ve en el profesor al policía del saber, los maestros tendrían que bajar al llano para devenir así cómplices e intercesores de los alumnos, orientándose principalmente a generar resonancias e impactos movilizadores para que los aprendices puedan imaginar nuevas posibilidades de vida. Debemos nosotros los maestros, dentro y fuera del aula, valiéndonos de nuestras experiencias, ayudar a crear utopías: representaciones de un futuro anhelado pero inscritas en el presente como detonadores imaginarios del cambio. Es esta nuestra mayor responsabilidad, y de acá que no debamos pensar nunca la educación sin la ética, y sin la política. ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo ayudarlos a “ver” / “imaginar” / “crear” la utopía? Esta es la clave, proponer formas de hacerlo es nuestro mayor reto. Y el más urgente, sobre todo en un país como el nuestro, que pide a gritos una profunda reforma de las subjetividades y de los vínculos que sostienen el tejido social.

Desde esta perspectiva ético-política de la pedagogía, esta parece no identificarse directamente con la facilitación de información por parte del profesor, y con la adquisición de la misma por parte de los alumnos. Pues si fuese así, la relación entre ambos (profesor/alumno) sería meramente accidental, artificial y externa, y pronto el profesor podría ser reemplazado por una máquina o una computadora (¡o por Wikipedia!). De ser así las cosas, no existiría un vínculo espiritual, afectivo y moral entre los agentes de la educación; sin embargo, como bien sabemos quienes estamos insertos en esta grata pero difícil empresa, la auténtica educación pasa por tocar el alma del alumno, no por llenar su cabeza con ideas. Por ello es una tarea tan delicada, donde inclusive se juega la vida del aprendiz. Constatar que muchas veces confundimos “educar” con “informar” es uno de los motivos centrales que me hacen sentir desarmado, pero al mismo tiempo es lo que me brinda las fuerzas para continuar, pues saber que yo en el aula tengo la posibilidad concreta de lograr que algo suceda con mis alumnos en el intercambio (¡una revolución interior!), me llena de esperanzas para imaginar un futuro otro (¡una utopía!). 

Sin embargo, no siempre entendí la educación de esta manera. Cuando empecé a enseñar, como jefe de prácticas de cursos de Filosofía en la Universidad Católica, sin duda sentí temor y nervios, pero me sentía muy confiado de mi saber, del conjunto de conocimientos que poseía y que debía, clase a clase, transmitirles a mis alumnos. Seguridad que había adquirido en la Facultad de Filosofía de dicha universidad, donde desgraciadamente se comprende la educación a partir de la adoración del concepto y la teoría; donde, en contra de lo que estoy proponiéndoles ahora, aprender es saber mucho sobre un tema; donde se sacraliza la interioridad del libro y se aborrece la exterioridad de la experiencia. Por ello, tal vez, los filósofos seamos vistos como individuos desconectados de la realidad; y la filosofía, como una disciplina inútil e impotente. Han pasado varios años desde aquel inicio, y de hecho actualmente, luego de haber obtenido incluso una maestría, sé mucho más de lo que sabía en aquel entonces. No solo porque el tiempo me ha permitido leer más, estudiar, especializarme y compartir con otros profesionales, sino también porque los años me han permitido volver una y otra vez sobre los mismos temas, para repensarlos desde diferentes perspectivas. Y creo que esto es muy valioso. Indudablemente. Sin embargo, en vez de sentirme más confiado, más seguro, más decidido… me ocurre todo lo contrario -y esto a primera vista es claramente paradójico-. Hoy en día tengo más dudas que hace unos años acerca de mi saber, de mis verdades y de la información que poseo; por ello, desconfío más de mi mismo como transmisor de conocimientos, como “maestro”.

Sin embargo, esto no me detiene, pues la pérdida de confianza en mi conocimiento se ha visto suplida por una nueva confianza. Mi seguridad ahora ya no se sostiene, como sucedió inicialmente, en mis “pequeñas verdades enciclopédicas”, inclusive ahora, en algunos momentos de sentimientos extremos, siento que estas son prácticamente irrelevantes. Sé que esta posición es radical, pero expresarla así me sirve para marcar una distancia reflexiva que considero útil al momento de develar los engranajes que mueven, o los hilos que gobiernan, la puesta en escena de nuestra labor como educadores. Entonces, si no es el saber que detento como autoridad el fundamento de mi relación pedagógica, ¿en qué se sostiene? Como sostuve líneas arriba, en mi capacidad de volverme parte de la manada, lobo entre los lobos, cómplice o intercesor, y a partir de ahí, en la posibilidad de compartir con ellos mi “visión de mundo”.

Así, pues, los años que he pasado dentro de las aulas -no solo como profesor, sino también como alumno- me han llevado a pensar, a creer, que lo más importante en esta tarea es transmitirles a quienes comparten con nosotros ese espacio-tiempo complejo, que existen muchísimas, indefinidas, múltiples, maneras de percibir, sentir, pensar y actuar en el mundo; en pocas palabras, que la Vida (y nosotros como parte de ella) es, como propone el existencialismo humanista de Jean Paul Sartre, siempre un proyecto abierto que se caracteriza fundamentalmente por su plasticidad, es decir, por la capacidad que tiene de ser de otra manera. Que la Vida es Libertad. Es a esto a lo que me refiero cuando les digo que la tarea del maestro es compartir su “visión de mundo”. El maestro es por ello un vidente, un brujo. No porque posea una visión más verdadera, correcta, adecuada o debida de la realidad, para nada. Simplemente, porque el tiempo, la experiencia y el intercambio le han permitido desarrollar una sensibilidad que le permite ver el mundo como un signo lleno de significaciones, plegadas, ocultas, encriptadas, que a su vez exigen de nosotros, aprendices o pensadores, que las descifremos, interpretemos, como los egiptólogos frente a sus jeroglíficos. Alcanzar esta videncia, es lo que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche decía que nos transformaría radicalmente, haciendo de nosotros “súper hombres”, individuos con una alto grado de sensibilidad que, habiéndose reapropiado de  su libertad, son capaces de otorgarle sentido y valor a la existencia desde múltiples perspectivas.

Llego en este momento a una segunda parada en mi camino, a una conclusión intermedia. El aula, convertida en un laboratorio de experimentación, debería entenderse entonces más que como un espacio de transmisión de verdades, como un tiempo de liberación de subjetividades, de cuerpos y de mentes. Hacer de nuestros alumnos “súper hombres”, amantes de la pluralidad de visiones, es ayudarlos a desarrollar virtudes fundamentales para sostener una convivencia libertaria en un mundo globalizado, heterogéneo y conflictivo como el que nos ha tocado vivir: tolerancia, reconocimiento y empatía. Solo aquel que acepta que existen otras maneras de comprender, valorar y otorgarle sentido al mundo, además de la propia, puede compartir y abrir su existencia a los otros que no son parte del nos(otros). Además, solo aquel que acepta el perspectivismo es capaz de generar ese espacio (imaginario, pero con efectos reales; presente, pero orientado al futuro) del que les hablaba líneas arriba: la utopía. Compartir nuestra “visión de mundo” no es otra cosa que empujar a los otros a pensar de otra manera, es decir, a realizar su libertad.

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