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Seguramente (casi) todos los lectores de este artículo han oído hablar de Andy Warhol. Si no reconocen su particular rostro, con un extraño peinado albino, de todas formas han visto una que otra de sus obras o escuchado alguna de las bizarras anécdotas que giran en torno a él y a The Factory, su estudio-galería (extraño lugar de culto y creación por donde pasaron, según cuenta el crítico Robert Hughes, una infinidad de jóvenes artistas de dudosa calidad y la más variopinta mezcla de “deshechos” de las sub-culturas neoyorkinas -yonkis, travestis, adictos, delincuentes, punks-). ¿Quién no ha visto las serigrafías multicolor con los rostros de las figuras más populares de la farándula artística y política en la década de 1960? Es un hecho que muchos conocen la mil veces reproducida imagen de Marilyn Monroe -tengo una en la cocina de mi casa – o la del líder comunista Mao Zedong. Pero Warhol también es conocido por sus revolucionarios y poco comprendidos ready mades: las famosas latas de sopa Campbell o la caja de detergente Brillo. También se hizo popular por apadrinar a otros artistas, como la banda sesentera de culto, de la que fue manager, The Velvet Underground, comandada por el genial Lou Reed y complementada, más de una vez, por la bella y perturbadora Nico. De una u otra manera, Warhol es parte de nuestro imaginario colectivo.

2.

Pero lo anterior no es más que la superficie Warhol. El acontecimiento más importante de su vida le llegó inesperadamente, a él que, según cuenta su propia agresora, lo tenía todo demasiado controlado. Por allá por el mítico 68 -ese de Mayo, el de las revueltas estudiantiles en Francia y el de la muerte de John F. Kennedy, aquel tiempo en el que todavía se podía soñar, aunque hoy suene ingenuo, con un mundo mejor-, Valerie Solanas -“artista” y “feminista” de Nueva Jersey, conocida luego por escribir el Manifiesto de la Society for Cutting Up Men (SCUM)- entró a The Factory y disparó tres veces contra su cuerpo. Milagrosamente sobrevivió. Tal vez le hubiera correspondido tener un final espectacular, de acuerdo con la figura que, sin querer queriendo, había construido. Tal vez debió morir aquella tarde del 3 de junio de 1968, acribillado por una fan enloquecida, en el lugar que vio nacer sus más descabellados proyectos. Pero no fue así. El destino no quiso darle a Warhol ese gusto, y se lo llevó una madrugada del 22 de febrero de 1987, casi 20 años después del atentado de Solanas, luego de una simple operación de vesícula. Nada menos glamoroso. (PD. No dejen de ver las fotografías que le hizo Richard Avedon en 1969, un año después del atentado).

3.

Sin embargo, Andy Warhol ¿se puede reducir a algunas obras superficialmente conocidas y a un conjunto de anécdotas biográficas? Su mérito, ¿radica en los escándalos y en el extraño personaje que hizo de sí mismo al convertir su propia vida en una obra de arte -siguiendo a Nietzsche y Baudelaire-? Juzgar la obra de Warhol en su real dimensión implica una mirada más profunda, exige pensarlo como artista más allá de su superficie visible y publicitaria, y tratar de determinar su lugar en la historia del arte del siglo XX, tan ricamente convulsionada y compleja. Warhol fue un punto de inflexión a partir del cual no se pudo seguir haciendo arte de la misma manera. Para comprender esto es necesario dejar de lado el Warhol personaje, aquella figura mediática y divina que aseguró que en la nueva sociedad de masas, a su imagen y semejanza, todos tendríamos nuestros quince minutos de fama, y hay que aproximarnos a él entendiéndolo como punto de condensación y expresión de una serie de transformaciones que se estaban dando, tanto al interior del arte como fuera de él. Warhol fue un espejo que reflejó con un brillo enceguecedor las condiciones culturales de su tiempo; su importancia radica ahí, en su función  como conciencia de época.

