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“Suponiendo que nosotros queramos la verdad: ¿por qué no, más bien, la no-verdad? ¿Y la incertidumbre? ¿Y aun la ignorancia? – El problema del valor de la verdad se plantó delante de nosotros, – ¿o fuimos nosotros quienes nos plantamos delante del problema? ¿Quién de nosotros es aquí Edipo? ¿Quién Esfinge? Es este, a lo que parece, un lugar donde se dan cita preguntas y signos de interrogación. – ¿Y se diría que a nosotros quiere parecernos, en última instancia, que el problema no ha sido planteado nunca hasta ahora, – que ha sido visto, afrontado, osado por vez primera por nosotros? Pues en él hay un riesgo, y acaso no exista ninguno mayor”[1].

 

1.

La serie fotográfica que presentamos como trabajo final busca ser una reflexión sobre la verdad. Actualmente, dada la proliferación de información e imágenes, se hace cada vez más difícil discernir entre los discursos verdaderos y aquellos que solo simulan serlo. Incluso, el pensamiento contemporáneo ha sostenido la tesis de que la verdad es simplemente una ficción que se ha impuesto sobre las demás. En este contexto de confusión y ambigüedad, ¿tienen sentido ciertas posiciones posmodernas que, de la mano de autores como Nietzsche y Lyotard, tratan de eliminar la verdad de nuestro vocabulario? Y si existiese tal verdad, por el contrario, ¿cómo determinarla? Para abordar esta espinosa problemática, tal vez deberíamos empezar por preguntarnos qué es la verdad, pues es cierto que usamos este concepto indiscriminadamente pero rara vez nos detenemos a pensar en su significado.

 

2.

El título del presente trabajo fotográfico es “aletheia” justamente porque busca poner en cuestión el significado de la verdad que hemos heredado de la cultura griega. “Alétheia” es el término que utilizaban en la Grecia Antigua cuando se referían justamente a la verdad; sin embargo, en sentido estricto, “aletheia” significa más bien “des-velamiento”. Esto quiere decir que lo verdadero, sea en el ámbito que sea, siempre se presenta ante el ser humano escondido, oculto, clandestino, velado. La tarea del hombre será, por tanto, buscar, indagar o escarbar para, poco a poco, ir des-velando aquella verdad que en primera instancia se le escapa por hallarse en estado latente. Esta tensión entre lo velado y lo des-velado -y acá la relación con la fotografía empieza a ser explícita- ha sido representada metafóricamente como una lucha entre la luz y la sombra. La sombra oculta; la luz, des-oculta. La sombra nos conduce al error y a la falsedad, incluso al mal; la luz, por el contrario, a lo correcto y a la verdad, incluso al bien. Si la realidad y la verdad están normalmente veladas u ocultas, esto quiere decir que se encuentran sumidas en la oscuridad, en las sombras. Es aquí que el trabajo de la mente humana -de los ojos dice Platón en la famosa “Alegoría de la caverna” en La república-, simulando en algún sentido al de una cámara fotográfica, sería “dibujar con luz” sobre las sombras, alumbrando así las formas, claras y distintas, es decir, las verdades. En este sentido, el ideal griego es eliminar completamente las sombras que nos obnubilan y nos impiden aprehender la realidad en todo su esplendor. La iluminación absoluta es la verdad total (en este punto el ideal griego de verdad tendría su correlato en la fotografía desarrollada por la Nueva Objetividad).

 

3.

La presente serie fotográfica al poner en discusión el problema de la verdad, entendida específicamente como des-ocultamiento (esto es, como desaparición de la sombra en favor del dominio de la luz) no persigue adherirse simplemente al ideal griego  (apolíneo[2]) de claridad absoluta. El surgimiento de la imagen fotográfica a mediados del siglo XIX -nacimiento que coincide con el ocaso de los ideales de la Modernidad (progreso) y con el advenimiento del pensamiento nietzscheano-, nos permite volver sobre este presupuesto filosófico -básico en la cultura occidental- para cuestionarlo. Pues, ¿es posible una claridad absoluta, un des-ocultamiento total o una verdad innegable? ¿No es acaso inherente a la naturaleza humana -y a la realidad misma- velar a la par que desvelar?

 

4.

