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I. Yo es otro
Para empezar quiero agradecerle a Ani el haberme invitado a esta celebración, y a ustedes por acompañarnos. Ha sido un placer leer su libro y desconectarme gracias a él de esta coyuntura que tan afectados nos ha tenido a todos en las últimas semanas. Ha sido un refugio, una cabaña en medio del bosque agreste en el que se ha convertido nuestra ciudad. No obstante, no he podido pasar por el libro sin experimentar una cuota de dolor, ese temblor que inevitablemente siento cuando, replegado sobre mí mismo, constato que no hay tal cosa como un yo que proteger, sino simplemente puentes que transitar mientras se dibujan y desdibujan continuamente sobre mi abismo interior. Porque el alma no es más que un vacío; y existir, el arte del equilibrio. Por ello, Gilles Deleuze decía, parafraseando a Herman Melville en Moby Dick, que si nos asomamos a las profundidades de nuestra subjetividad -compuesta de infinitas larvas- seguramente retornaremos de ellas con los ojos inyectados de sangre y con los tímpanos reventados. Es este el destino del pensador. Y no cabe duda, como Nietzsche y Heidegger supieron en su momento, que los grandes maestros del pensamiento son los poetas. Y ahí tenemos a Pessoa.

El malestar político experimentado en estos días y el sufrimiento íntimo siempre rehuido son el derecho y el revés de una misma realidad, sus pliegues. Ambos son síntomas de un fenómeno al que el libro de Ani -desde sus primeras páginas- trata de aproximarnos de la mano de la obra poética de Fernando Pessoa. Me refiero a la realidad nombrada en la potente fórmula de Rimbaud “yo es otro”. Esta afirmación constituye el núcleo del libro que nos reúne esta noche, pues expresa de forma mínima la condición paradójica del sujeto, y especialmente del sujeto contemporáneo: no ser igual a sí mismo. Reconocer que esta fractura causada por los otros adheridos al yo está instalada en medio de nosotros mismos, produce inquietud, por no decir miedo. Por ello, nos molesta la convivencia, pues no soportamos la emergencia de diferencias en el mismo espacio social, porque no toleramos la alteridad, porque, en definitiva, no queremos reconocer que esos otros rechazados inevitablemente forman parte de lo que somos. Es muy triste leer los comentarios fascistas de muchos jóvenes a través de las redes sociales, no solo porque agreden a sus conciudadanos, sino, principalmente, porque no se dan cuenta que en realidad a quienes más están violentando es a ellos mismos. No odian a los otros como algo ajeno y extraño; se odian a sí mismos porque saben que esos otros son propios e íntimos.

Así, el dolor experimentado al mirarnos íntimamente es muy grande. Hoy en día casi nadie se detiene a observarse, nadie se toma el tiempo de atravesar sus puentes, de transitar sus umbrales, de desplazarse por sus litorales. Y no lo hacemos pues tememos perdernos en esa subjetividad viscosa, líquida, desfondada, vacía y aterradora que finalmente somos. Preferimos aferrarnos a una “idea del yo” claramente definida, estructurada, socialmente aceptada que nos dé orden, control y seguridad. Para lograrlo, nuestro mecanismo de defensa es la negación omnipotente, narcisista y violenta del otro. Pero sabemos que esto es solo una máscara temporal; sabemos que la alteridad reprimida retornará, como decía Freud, para des-estructurarlo todo. Ahí radica nuestro temor.

Lo que Ani nos muestra a través de su libro es cómo, por el contrario, la aceptación de lo otro como elemento constitutivo de nuestra subjetividad puede ser una forma de sanar aquel dolor que nos ocasiona sabernos escindidos y, gracias a ello, también un sendero de liberación. En el caso de Pessoa, la creación literaria de heterónimos no representaría, entonces, un síntoma patológico (psicótico), sino, por el contrario, el medio hacia, y la expresión de, su cura: una terapia pacientemente autoimpuesta, una iniciativa de salud. En este sentido, multiplicarse, reconocerse plural y aceptarse como tal, no implica perderse; sino, por el contrario, encontrarse. Pero ya no en un punto fijo y estable, en un núcleo sólido y seguro, en un yo; sino en un espacio de transición, en un umbral o intervalo en el que, pliegue a pliegue, se va tejiendo, como hizo Pessoa con sus heterónimos, la propia identidad. Existir es devenir, cartografiar; nunca ser ni imitar.
II. Apreciación general
Quisiera mencionar qué es lo que me ha gustado del libro, no como filósofo, ni como crítico, sino simplemente como lector común y corriente.