Es clave, entonces, porque encumbró una revolución artística que había comenzado a inicios de siglo, específicamente en el año 1917 con Fountain, tal vez la escultura (ready made) más famosa de Marcel Duchamp (simple y llanamente un urinario). Lo que hizo Duchamp con su urinario y luego Warhol con las latas de sopa Campbell, por ejemplo, es eliminar radicalmente la frontera que separaba y distinguía a los objetos comunes y corrientes de esos otros objetos a los que llamamos obras de arte. Esta fue su revolución. Como lo dice Arthur Danto, filósofo y crítico de arte, a partir de Warhol ya no tenemos claros los criterios para diferenciar una lata de sopa en los estantes del súper mercado (objeto común) de una lata de sopa en una galería de arte (objeto artístico). Pues, si ambas se ven exactamente igual, ¿cómo diferenciarlas? ¿Cómo decir esto es arte y esto otro no? La apariencia de la obra, clave a lo largo de la historia del arte hasta ese momento, dejó de ser el criterio básico de diferenciación. Esta cuestión, aparentemente simple, generó una crisis en el mundo del arte (es decir, un cambio de paradigma). Se necesitaban nuevos criterios.

4.

Grosso modo, desde el siglo IV a. C., cuando los primeros filósofos como Platón empezaron a reflexionar sobre la naturaleza del arte, hasta finales del XIX, los criterios para determinar qué era arte y qué no lo era, estaban claros: el arte se definía como una representación (mímesis) bella de la naturaleza. Además de esta precisa definición, se sabía que los objetos artísticos eran aquellos que pertenecían a las Bellas Artes (pintura o escultura, por ejemplo) y que habían sido creados por individuos dotados de una sensibilidad especial que les permitía conectarse con las verdades profundas de la naturaleza: los genios artísticos, en palabras Kant. Cabe recalcar que las obras de arte debían poseer necesariamente una cualidad única: la belleza. Así, pues, hasta poco antes de entrar al siglo XX no hubo mayores problemas para decidir qué cosa era arte y qué cosa no lo era.

La revolución operada por Warhol (y por Duchamp) al interior del mundo y de la historia del arte radica, entonces, en haber forzado las categorías clásicas (“arte”, “obra”, “artista”) para pervertir su significado, alumbrando así una nueva forma de entender al arte (y de producirlo), adecuada a los cambios culturales que se experimentaban en aquel momento. En este contexto, cualquier cosa o material podía llegar a ser una obra de arte (una lata, un urinario, incluso excrementos como la particular obra de Piero Manzoni) y cualquier individuo (no solo los genios) podía producir arte. Pero, tal vez lo más importante es que el vínculo esencial que unía arte y belleza terminó por romperse. Nadie se animaría a decir que las creaciones artísticas de los últimos 50 años son bellas, ¿o sí? Basta con investigar un poco sobre el Accionismo Vienés, por ejemplo, para saber de qué hablo. Imagino, incluso, que nadie exclamaría, frente a las latas de sopa de Warhol o frente al urinario de Duchamp, “¡Oh! ¡Qué bello!, ¡qué sublime!”. El arte, a partir de Warhol, trata de otra cosa.

5.

Podríamos describir esta revolución en el arte apropiándonos del nombre del libro de Arthur Danto que aborda este asunto: La transfiguración del lugar común. Lo ordinario, común y corriente -eso que llamamos lo popular (opuesto a lo aristocrático) y de donde proviene el nombre del “movimiento” artístico al que perteneció Warhol, el Pop Art (opuesto al arte elitista)-, eso que jamás hubiese podido nutrir ni formar parte del noble y distinguido mundillo artístico, la cultura de masas (el cine, la TV, la publicidad, las estrellas de Rock and Roll, la fotografía, la moda, y un larguísimo etcétera), ahora es, de una u otra manera, con sus fervientes opositores y sus aguerridos defensores, material de reflexión y de creación artística. De esta forma Warhol -y los demás representantes del Pop Art, como Lichtenstein (si no les suena fíjense en las imágenes tipo comic de los Bembos)- realizó concretamente lo que, unas décadas antes, el lúcido intelectual Walter Benjamin había diagnosticado en un pequeño texto titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, a saber, que en el siglo XX -debido a la Revolución Industrial- el arte sería masivo. Gracias a esta revolución, el artista hoy luce como un Jesús posmoderno: tiene el poder de transfigurar un elemento cualquiera (el agua, la caja de detergente) en una obra de arte (el vino, la Brillo Box) con solo imprimir en él su intención. Warhol abrió así el camino para el arte conceptual que se desarrollaría en la segunda mitad del siglo XX. Pero esta es otra historia.


[1] Una versión similar de este texto ha sido publicada en la Revista Asia Sur (n. 107)


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