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Ayer se inauguró la Primera Bienal de Foto de Lima. Razón de sobra para estar felices. Personalmente, por el gran interés que tengo en la fotografía, como observador y creador de imágenes. Es una oportunidad única para, en mi propia tierra, mirar detenidamente, aprender, compartir, criticar y gozar de una gran cantidad de propuestas, tanto contemporáneas como históricas (o retrospectivas). Pero también debemos estar contentos y agradecidos como colectividad, como sociedad, pues que se realice por primera vez un evento de esta naturaleza  (que tiene precedentes, por ejemplo, en eventos como Lima Photo) es un signo de que nuestra ciudad está demandando no solo progreso material (más y más edificios) sino también algo de desarrollo cultural. Y esto es tremendamente importante. Además, un acontecimiento como este es profético, pues anuncia que algo está pasando ahora, en el presente, que abre una oportunidad de transformación en el futuro: de alguna manera empezamos a pensar la imagen, ese nuevo ídolo espectacular que nos formatea y nos controla, y este meditar la imagen tiene que ser, por necesidad, una crítica de la misma. Es este el poder subversivo del pensamiento. Feliz estoy, estamos, por esto. Qué empiece el show, entonces.

Y comenzó ayer por la tarde con una conferencia del fotógrafo y escritor español Joan Fontcuberta. Lo primero que me llamó la atención fue la gran cantidad de gente haciendo cola para entrar al auditorio. No imaginé, lo digo sinceramente, tanto interés por escuchar una reflexión sobre la fotografía. Y me sorprendo con razón, al menos eso creo, pues hoy en día son muy pocos los que quieren escuchar algún tipo de teorización sobre cualquier cosa, y menos sobre la imagen fotográfica, que supuestamente fascina por su misma presencia. Pero ahí estaban, estábamos, y esto también debe aplaudirse. Algunos tuvieron la suerte de encontrar sito en el auditorio, otros nos conformamos con observar una proyección de la conferencia sentados en el piso del hall del MALI (Museo de Arte de Lima, lugar en el que durante esta semana se desarrolla el coloquio “Más allá del documento” en el marco de la Bienal)

Y Fontcuberta habló mucho, y habló bien. A continuación les dejo una pequeña confrontación sesgada y fragmentaria -como nuestro mundo, como nuestras fotos- con algunas de las ideas que me parecieron más interesantes de la conferencia.

Lo primero que vale la pena resaltar es el título de su ponencia: La furia de las imágenes. Fontcuberta alude con él al exceso que vivimos hoy en día en la producción de imágenes, el cual, incluso, supera a nuestra capacidad para consumirlas. Hoy, afirmó, pocos se detienen a observar las imágenes; simplemente se focalizan en producirlas, el gesto creador parece ser más importante que la recepción y la contemplación. Esta vorágine y descontrol debería conducirnos a plantear una pregunta que, a mi juicio, Fontcuberta abordó con demasiada complacencia: ¿qué sentido tiene, hoy en día, producir imágenes si esto contribuye a aumentar esa montaña de fotografías virtuales que crece masiva e incesantemente? Si la imagen, como decía líneas arriba, construye nuestro imaginario, deberíamos ser mucho más conscientes del tipo de imágenes que producimos y de la finalidad por la que lo hacemos. Una política de la imagen fotográfica es necesaria, y si bien Fontcuberta abordó esta cuestión, me parece que no lo hizo de modo suficientemente crítico. Veámoslo.