Primero: su claridad. El libro de Ani aborda autores bastante complejos -Freud y Winnicot, pero sobre todo Deleuze y Lacan-, pero lo hace de tal forma que el lector, en vez de empantanarse y sentirse rechazado por la dificultad de los conceptos y las teorías, se ve animado, sin darse cuenta, a continuar con la lectura. Es, en este sentido, más un ensayo que un tratado académico. Eso, para mí, es un punto a su favor, pues hace de él un libro “abierto”. Esta apertura, en términos de Deleuze, le permite conectarse, rizomáticamente, con su afuera e impactar, gracias a ello, en lectores que no estén especializados en la rama del saber a la que supuestamente el libro pertenece -psicoanálisis y filosofía-.
Segundo: su sencillez. Aquel carácter abierto hace del libro un texto no pretencioso. Ani ha logrado superar uno de los baches y al mismo tiempo una de las guaridas en que los académicos disfrazan su impotencia: pretender. Me refiero a esa atmosfera de soberbia que muchas veces los intelectuales transmiten al asumir que hablan desde la posición de un saber superior como si fuesen profetas iluminados. A pesar de que su contenido es muy intenso, el libro de Ani se despliega con serenidad. 

Tercero: su honestidad. A lo largo del libro lo intuí, y lo pude comprobar en sus últimas páginas. Existen filósofos y profesores de filosofía. La diferencia entre ambos es que en los primeros podemos hallar una base fisiológica para sus ideas, una conexión profunda entre lo que se piensa y lo que se es; en definitiva: unidad entre pensamiento y vida. En los segundos, en cambio, la filosofía se convierte en un simple trabajo intelectual, abstracto, desconectado de la propia subjetividad. Escribir, para el filósofo, sería escribirse, es decir, constituiría un esfuerzo por explicarse, justificarse, conocerse, sentirse, vivirse. Me parece que el libro de Ani se alinea más en este grupo, pues en cada página se constata la voz de la autora hablándonos. Hay una firma en él, una singularidad manifestándose, no un simple desarrollo argumentativo. Los dibujos o diagramas que ella misma realiza lo confirman.

Cuarto: que aborda una sola idea. Heidegger dice que lo grave de nuestra época, que ya de por sí es grave, es que todavía no pensamos. Esto quiere decir que no somos capaces de generar auténticas ideas. Y por “auténticas” no se refiere a “verdaderas” sino a ideas singulares. Tener al menos una idea es ya un mérito. Y desarrollarla bien, un mérito más grande. Este libro no se sobreexcita tratando de delirar con múltiples ideas; más bien, sobriamente, va, poco a poco, desarrollando, como un pliegue que se desenvuelve bajo la forma del espiral, una única idea, a saber: “yo es otro(s)”. Según esta afirmación el sujeto no se identificaría con el yo -como pensaba Descartes- y, por tanto, existiría una dimensión de la subjetividad que es ajena al yo. Se instala, entonces, una fisura, un vacío dice repetidas veces Ani, en torno al que la subjetividad tiene que irse constituyendo. Esto hace del ser humano un ser constitucionalmente escindido, quebrado; un ser en el que lo otro y la diferencia acompañan en un juego infinito de espejos y tensiones a lo mismo y a lo idéntico.

Ani rastrea esta idea en dos momentos. En primer lugar -en lo que vendría a ser el marco teórico del libro- se detiene en Freud, Lacan, Winnicot y Deleuze. Luego -en la segunda parte del texto- Ani se concentra en la obra de Pessoa. A pesar de esta aparente estructura dicotómica, el libro, en realidad, está formado como un gran pliegue que en su máximo punto de condensación nos dice “yo es otro” y que, en sus casi 300 páginas, pasa por diferentes fases de despliegue que no son otra cosa que movimientos de explicación. Por ejemplo, en Freud, el “yo es otro” se despliega a partir de la teorización de las dos tópicas y de la escisión del yo (Spaltung); en Lacan, lo hace a partir del vacío constitucional del sujeto en tanto está atravesado por el lenguaje y a partir del Nudo que anuda lo imaginario, lo simbólico y lo real; en Winnicot, a partir de la idea de que el sujeto se individualiza en un intervalo que le permite desligarse de la unidad materna, y que el psicoanalista inglés llama Espacio Potencial; y en Deleuze a partir de la constatación de que el sujeto es una multiplicidad rizomática, un Pliegue.

