Etiquetas

, , , ,


3. Necedad y desidia, enemigos de la libertad  

Pero claro, no seamos ingenuos, nada de esto es simple. Es más, lo que he señalado como esencial del quehacer pedagógico generalmente no se da. Dos enemigos aparecen imponentes frente a quienes nos encontramos metidos en esta empresa, ya seamos maestros o alumnos. Dos enemigos que operan socialmente; pero que, sobre todo -y es esto lo que los hace tan poderosos- lo hacen desde lo más íntimo de nuestra propia subjetividad. Me refiero a la necedad y a la desidia, ambas expresiones de modos de vida marcados por un profundo desconocimiento y desvalorización de la singularidad diferencial de los otros. La necedad consiste principalmente en desplegar un pensamiento cerrado o total, esto es, un pensar que asume una única manera de aproximarse al mundo como la idónea. Desde el lenguaje ordinario decimos de estas personas que son “cuadriculadas”. La tendencia hacia la necedad está presente en todas las personas, pues estamos atravesados, consciente o inconscientemente, por un marcado deseo de poder. Todos formamos parte de múltiples micro-fascismos. Y esto lo podemos corroborar en nuestra propia experiencia: un padre autoritario, una madre castrante, un hermano abusivo, una pareja dominante, un amigo manipulador, un jefe prepotente… o incluso en nuestra auto-relación, algunos aspectos de nuestra personalidad buscan imponerse a los demás: por ejemplo, rechazar ciertas tendencias afectivas en pro de una conducta más racional. Todo esto no es sino expresión, como decía el filósofo francés Gilles Deleuze, del pequeño tirano que llevamos dentro. Pero hay más, la tiranía de la necedad aparece bajo dos máscaras perversas que buscan legitimarla: el dogmatismo y el sentido común.

El dogmatismo alude básicamente a un conjunto de verdades que se espera que sean asumidas por el aprendiz simplemente porque así lo sostiene alguna autoridad, ya sea un individuo, una tradición o una institución. En la escuela y en la universidad, pero también fuera de ellas, esta forma de necedad, esta tiranía, es muchas veces abrumadora. Existe determinada verdad o valor que se debe defender y promover porque la Ciencia lo ha determinado, o porque la Iglesia lo postula, o porque tal Autoridad lo sostuvo, o porque en aquel famoso Libro se dice eso. En estos casos, lo que se espera del proceso de enseñanza/aprendizaje, es que el alumno adecue su pensamiento y su conducta a esa verdad o ese valor postulados desde la trascendencia del dogmatismo. Quien lo hace, estará por el buen camino, quien se resiste crecerá torcido.

El sentido común opera con la misma lógica que el dogmatismo, no es nada más que la otra cara de una misma moneda. Su diferencia específica radica en que quien se erige como autoridad para postular y defender una particular manera de ser en el mundo como la ideal, como la que debe seguirse, no es una institución específica (ciencia, religión, sistema educativo, etc.) sino simplemente el erróneamente promovido, a mi juicio, sentido común. ¿Qué es en sentido estricto el sentido común? Es simple y llanamente la opinión de la mayoría, lo políticamente correcto, lo que se asume como dado sin cuestionamiento ni crítica de por medio. En pocas palabras el fácil “así son las cosas”. El sentido común es, desde esta perspectiva, el más poderoso reproductor de prejuicios, clichés, modas y estigmas; y, generalmente, son los medios de comunicación, el marketing y la publicidad, los encargados de normalizarlos al esparcirlos indiscriminadamente por todo el espacio social, formateando con ello las conciencias y los cuerpos del ciudadano que, acríticamente, bebe diariamente altas dosis de estas formas de necedad.

La necedad es, entonces, bajo cualquiera de sus rostros, una forma de reprimir o eliminar las singularidades diferenciales en beneficio de una universalidad homogenizante. Universalidad que, evidentemente, se defiende y justifica no porque sea valiosa o verdadera en sí, sino porque representa los intereses de algún grupo de Poder. Frente a esto, uno de los retos fundamentales a los que nos enfrentamos los educadores -y lo ciudadanos en general- es al creciente aumento de necedad a nuestro alrededor. Por ello, el aula, la relación con cada alumno y la relación con uno mismo, debe ser una trinchera de resistencia frente al dogmatismo y al sentido común. De acá que el acto concreto de enseñar debamos re-pensarlo y re-definirlo como una máquina de guerra para derrocar a los micro (y macro) fascismos que continuamente se levantan sobre (en) nosotros. Debemos, entonces, estar alertas constantemente, sobre todo de nosotros mismos, para no convertirnos, por descuido o delirio, en sacerdotes que dogmatizan en el aula o en marketeros que reproducen clichés al servicio del mercado. Y recordemos siempre nuestra propia historia para tener en cuenta lo difícil que es luchar contra esta tendencia hacia la necedad: ¡cuántas veces, henchidos de poder, no hemos deseado hacer de nuestros alumnos soldaditos de plomo dispuestos a servir a nuestra propia causa!

