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Escalera - Alejandro León Cannock

En este post -que será presentando en partes- intento reflexionar sobre mi visión de la filosofía como modo de vida; y, además, sobre cómo la fotografía, disciplina aparentemente alejada de la filosofía, se ha convertido para mí en un ejercicio filosófico vital.

I.

La filosofía siempre me ha parecido -aunque no fuese muy consciente de ello- más una forma de vida que un conjunto de teorías. Ahora lo veo con mayor claridad. Por eso, nunca me sentí muy cómodo ni estuve de acuerdo con aquellos que la acusaban de ser demasiado abstracta y estar desvinculada de la realidad. No obstante, yo mismo muchas veces la califiqué de esa manera. Por estos días estoy más convencido: dedicarme a la filosofía ha sido, para mí, tal vez la manera más eficaz de estar inmerso en los asuntos más urgentes de nuestra existencia. Pero, claro, por “urgentes” no aludo a las cuestiones que interpelan nuestra existencia parcial en tanto individuos que reproducen y sostienen nuestro sistema capitalista (a saber, producir y consumir, básicamente) sino, más bien, a aquellas que nos convocan en tanto seres humanos totales, otorgándole coherencia a nuestro ser en el mundo (es decir, el sentido, el valor, la angustia, la ética, la muerte, el placer y un extenso etcétera). Sé que estos últimos asuntos “urgentes” no aparecen, normalmente, como tales; podría decirse, incluso,  que para el común denominador de las personas son totalmente accesorios y, por tanto, prescindibles en grado sumo. ¿Por qué? Simplemente porque no producen. Y no solo eso, ocuparse de ellos podría ser visto como algo muy negativo, pues constituyen la instancia anti-productiva por excelencia: no generan riqueza; por el contrario, cuestionan el capital, porque ocuparse de ellos exige un manejo del tiempo contrario (enemigo) al de la producción: lento, pausado, meditado, profundo. Por ello, la otra riqueza, la interior, no es muy interesante y, si de alguna manera nos puede interesar, es solamente porque eventualmente puede ayudarnos a producir más de la riqueza-capital. Para comprobarlo solo basta revisar algunos libros, como, por ejemplo, “La alta rentabilidad de la felicidad” (¿rentabilidad de la felicidad?). No obstante, aunque no lo veamos así (¿no queramos verlo? ¿Nos impiden verlo?, ¿quiénes?), estos asuntos acontecen continuamente en nuestra vida diaria. En lo más íntimo y en lo más público, en lo grandioso y en lo insignificante, pues, como dice Guy Debord pervirtiendo a Protágoras, la vida cotidiana constituye la medida de todas las cosas. En ella amamos, producimos, gozamos, lloramos, ayudamos, dañamos, creemos, odiamos, luchamos, reímos, olvidamos, recordamos, deseamos… y morimos. Estas son, me parece, las cuestiones urgentes que la filosofía nos enseña a considerar; de acá, como decía, su carácter evidentemente concreto. Si alguien me preguntara -cínica o ingenuamente- para qué sirve la filosofía, solo podría responder: para pensar el sentido de nuestra existencia (y añadiría, tal vez con Hegel: y de sus múltiples determinaciones). ¿Puede haber algo más concreto?

Como decía, siempre intuí que la filosofía era una forma de vida, pero no ha sido sino recién en los últimos meses que he comenzado a investigar a quienes, en la tradición occidental, me parece que han desplegado algo así como una existencia filosófica. Y, aunque parezca paradójico, no son precisamente filósofos. Pero, ¿qué significa exactamente llevar una existencia filosófica? La respuesta a esta pregunta no es fácil, mucho menos unívoca. Puedo, por el momento, adelantar que, desde mi perspectiva, una vida filosófica implica una toma de conciencia profunda de la singularidad de nuestra existencia y, junto con ello, la decisión de hacer de esa existencia, en tanto finita y sin sentido, pero libre, una obra de arte. Pero, ¿por qué equiparar la existencia filosófica con la obra de arte? El arte es un buen modelo, pues en él intervienen tres elementos que se repetirán en la existencia humana en general: primero, un creador que busca algo; luego, un material en bruto a modelar; finalmente, una obra esculpida que no es otra cosa que la materia trabajada por el creador (no está de más acá pensar en la praxis productiva de Marx). El decurso de nuestra existencia sigue este modelo, solo que, en nuestro caso, los tres elementos confluyen en la misma entidad: somos creador, materia y obra. Como decía Jean Paul Sartre, la existencia precede a la esencia, por lo que, en palabras de Heidegger, somos un proyecto abierto. Tomando esta definición muy provisional de lo que es una existencia filosófica, me parece -hasta donde conozco- que existen dos momentos notables en nuestra tradición que ejemplifican esta búsqueda: por un lado, las “escuelas filosóficas” de la antigüedad (de los presocráticos a los estoicos o epicúreos, pasando sin duda por el mismísimo Sócrates); por el otro -y esto puede sorprendernos un poco más-, gran parte del “arte moderno” (desde Baudelaire y el dandismo hasta las vanguardias del siglo XX, o más).

Continuará…

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