Sostengo esto porque me dio la impresión de que su posición celebraba en demasía lo que él mismo llamó la “fotografía líquida” o lo “post fotográfico” (reinterpretando la famosa frase Berman sobre el mundo actual: “todo lo sólido se desvanece en el aire”). Esto es, la fotografía contemporánea que se caracteriza por la muerte del autor, la acumulación, la apropiación, la reescritura, los momentos banales, la transitoriedad, la ubicuidad, la marca biográfica, la instantaneidad, la simultaneidad, la transmedialidad… en fin, todo aquello que marca la condición propia de nuestra época (hipermoderna, tecnológica, fugaz y globalizada). Frente a esta fotografía liquida, Fontcuberta sostuvo que la fotografía antes era “sólida” (y este “antes” imagino que refiere al periodo previo a los 90’s o incluso a los 80’s, donde la postmodernidad entró directamente en la fotografía para permitir que esta, paradójicamente, por fin llegue  a ser arte[1]).  (E imagino también que esta dicotomía es meramente expositiva, sin duda en lo concreto las cosas son más complejas, pero pedagógicamente funciona). Ahora bien, esta fotografía sólida se caracterizaba por ser algo así como una huella de lo real, por dialogar con el tiempo, por su referencia a la inmanencia y a la inmortalidad, por perseguir los momentos excepcionales, por la estabilidad, por su íntima relación con la identidad y la memoria. Por tener aún, en términos de Walter Benjamin, algo de aura (aunque Fontcuberta no hizo esta alusión).

Me pareció, entonces, que Fontcuberta celebraba demasiado esta fotografía liquida (incluso un proyecto suyo, Googlegramas, va en esta dirección), no porque nos incitase a hacer más y más fotografías irreflexivas y “turísticas” (usando sus propias palabras), de esas que saturan y contaminan la mirada (de hecho, él critico esto y habló de una necesaria ecología de la imagen); su celebración, más bien, radicaba en que aunque es cierto que la gran cantidad de artistas que remarcó (Penélope Umbrico, Pavel Semejkal, Jon Rafman, Michael Wolf, Leandro Berra, etc.) tiene una obra crítica en relación a este flujo desbordado de imágenes, también es una realidad que ellos usan ese medio para realizar su crítica. Y entonces terminan siendo parte de lo que critican. Recordemos la frase famosa de Mcluhan: el medio es le mensaje. No se puede construir un discurso verdaderamente crítico si nos confundimos plenamente con lo criticado, a menos que esta confusión, como decía Nietzsche, sea una estrategia temporal para, sin ser detectado, darle la estocada final a nuestro enemigo. Una máscara. Pero dudo que esta estrategia esté presente en muchos de los fotógrafos líquidos que nos presentó. Más bien pareciera, en muchos casos, que simplemente juegan y se deleitan manipulando ese vómito de imágenes que nos rodea.

Pero no soy ingenuo ni conservador; no creo, por tanto, que la crítica implique un gesto de radical extrañamiento de nuestras condiciones epocales. No hay un afuera de lo social, o lo hay como ilusión, como opio. Tampoco añoro una fotografía sólida, ni pienso que todo tiempo pasado fue mejor. Pero sí estoy convencido que los sujetos perciben, sienten y piensan el mundo en función de cómo se les ha enseñado, cultualmente, a hacerlo. Nuestra mirada nunca es pura, libre de todo condicionamiento. Por eso mismo, la tarea del fotógrafo (y esto no es una verdad, es una posición) debe ser ofrecernos una manera de ver el mundo diferente, ni mejor ni peor que la que hoy en día poseemos, pero sí al lado. ¿Con qué finalidad? Pues apuntando a ampliar nuestra experiencia de lo real, intentando otorgarnos nuevas percepciones, afectos y conceptos. Ampliando así nuestras posibilidades de existencia, y activando nuestro pensamiento tan cómodamente adormecido en nuestras novelas familiares. Logarlo no es otra cosa que una iniciativa de salud. Por ello -y porque la imagen hoy ocupa el lugar de la trascendencia absoluta (superó ya a dios y al dinero)-, considero que una ontología y una política de la imagen en general, y de la imagen fotográfica en particular, son actualmente urgentes.


[1] Sobre este asunto pueden verse dos libros muy buenos: los dos volúmenes de Fotografía Plástica de Dominique Baqué y Efecto real. Debates posmodernos sobre fotografía editado por Jorge Ribalta.

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