Por otro lado, el segundo gran enemigo que nos desafía en nuestra tarea de educar (liberar las subjetividades) es la desidia -o lo que me gusta llamar también la “caotización”-. La desidia expresa aquel momento, esa posible condición en la que el sentido de lo que hacemos, pero también de lo que somos, se ha perdido. Por “sentido” se debe entender, básicamente, el “para qué” de algo, es decir, aquello para lo cual está hecho, como decía el viejo Aristóteles, la función específica o la finalidad (de un ser, de una herramienta, de un objeto, etc.). Pero, además, y esto le da un carácter fundamental, la finalidad determina o fija en última instancia la esencia de algo. En pocas palabras, sabemos qué es lo esencial de nuestra profesión solo cuando logramos establecer con claridad cuál es su función o su razón de ser, su “para qué”. En nuestro caso, maestros, la labor que realizamos lleva en sí un sentido vinculado, como sostuve líneas arriba, con la creación de utopías, con el intercambio de visiones de mundo y con la lucha contra la necedad; sentido que se expresa en lo que hacemos pedagógicamente en el aula como formadores, en nuestro impacto ético en la sociedad y en nuestra calidad de funcionarios políticos del futuro. Sin embargo, cuando por diversos motivos como la rutina, el cansancio, el abandono, la pobreza, la falta de recursos, etc., empezamos a dejar de visualizar el “para qué” de nuestra labor, nos convertimos en capitanes incapaces de llevar a buen puerto nuestros barcos, abandonándolos a su suerte, al azar, a la deriva. En estas situaciones, todo pierde sentido, y asistimos a una caotización absoluta de la relación pedagógica. Dentro de la cosmovisión griega, el correcto desempeño de la función específica, la realización de la esencia, no solamente implicaba alcanzar el sentido sino también el orden y la armonía que provenían de este. De acá que sostenga yo que la desidia, entendida como abandono y olvido de la finalidad, no solo sea una pérdida de sentido, sino también una caotización: de nosotros, de nuestra labor, de nuestros alumnos. 

No es poco frecuente hallar en nuestro cotidiano quehacer a este sigiloso enemigo, piensen sino, queridos maestros, en sus propias experiencias: cuántas veces no hemos entrado al aula con la cabeza en otro lado, con problemas personales, molestos, deprimidos, inclusive insatisfechos con nuestros alumnos o con nuestras condiciones laborales, en fin, agotados. La desidia no expresa más que el cese del pensamiento, el grado cero de la complicidad, la ruptura de todo vínculo, la imposibilidad de comunicar e intercambiar, en pocas palabras, la muerte de la creatividad, el olvido de la utopía. Y sin utopía no hay educación… pero tampoco futuro, por lo tanto, tampoco presente. Así, pues, debemos resistir también continuamente al impulso de muerte que se apodera de nosotros a través de la desidia.

Llegando ya al final de mi carta, una pregunta me está rondando insistentemente por la cabeza y seguramente también está inquietándolos a ustedes: ¿cómo lograrlo? ¿Cómo liberar las subjetividades? ¿Cómo derrocar a la necedad y superar la desidia? ¿Cómo hacer de la educación el motor de la creación revolucionaria del futuro? ¿Cómo convertir el aula en un laboratorio de utopías? Lamento confesarlo ahora, cuando ya los he hecho perder mucho tiempo, pero esto no lo sé. Una de las cosas que he aprendido en estos años, también paradójica, es que no existe un método para enseñar ni para aprender. No hay un camino determinado que todos podamos seguir, no hay fórmulas que aplicar, no hay modelos que copiar. El carácter absolutamente singular y diferencial de la naturaleza humana hace prácticamente imposible establecer un método definitivo o unívoco que nos permita a los maestros conducir a los aprendices hacia la libertad, la apertura y el perspectivismo. Métodos para transmitir “pequeñas verdades enciclopédicas”, sin duda los hay. Pero el punto de vista desde el cual he estado aproximándome a la labor pedagógica, como hemos visto, no es este. Métodos para la formación ético-política de los individuos, no hay. No obstante, tal vez se pueda afirmar -para no quedarnos completamente desarmados ahora que llegamos al final de este intercambio y que cada uno debe continuar andando su propio camino- que el ejemplo juega el rol fundamental en la educación, pues quizá sea especularmente que se forma el alma de los seres humanos, y de nuestros alumnos por tanto. Esta constatación nos pone a nosotros educadores una vez más en el centro de la cuestión, cargándonos así con un peso formidable, pero por ello mismo fuente del mayor Sentido y Valor: la responsabilidad del otro, del futuro.

Anuncios