Y así, a través de estos cómplices, llegamos a  Pessoa. En la obra poética del portugués -específicamente en la creación de sus heterónimos y en la constitución de sí mismo como un Poetodrama-, Ani encuentra los elementos necesarios para trazar un concepto de sujeto que le permita pensar las relaciones entre lo uno y lo múltiple, entre lo mismo y lo otro, entre la identidad y la diferencia. Finalmente, gracias a Pessoa, Ani puede decir, al terminar el libro (casi) lo mismo que decía al inicio apoyándose en la fórmula de Rimbaud: “yo es otro”. Y digo “casi” porque Ani sutilmente añade la “s” al final de “otro” para remarcar el carácter plural del yo, es decir, para remarcar su inherente multiplicidad. Algo aparentemente tan insignificante, cobra una gran relevancia pues no surge de un arbitrario antojo, sino de un recorrido conceptual que, como decía, se inició con la Escisión del yo en Freud y terminó con la Obra Heterónima de Pessoa. De esta forma, el despliegue del “yo es otro” a lo largo del libro, se detiene en el “yo es otros”, fórmula que propone Ani para expresar su noción de la subjetividad como Pliegue o, mejor, como Estrella.

III. Escribir en pliegues
Ani ha hecho en su libro algo muy parecido a lo que Pessoa hizo en su obra poética. Originalmente Pessoa tuvo la pretensión de crear un poema universal, un drama total,  un Poemodrama titulado Fausto. Sin embargo, este proyecto nunca fue concluido, pues se le presentó a Pessoa como una tarea inabarcable. Frente a esta imposibilidad, para poder expresar todo lo que quería en aquel poema total, para poder llevar a cabo su tarea en una solo vida, para que el tiempo le fuese suficiente, Pessoa tuvo que multiplicarse a sí mismo produciendo con ello diferentes visiones de mundo al mismo tiempo. Esto le permitiría expresar lo que en el Fausto había quedado pendiente. De esta forma, transitando del Poemodrama al Poetodrama, Pessoa lograría vivir varias vidas al mismo tiempo. En el Poetodrama, entonces, asistimos a la constitución y expresión de un escenario y de un drama interior; a la formación de un teatro que representa los paisajes del alma del poeta a partir de los que se creará su obra. Es así que Pessoa le da nacimiento a sus famosos heterónimos; a sus otros yos, a sus otras voces, las que le permiten decir cosas que antes no hubiera podido por estar sometido a la tiranía de su yo dominante. Pessoa se multiplica para liberarse.

Ahora bien, ¿por qué digo que Ani ha hecho algo muy similar a lo que hizo Pessoa? Porque ella también tiene algo que expresar que no puede manifestar por sí misma. Para lograrlo recurre a los autores que aborda a lo largo del libro. Pues, ¿cuál es el lugar que ocupan Freud, Lacan, Winnicot, Deleuze e, incluso, el mismo Pessoa? ¿Qué busca en ellos? No verdades, evidentemente. Ani no concibe el libro, según me parece, como receptáculo de verdades o como representación del mundo. El libro, el suyo, funciona más bien como un collage, como una caja de herramientas, donde los autores y los conceptos son útiles para hacer cosas, para pensar. ¿Son ellos entonces heterónimos, son sus heterónimos? No precisamente, pues no surgen de la multiplicación de su yo. Más bien, los cinco autores trabajados le sirven a Ani como intercesores. Esta es una bella noción inventada por Deleuze. Los intercesores son medios de expresión. Funcionan como detonadores del pensamiento creativo. El intercesor, en palabras de Deleuze, es alguien (o algo) con quien entramos en relación para, gracias a esta conjunción, lograr expresarnos poniendo entre paréntesis a nuestro yo. Finge ser él quien se expresa cuando, en realidad, somos nosotros los que hablamos a través de él: nuestro rostro se confunde con el suyo. Es quien nos permite, por tanto, liberar las fuerzas impersonales que nos conforman, esto es, las singularidades que nos pueblan pero que normalmente son desplazadas de la representación consciente que tenemos de nosotros mismos, es decir, reprimidas. Así, pues, los intercesores son otros, pero que, al entrar en una red de relaciones con nosotros, terminando formando parte de lo que somos. Freud, Lacan, Winicott, Deleuze y Pessoa son esas voces que Ani ha necesitado y que ha hecho suyas para poder escribir sobre eso que ella misma nos dice, hacia el final del libro, que siempre la empujó a pensar: el sujeto. Ani se pluraliza, entonces, gracias a ellos.

