Etiquetas

, , ,


1.

Tradicionalmente el primer plano fotográfico, el retrato, se ha identificado con el rostro humano. Incluso, cuando se piensa en un close up –encuadre aún más cerrado–, este hace alusión casi inevitablemente a un fragmento del rostro: los ojos, la nariz y la boca, etc. Si bien es técnicamente posible –y de hecho se hace– realizar un retrato que no tenga como objeto de representación el rostro humano, esto no es lo más común. Es más, hablar de “retrato” nos remite, casi por definición, al rostro. ¿Por qué esta síntesis necesaria? La respuesta parece, a primera vista, obvia: retratamos los rostros pues estos son, casi absolutamente, los fragmentos de la realidad que reúnen sobre sí una mayor potencia expresiva. El rostro es la superficie material, pública e intersubjetiva, en la que compartimos, exteriorizamos o revelamos un supuesto mundo interior. En los micro-movimientos que le dan vida observamos la expresión minimalista (aunque a veces brutal) de las convulsiones del alma. El rostro es, entonces, esa frontera o umbral que existe a medio camino entre  los pliegues más íntimos de nuestra subjetividad y el mundo exterior poblado por otros (rostros). Es, por ello, mágico: convierte la intensidad afectiva que recorre nuestro cuerpo (eso que algunos han convenido en llamar alma) en jeroglíficos descifrables conformados por las líneas de expresión, los gestos y el ritmo de nuestra materia.

Silla - Alejandro León Cannock

2.

El rostro es, entonces, un daimon, esa figura que según los griegos interconectaba el mundo humano con aquel de los dioses. Es un daimon, pues comunica dos regiones del ser diferentes: por un lado, la de los cuerpos y las cosas; por el otro, la de las intensidades y los acontecimientos. Por ello, cuando los seres humanos buscamos acercarnos a, o incluso penetrar en, los secretos profundos de nuestra existencia, elegimos contemplar los rostros: atormentados, delirados, enajenados, jubilosos, extáticos, aterrorizados, excitados, impávidos, alegres, tristes, depresivos, cínicos, maníacos, descreídos, bestiales, soñadores… la lista es virtualmente interminable si asumimos que el rostro es capaz de configurar una expresión particular para cada uno de los posibles estados del alma, es decir, para cada nivel de intensidad afectiva que recorre el cuerpo.

 

Dado este carácter comunicativo, el rostro funciona también como un signo. O como un lenguaje. Cada gesto, cada mueca, cada torsión, por más mínima que sea, es un intento, consciente o inconsciente, voluntario o involuntario, de decir algo (incluso la ausencia de receptor no invalida el carácter lingüístico de rostro, pues este sabe hacer muy buenos monólogos). Pero este es un lenguaje muy especial, pues no se vale de la palabra -oral o escrita-, por lo cual no pertenece al orden simbólico de la representación. Si re-actualizamos una teoría de las facultades humanas al estilo kantiano, habría que decir que los signos que emite un rostro no se comprenden mediante el entendimiento; sino, más bien, que se experimentan a través de la sensibilidad. “Comprendemos” la expresión de un rostro –no su significado, sí su sentido– gracias a la imaginación (facultad hermana de la sensibilidad), pues esta facultad nos permite ponernos en el lugar del otro y experimentar las intensidades afectivas, las fuerzas, que recorren su cuerpo y que han producido la expresión en su rostro. La empatía es la clave en este lenguaje, y hacerse, gracias a ella, sensible a los signos del mundo (de los rostros) es el camino para pensar y compartir con la alteridad.

 

El retrato fotográfico es, tal vez, el intento más poderoso realizado por el ser humano –por su tecnología y por su arte– de captar e inmortalizar los signos constituidos por las expresiones de los rostros. El retrato fotográfico es como la palabra escrita, como un libro abierto: congela lo que en lo real existe en estado perpetuamente fluido, efímero. Un buen retrato nos permite –si hemos aprendido a leerlo, es decir, a afectarnos con él– adentrarnos en las profundidades de los pliegues del alma del retratado. Por ello, quien sabe ocultar o manejar a su antojo los signos que emite su rostro, será el maestro del arte de la mentira o, mejor, de la fabulación.

Poste - Alejandro León Cannock

3.

