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Deambulando por mi pequeña ciudad, buscando algo sobre Epicuro en las librerías que frecuento casi todas las semanas -visitas que, dicho sea de paso, cada vez afectan más mi humilde bolsillo-, aterricé en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Encontré lo que buscaba, así que feliz de la vida me entregué a mi placer supremo: leer mientras tomo un café y observo, distraídamente, lo que ocurre a mi alrededor. Es la única forma en que puedo leer, pues los lugares silenciosos o desolados me producen rápida e inevitablemente un sueño del cual no puedo escapar. Poco antes de partir, observé el cartel de la exposición que se presenta en el segundo piso de dicho Centro Cultural,  “Ficciones asiáticas”.  Al terminar, me levanté, y casi sin querer queriendo, subí las escaleras. Ingresé a la sala. Fiel a mis protocolos (o manías), antes de observar las piezas que se exponían en la galería, leí el texto de presentación. Dos cosas me sorprendieron agradablemente: primero, era una exposición fotográfica (que está hace más de un mes y yo, perdido en mi mundo -insular y pausado-,  ni me había enterado). Lo segundo que me gustó del texto curatorial fue su claridad. Siempre me quejo, creo que con razón, de que los textos que presentan las exposiciones son tan herméticos que en lugar de invitar a una mejor compresión de la obra, enturbian cualquier intento de pensarla. Y el escaso público que asiste a las salas, confundido, cada vez lee menos esos extraños textos que, queriéndolo o no, parecen obra de un Lacan o de un Derrida, oscuros egipcios.

Unos minutos después me encontraba en medio de las ficciones asiáticas. Observaba, primero con desconfianza -causada, creo, por la primera foto que muestra la exposición, una suerte de re-presentación muy plástica y colorida del Paraíso que, sinceramente, fue la que menos me gustó-, luego con una inusitada comodidad, incluso complicidad, las diferentes series. Algunas cuestiones me atrajeron más de lo que normalmente sucede. A pesar de las múltiples diferencias de los fotógrafos presentados -todos ellos, pienso, pertenecientes a lo que Monique Baqué llama “el extremo contemporáneo de la fotografía plástica” (de los 80’s en adelante), es decir, la fotografía no realista, experimental y con una clara pretensión artística- todas sus imágenes compartían una mismo topos: el imaginario. Sin pretensiones de realismo o de representación alguna, las fotografías nos ubican de inmediato en una realidad imaginada: sus temas, composiciones,  situaciones deliberadamente construidas, colores, todo, o casi todo, nos conduce, como espectadores, a un espacio fantástico. Sin embargo, esta última afirmación es, en sentido estricto, incorrecta. O, en todo caso, merece una precisión. Como señala  el filósofo francés Clément Rosset -poco conocido, desgraciadamente, por estas tierras-, ese supuesto mundo imaginario no es un doble de lo real, no es un escape a la crudeza del mundo verdadero, sino que, simple y llanamente, es lo real. Las fotografías que conforman la exposición Ficciones asiáticas (el nombre es parcialmente  elocuente) son nietzscheanas con todo derecho: lo que vemos, eso que parece producto de nuestra imaginación, espectáculo, no es otra cosa más que la realidad tal cual la vivimos cotidianamente. No hay que buscar detrás de ella, porque no hay fondo que develar. La superficie es lo que es. Y la superficie es deseo. Por ello estoy de acuerdo cuando Alejandro Castellote sostiene en su texto de presentación que las fotografías de la muestra presentan simulacros, en el sentido de Baudrillard o de Deleuze. Pero no estoy de acuerdo cuando sostiene que eso las alejaría del realismo, pues el simulacro, como dije líneas arriba, es lo real (pero este desacuerdo, tal vez no sea más que una cuestión de palabras).

Otra cosa que vale la pena resaltar es  que ese topos imaginario al que nos conducen las imágenes no es bello ni bueno, pero esto no es lo sorprendente. Lo interesante es que se presenta bajo el signo de cierto humor, expresivo de  una ingenua crueldad. Y, por ello, les otorga a las imágenes un carácter infantil (en el sentido más noble del término) que, no sé muy bien por qué, capto en el arte oriental. Esta ingenua crueldad o infantilismo de las imágenes está, de alguna manera, ligado con el monismo ontológico del que hablaba líneas arriba: lo que ves es lo que es. Lo real es infantil, humorístico, idiota. Es.

En todo caso, mi intención no era reflexionar sobre la muestra, sino invitarlos a que la vean.  Todos los fotógrafos están en un mismo nivel, pero, personalmente, me quedo con Maleonn y Wang Quingsong (a quienes pertenecen las 2 fotos que he pirateado, respectivamente) . Altamente recomendable. Va el link: http://www.centroculturalpucp.com/galeria/ficciones-asiaticas.html

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