Para re-pensar esta problemática, en esta serie tomamos el movimiento genético de la imagen fotográfica como modelo de la constitución de la realidad. Así, la pregunta “¿cómo se crea la imagen fotográfica?” nos servirá como guía al momento de preguntarnos cómo se forma la realidad y sus verdades. La imagen fotográfica existe gracias a las relaciones entre la luz y la sombra; pues el dominio de una u otra haría desaparecer a la imagen: si la sombra se impone, el negro sería absoluto, y si la luz lo hace el blanco se apoderaría del todo. La imagen fotográfica está formada, entonces, por un co-gobierno entre las fuerzas de la luz y las de las sombras. Con la serie “alétheia” queremos transmitir, por tanto, que la realidad misma es un equilibrio de luces y de sombras, una armónica lucha de opuestos como decía el viejo filósofo Heráclito (a veces día… a veces noche…), en la que ninguno de los elementos contrarios debe imponerse al otro: la verdad sería, en consecuencia, el contorno de las formas que se producen entre las luces y las sombras. La realidad y la verdad son, por tanto, el contraste creado. Esto significa, en última instancia, que no existe tal cosa como una verdad predeterminada que des-velar (una realidad ya dada) como se ha sostenido desde los griegos hasta fines de la Modernidad occidental sino, por el contrario, que la verdad es un producto humano que debe ser creado (una realidad constantemente construida), como afirmó Nietzsche y como se viene sosteniendo a lo largo del siglo XX.

 

5.

Si líneas arriba asociábamos tímidamente el ideal griego de claridad total con la Nueva Objetividad, vale la pena mencionar ahora que la propuesta de la presente serie fotográfica se inscribe, desde el punto de vista de la estética fotográfica, en lo que, durante los años 80’s principalmente, el crítico francés Jean-Claude Lemagny[3] llamó la “photographie créatrice”[4]. Aquel buscó recuperar el carácter “artístico” de la fotografía, al preocuparse por distinguirla de la “fotografía práctica”. Esta última, según él, ha dominado la idea que tenemos de la fotografía a lo largo del siglo XX y se ha caracterizado por concebir a la imagen fotográfica como la representación fiel de la realidad externa (tendencia en la que, justamente, la Nueva Objetividad es paradigmática). La fotografía como representación, por tanto, ha estado dominada, a su vez, por el ideal de verdad racional del que hemos hablado anteriormente: debe obedecer a las leyes objetivas de la perspectiva, de la geometría, de la óptica. Para esta tendencia, la fotografía es un “arte pobre, sin cualidad”, pero que, paradójicamente, tomaría su fuerza y utilidad de esta pobreza: nada interfiere con su poder aséptico para representar una realidad dada objetiva y previamente.

 

6.

En las antípodas de esta posición que busca someter la fotografía a las garras de la representación y el referente (en la que hallamos textos famosos como La cámara lúcida de Roland Barthes), Lemagny, analizando la obra de fotógrafos como William Klein y Bernard Plossu, sostiene que la imagen fotográfica debe recuperar el cuerpo y la materia perdidos al haberse plegado demasiado hacia el ideal de objetividad. Para realizar dicha recuperación, será necesario desarrollar una estética fotográfica centrada en las sombras. Estas, para Lemagny, constituyen un medio poético por excelencia, ya que expresan una forma de extensión onírica que hace posible el pasaje de la representación a la creación. Además, mientras que la perspectiva se limitaría a describir el espacio fotográfico, la sombra, en una dirección más profunda, le ofrecería un alma. En este sentido, sobre la propuesta de Lemagny, en La photographie André Rouillé sostiene que se trata, en pocas palabras, de mover nuestra idea de la fotografía de la luz hacia la sombra, de la transparencia a la opacidad, de la nitidez de las líneas geométricas a lo borroso de parajes espectrales, del dominio del ojo a la sensualidad táctil de la materia, de las descripciones racionales a las creaciones de la imaginación. En pocas palabras: la Fotografía Creadora nos hace girar del ideal de verdad al de la fantasía (de la ciencia al arte). Así, pues, oponiéndose a las tendencias racionalistas inspiradas en el ideal griego de verdad como des-velamiento absoluto, para Lemagny el cuerpo de la fotografía está constituido siempre por los valores de sus sombras, por Dionisos[5]. Incluso, jugando con posiciones metafísicas, afirma que la realidad última (¿la esencia?) de una foto reside en la cualidad táctil de su materia-sombra. Y lo táctil en fotografía significaría, siguiendo los análisis de Maurice Merleau-Ponty en El ojo y el espíritu, un “tocar a distancia” con la vista.

7.

En síntesis, esta serie busca proponer una reflexión sobre la verdad como des-velamiento, sí, pero como un des-ocultamiento infinito en el que cada movimiento de creación de un nueva verdad es, al mismo tiempo, la instalación de un conjunto de sombras en otro lugar. Es en este pliegue sombra/luz/sombra en el que se sitúa el hombre.


[1] Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §1.

[2] Apolo fue en Grecia el dios de la racionalidad, la luz, las formas geométricas, la mesura, la claridad, en fin, de la verdad.

[3] Encargado de fotografía de la Biblioteca Nacional de París por más de 25 años (entre 1975 y fines de 1990).

[4] El libro de Lemagny que reúne diferentes artículos suyos sobre la teoría, la técnica y la práctica fotográficas se titula La sombra y el tiempo.

[5] Este es el dios de la embriaguez, de la orgía, de la desmesura, del cuerpo y el placer, de las sombras. Clásicamente opuesto a Apolo. Nietzsche hace los contrapone magistralmente en El nacimiento de la tragedia.

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