Por ello, Deleuze asegura que es fundamental para el trabajo de la escritura y del pensador (incluso para vivir simplemente) encontrar a nuestros intercesores. Pueden ser reales o ficticios, estar vivos o muertos, ser humanos o no… en fin, un intercesor puede ser cualquier cosa. Lo clave es que nos permiten dejar de lado el discurso colonizador, en primera persona, mayoritario y oficial; liberando al mismo tiempo el discurso impersonal, minoritario y subversivo. Nos ofrecen, entonces, la posibilidad de encontrar vías de escape o líneas de fuga para poder huir de toda forma de control y para crear, al mismo tiempo nuevas conexiones, agenciamientos antes inimaginables, logrado con ello pensar lo impensado, decir lo indecible y vivir lo invivible.

Pero, entonces, ¿no son acaso los heterónimos y los intercesores lo mismo? Son pliegues diferentes de una misma realidad: la subjetividad. Podríamos decir que los heterónimos de Pessoa -Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos- son puntos singulares que en sus relaciones forman la multiplicidad, la Estrella dice Ani, que constituye la subjetividad de “Fernando Pessoa”. Estos, para poder ser expresados, visibilizados, tuvieron que ascender a la superficie de lo real convirtiéndose en autores imaginarios: en sus otros nombres. Es el yo multiplicado desde adentro. En el caso de Ani, me atrevo a sostener que Freud, Lacan, Winnicot, Deleuze y Pessoa son otros ahí afuera que sintonizan con el sujeto “Ani Bustamente”, pero que lo hacen precisamente, porque le permiten expresar singularidades antes inexpresables. Diría, entonces, que Ani se conecta con ellos, hace agenciamiento, para poder abrir su subjetividad, gracias a ellos, con ellos, a través de ellos. En ese movimiento, observamos un despliegue de la subjetividad de la autora que abraza a sus referentes para luego, en un movimiento de repliegue, hacerlos suyos. Es el yo multiplicado desde afuera.

IV. La creación filosófica
En ¿Qué es la filosofía?, uno de los últimos libros publicados por Deleuze, este sostiene que la invención de una filosofía es algo claramente definido y que pasa por alcanzar tres elementos: 1. La creación conceptual (Pliegue); 2. La instauración de un plano de inmanencia (una nueva orientación del pensamiento: Topológica del Sujeto); y 3. La población de este con personajes conceptuales (Freud, Lacan, Winnicot, Deleuze y Pessoa). Para Deleuze y Guattari el objetivo de crear una filosofía es uno: dominar el caos, ponerle un poco de orden, crear un caosmos. Ani, en Los pliegues del sujeto, realiza un buen ejercicio filosófico, pues busca ofrecernos herramientas útiles para pensar el caos de la experiencia del sujeto que se desborda, es decir, del sujeto contemporáneo, como ella misma señala hacia el final del libro. La aproximación que nos ofrece el libro al fenómeno antes mencionado es necesaria, pues nos permite comprender la experiencia de la despersonalización -tan frecuente hoy en día-, fuera del marco de la patología, de la enfermedad; ligándola más bien a la creación y a la liberación del individuo. Así, propone una filosofía del sujeto que nos permite pensarlo de una forma diferente a la que estamos acostumbrados. Es, por ello, pura filosofía: reconfigura y reordena lo real para permitirnos ver, pensar, sentir, de una manera diferente. Prolonga así nuestras posibilidades de existencia.

V. La política del sujeto
Finalmente, aunque no sea explícito, estamos frente a un libro de ética y política. Lo importante de una obra no es lo que dice en la superficie de su discurso, sino lo que ella implica, es decir, lo que pliega sobre sí, su espíritu. Este libro propone una ética de la diferencia, de la apertura, de la tolerancia incluso. El sujeto como Pliegue, el paganismo de Pessoa y sus heterónimos son muestra de que es posible convivir con lo heterogéneo en un mismo plano de existencia. Y no solo posible, también deseable. Es política, además, pues nos invita a abrirnos al otro, ya sea próximo o lejano, pues al final no se diferencian. Esto es clave para pensarnos como colectivo, después de observar cómo se han destruido, simbólica y realmente, los lazos sociales en estas elecciones a partir de la instauración de un odio tribal hacia el otro. Solo aceptando a todos los otros (internos y externos) es posible aceptarnos a nosotros mismos.

VI. Pliegue
El libro ha sido un refugio, una cabaña en medio del bosque agreste en el que se ha convertido nuestra ciudad. No obstante, no he podido pasar por el libro sin experimentar una cuota de dolor, ese temblor que inevitablemente siento cuando, replegado sobre mí mismo, constato que no hay tal cosa como un yo que proteger, sino simplemente puentes que transitar mientras se dibujan y desdibujan continuamente sobre mi abismo interior. Porque el alma no es más que un vacío; y existir, el arte del equilibrio

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