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(Entrevista publicada originalmente en la Revista Asia Sur, Nº 86) 

Me reuní con Sandra y Jean Pierre en su estudio de Chorrillos. El panorama de la Costa Verde que se podía observar desde la calle, justo en ese punto en el que cambiamos el día por la noche, y en el que las luces de la ciudad empiezan a hacer su tarea, me hizo pensar que este era el lugar perfecto para que dos arquitectos fantaseen sobre nuestra Lima. Una prudente distancia los separa de la tumultuosa ciudad. Sin embargo, están ahí, pensándola, mirándola. La apertura del mar es el escape perfecto para la creación.

 

Me advirtieron que andaban muy ocupados, con mucho trabajo, planificando y empujando el proyecto del Lugar de la Memoria. Una vez dentro de su oficina, efectivamente sentí esa vitalidad que emana de quienes están en medio de algo importante. Parecían las 11am de un miércoles. Pero no, era lunes por la noche. Pensé en una entrevista rápida, como quien toma lo necesario sin robarles mucho tiempo. Sin embargo, la conversación fluyó naturalmente e intercambiamos ideas por casi una hora. Y pudo ser más.

 

Jean Pierre y Sandra trabajan juntos hace varios años. Su vida y sus proyectos se desarrollan entre Lima y París. Navegando por su web podemos encontrar sus obras, las que van desde la remodelación del Museo Malraux en Le Havre (Francia) hasta la construcción de viviendas individuales en Pucusana o Cañete, pasando por el Centro Empresarial Gambetta en París o  el Hipódromo de Rambouillet. Ambos estudiaron en la Universidad Ricardo Palma durante los peores años del Conflicto Armado Interno. Luego emigraron a Italia y a Francia respectivamente. Para ellos, la arquitectura está en sí misma ligada a la idea de progreso, por ello -confiesan hacia el final de la entrevista- tener en sus manos el proyecto del Lugar de la Memoria no solo es motivo de orgullo sino de una enorme responsabilidad. Las heridas del Perú son también las suyas. Diseñar para recordar el pasado, reconciliar en el presente y creer en el futuro.

Alejandro: ¿Qué tan importante para la  formación de un arquitecto es viajar fuera del Perú?

Sandra y Jean Pierre: Es esencial. Lo fundamental para el arquitecto es aprender a observar, y esto casi no se enseña en las universidades. Esto se aprende viajando, visitando obras, dibujándolas, fotografiándolas, caminándolas, sintiéndolas. El problema de viajar en el Perú es que hay poca arquitectura moderna, tal vez en América Latina sí, pero acá es difícil porque no hallas esa experiencia que te da el recorrer un proyecto in situ, vivencia que no tiene nada que hacer con ver una revista. Presenciar las piezas arquitectónicas es de por sí una ventaja, sin embargo lo clave es escuchar a estudiantes que piensan, sienten y ven distinto a uno mismo. Al observar a través de los ojos de otros tu mundo se multiplica. Lograr esto en el Perú desgraciadamente es más difícil porque nos falta el medio estudiantil.

A: ¿Qué diferencias tienen como dupla en torno a métodos de trabajo, procesos creativos, visión de la arquitectura?

SyJP: Estamos en la misma vía. Pero aun así cada arquitecto tiene sus obsesiones. Por ello, tenemos un método para evitar que entren en conflicto. Lo que hacemos es empujar la formalización (el dibujo) lo más lejos posible en el proceso de creación. Nos explicamos: el medio de expresión, investigación y análisis de un arquitecto es el dibujo. En este está implícita la forma, no solo el contenido. Y es la forma la que está cargada de obsesiones. Estas son las que uno en su carrera ha ido cultivando: expresan tu manera de ver, sentir y pensar la arquitectura. Lo problemático es que apenas uno hace el análisis de un proyecto ya está inmediatamente formalizando una obsesión, “dibujándola”, lo que mengua el concepto. Para evitar esto, lo que hacemos es conversar mucho para pensar el proyecto, sin dibujarlo. Así, al exteriorizarlo verbalmente establecemos las evidencias, los avances y las direcciones. De esta forma, el proyecto se depura gracias a la mirada crítica de ambos: eliminamos lo que debilita el concepto. Así vamos demarcando la problemática del proyecto hasta un momento donde sería imposible avanzar sin la formalización. En este punto el diseño es casi natural.

A: El crecimiento de Lima me hace pensar en un cáncer muy agresivo: irracional, caótico, destructivo, sin estética ni funcionalidad. ¿Qué impresión tienen de nuestro desarrollo urbano, teniendo en cuenta que transitan de la racionalidad parisina al descontrol limeño?

SyJP: Tenemos una mirada positiva. Si no viésemos siempre y en cualquier lugar la posibilidad de progreso, entonces no seríamos arquitectos. La arquitectura siempre busca optimizar: la calidad de vida, el confort, la convivencia, el bienestar.

Yendo directamente a tu pregunta, Lima es una ciudad que, justamente porque nadie la ha planificado, tiene una fuerza vital enorme, un potencial ilimitado. La generación de Lima como ciudad ha roto todos los esquemas occidentales de planificación, urbanismo, construcción y racionalidad. Por esto decimos que es caótica; sin embargo, tiene orden, un orden subyacente que no entra dentro de los parámetros “normales” de cualquier ciudad. Es esto lo que perturba. En ninguna ciudad se les ocurre urbanizar al revés. Lo normal es diseñar, hacer las redes, construir, instalar los servicios y, finalmente, poblar. Es el mundo formal. Lima ha sido hecha informalmente, crece al revés: primero llega el habitante, luego se construye, se conecta a través de la redes y al final llegan los servicios.