Se suele decir que solo los seres humanos tienen rostro. Algunos animales llegan a tener cara y las plantas –junto con los seres “inferiores”– ni siquiera alcanzan ese pequeño privilegio. Existe una clara línea demarcatoria entre lo humano y lo no humano, trazo que no lleva otro nombre que el que nos ocupa: rostro. O alma. La tradición occidental de la que somos en alguna medida herederos –la griega y la cristiana– se ha afanado intensamente en marcar aquella frontera: la diferencia específica que singulariza al ser humano es, dicen unos, su racionalidad; otros, afirman que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Sea la razón o el espíritu, tenemos algo que los demás entes que pueblan este planeta no tienen, y eso es justamente lo que nos otorga una cualidad superior, una naturaleza sublime. La parte material, externa y superficial que se compone con esa sustancia divina que nos gobierna –espíritu o razón– no es otra que el rostro. De acá, como decíamos, que solo los seres humanos posean rostro, y que sean los “únicos” seres capaces de expresarse a través de un lenguaje, simbólico o intensivo.

De esta forma, asumiendo esta postura como una verdad irrecusable, hemos expropiado todos los poderes expresivos imaginables. No existe primer plano de un vaso, de una araña, de un pie, de un lápiz, de un poste, de una flor, de una roca… Y si existen, porque de hecho los hay, son más bien concebidos como “fotografías de detalle”, imágenes que buscan aprehender las particularidades de la forma exterior de un objeto: características, superficies, formas, texturas, etc. En todos los casos sobrevolamos el objeto en su exterioridad, pues no concebimos la posibilidad de que en él existan signos conformados por micro-movimientos producidos por intensidades que provengan del “fondo” de la entidad en cuestión. Esto parece evidente pues si estas entidades –silla o roca– no poseen interioridad –alma o razón–, ¿qué cosa podrían expresar? Aparentemente nada más que la fría y explícita objetividad de su superficie. En otras palabras: no habría nada que expresar, solo una superficie que registrar o representar.

 

Sin embargo, si dejamos de lado la creencia metafísica (filosófico-cristiana) en la naturaleza humana como algo cualitativamente diferente a los demás seres, es decir, si dejamos de creer que es algo así como un alma o una razón interiores lo que se expresa en el rostro, entonces podríamos pensar en hacer de la expresión una posibilidad universal. Si asumimos una visión enteramente materialista de la existencia, entonces podríamos decir que esas intensidades afectivas que recorren el cuerpo humano y que se expresan en su rostro, también recorren el cuerpo de un perro, de una roca, de un árbol o de una mesa; en fin, que recorren el cuerpo entero de la naturaleza. Desde esta perspectiva, la diferencia entre lo humano y lo no humano sería más bien una diferencia de grado y no de naturaleza. Esto quiere decir que si captamos con más facilidad las intensidades afectivas expresadas en los rostros humanos esto es simplemente porque este es, para nosotros, más sensible y porque conocemos su dialecto, que es el nuestro; pero no porque sea ontológicamente distinto, superior o más expresivo en sí. Por ello, un perro o un orangután muestran esbozos de rostridad, pues en ellos las expresiones nos son más asequibles, son más comprensibles para nosotros los humanos. Pero una cucaracha o una cadena parecen no tener expresión alguna, carecer de rostro. Sin embargo, esto no significa que no estén plenamente recorridas por intensidades o que no emitan signos, sino simplemente que nosotros no sabemos descifrar aquellos signos que conforman su rostridad y que le dan sentido y coherencia a su mundo, el cual, evidentemente, no es el nuestro, pero que es tan real y noble como el nuestro. Habría que preguntarle a un ebanista –experto en madera– o a alguien que ha dedicado toda su vida a estudiar el mundo de las arañas, si estas no tienen expresiones, si no emiten signos que “hablan” y dan cuenta de su situación afectiva, de su modo de ser en el mundo. Son iguales a nosotros, solo que hablan otro dialecto. Sus jeroglíficos son otros, viven otro mundo.

Así, pues, si la naturaleza en su conjunto es expresiva, esto quiere decir que cualquier ente que forma parte de ella puede ser tratado como un rostro. Percibir, ver, tratar, algo como un rostro sería aprender a captar sus líneas de expresión, sus signos, sus gestos, su lenguaje. De esta forma, al quitarle al rostro humano sus privilegios, asistimos a una “rostrificación del mundo”, proceso que arroja, en principio dos consecuencias fundamentales desde una perspectiva ético-política: por un lado, rostrificar al mundo nos llevaría a la recuperación del carácter vital de la naturaleza; y, por otro lado, esta misma rostrificación permitiría la liberación de la tiranía antropomórfica que hace del ser humano el amo y señor de la naturaleza.

Anuncios