En Lima la planificación no funciona porque la ciudad no se construye con el arquitecto al inicio de la cadena. Pero tampoco aparece al final, que es lo que debería ocurrir como prioridad. Simplemente el arquitecto no está. Este es el gran potencial desperdiciado. En Villa el Salvador, por ejemplo, cada unidad vecinal tiene de todo: compañías de teatro, asociaciones de mujeres, vasos de leche, guarderías, pero todo sin infraestructura, porque ningún político se encarga de conducir lo que hicieron las personas individuales más allá de sus límites de informalidad. Se les necesita organizar. Sin embargo, el estado en vez de asumir que esta es la realidad y tratar de ver cómo mejorarla, se hace el desinteresado y la ignora totalmente.

Así, pues, en una ciudad como la nuestra la planificación en realidad no es lo más importante; lo clave es encauzar ese flujo vital. Para ello hay que entenderla como un tejido que crece solo, y jugar el rol de quien, como un sastre, se dedica a zurcir para darle forma a esa materia bruta. Es imposible determinar a priori por dónde debe ser conducida una ciudad como la nuestra. Pero sí podemos, en cambio, apoyar a la gente a posteriori. No puedes proyectar tal o cual cosa porque ya se construyó todo; la cuestión es ver qué necesitan para que lo que ya tienen hecho funcione mejor.

A: Entonces, ¿por qué en nuestro país no vemos un trabajo directo de los arquitectos para modular ese crecimiento?

SyJP: El arquitecto ofrece un servicio, por lo tanto depende de una demanda. Acá aparece la principal disfunción del ejercicio de nuestra profesión. Un servicio solo funciona si tienes clientes. En nuestro país, el gran ausente es el cliente que, por excelencia, debería ser el estado. La cuestión es simple: el estado es quien debe responder a las carencias, necesidades y problemas de nuestra ciudad. Sin embargo, a diferencia de muchos otros países, acá el estado no entiende para nada el rol de la arquitectura. El gran problema que tiene el Perú en relación a la función social de la arquitectura es la falta de oportunidades para que estos actúen pero, sobre todo, para que reflexionen. El arquitecto, por encima de cualquier otra función, está para reflexionar, para aportar soluciones a los problemas. No obstante, el estado dice “vamos a construir esto o aquello”, pero nunca pregunta qué se necesita o cómo hacerlo. Por ejemplo, en Colombia, que desde hace unos años ha entrado al panorama mundial de la arquitectura, han habido transformaciones enormes. En Medellín barrios enteros tomados por el narcotráfico ahora pueden ser visitados por turistas. A ese nivel la arquitectura ha cambiado la sociedad. Y esto es porque existe una visión política que reconoce la función reflexiva de la arquitectura para optimizar y transformar el tejido urbano.

 

A: ¿Se podría decir que con el proyecto del Lugar de la Memoria se busca poner en práctica esa función reflexiva de la arquitectura?

SyJP: Claro. El nombre del proyecto es clave, porque justamente la idea es que sea más que un museo, que sea un lugar de encuentro y de visión hacia el futuro, de reflexión sobre cómo podemos cohabitar y reconciliarnos. Esta propuesta busca ser integral, incluso más que las de otros países. Su dinámica es buena porque no es un museo aislado y porque recoge la densidad social y cultural de nuestro país. Tenemos varios “museos de la memoria” en provincias que han ido emergiendo autónomamente por la fuerza de la gente, por ello el Lugar de la Memoria quiere formar una red que distribuya y conecte todo los otros centros del país. Es la pieza que falta para que esta gran red de la memoria y de la reconciliación comience a funcionar.

 

A: Finalmente, ¿cómo experimentan ser la cabeza de un proyecto tan importante? ¿Tiene un significado especial?

SyJP: La magnitud del proyecto es muy diferente. Una cosa es tener un cliente particular a tener a todo un país mirándote. Este trabajo lo hacemos para toda una nación, no para el gobierno ni para el estado. Realmente es profundo, la carga afectiva de tu país es enorme y brota de esas ganas de que salga adelante. Además, el proceso ejemplar del concurso es muy importante. Se invitó al mejor jurado posible en el mundo, un dream team de la arquitectura. El mejor arquitecto, el mejor crítico y uno de los mejores historiadores europeos: Rafael Moneo (España), Kenneth Frampton (Gran Bretaña) y Francesco Dal  Co (Italia). Además de los arquitectos peruanos: José García Bryce y Wiley Ludeña. El que nosotros hagamos el proyecto nos hace sentir legitimados, porque ganamos un concurso donde hubo mucha competencia (97 proyectos) y en el que tuvimos un jurado de primerísimo nivel. Esto le da legitimidad al proyecto en sí mismo, a su propio concepto, pero al mismo tiempo nos da una responsabilidad enorme y un orgullo tremendo. La cuestión es ver si al final estaremos a la altura de las expectativas, las nuestras y las del país. Es el proyecto más importante que hemos tenido, no tanto por la talla sino por todo lo que implica.

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