Etiquetas

, , , , , , ,


Por estos días estoy colaborando con una muy buena amiga, fotógrafa, en el desarrollo conceptual de su último proyecto. Este gira en torno a la experiencia del tiempo. Hoy escribí para ella estas líneas. Tal vez, más adelante, podamos ver sus imágenes.

Nuestro carácter trágico reside en nuestra conciencia. Esta, sutil distinción del mundo animal, quiebra nuestra primigenia unidad y pertenencia a la naturaleza, ubicándonos en un extraño lugar: ni animales ni dioses, los seres humanos pertenecemos a un umbral, entre dos o tenso intermedio en el que no llegamos a alcanzar la perfección y eternidad divinas, pero en el que tampoco gozamos la ingenuidad y espontaneidad de la existencia meramente natural.

Esta separación provocada por la conciencia, en tanto saber de sí o reflexión que nos pone frente al mundo pero aún en él, es la fuente de un dolor existencial, constitutivo e inevitable, como pensó Schopenhauer. ¿Por qué duele la existencia? ¿Por qué esta conciencia no puede ser, por el contrario, fuente de dicha? Sin duda lo es, pues nos permite romper, distanciarnos justamente, de nuestras determinaciones naturales y, gracias a ello, hacernos un mundo.  Marx lo vio con claridad cuando afirmó que  aquello que nos define en tanto especie es la praxis productiva, es decir, la acción orientada a la apropiación y transformación del ser natural. En otra palabras, la creación. Esta nos hace libres para ser de otra manera, de múltiples formas, según la realización de nuestros deseos. Esto no esotra cosa que la alegría de la diferencia y el reconocerse como un proyecto abierto, en palabras de Heidegger.

Sin embargo, el dolor y el sufrimiento siguen preparando, a fuego lento y muchas veces de forma imperceptible, el reconocimiento de lo inevitable. De acá la tragedia. Dentro de todos nuestros posible, existe uno que será, finalmente, aquel que se imponga a todos los demás: la muerte. Esta, entonces, más que un posible es la necesidad ineluctable que clausura todo proyecto; es, por tanto, nuestro único destino. La conciencia de la muerte ubica ante nuestros ojos lo más íntimo de nuestro ser: el tiempo. Nuestra existencia, como la de todo ser natural posee una duración, se despliega en el tiempo. Aunque para ser más exactos habría que decir no que se despliega en el tiempo sino que simple y llanamente es tiempo.  Larga o breve, eso no importa, pues el destino es el mismo, la extinción o el retorno a aquella matriz material de la que todo proviene: la tierra. Somos materia, entonces, signada por el flujo de tiempo. Somos, como decía Nietzsche, un instante, una chispa estelar entre dos infinitas oscuridades.

Aquí radica nuestra tragedia, ya lo hemos dicho. Cualquier intento que realicemos para evitar la llegada de aquella visitante temida está condenado al fracaso antes de comenzar. Toda empresa orientada a resistir a la muerte está viciada desde el inicio. Incluso es contradictoria, pues ella también es temporal, morirá en su forma propia, pues está destinada, como todo, a retornar a la negra noche del caos. Muchas de nuestras producciones culturales, desde las religiones y los mitos, hasta las cirugías estéticas y el capitalismo, están orientadas en algún sentido a disminuir el peso de semejante acontecimiento. Sin estos paliativos nuestros hombros no soportarían la carga de esta idea, la más profunda de todas.

No obstante, los seres humanos vivimos como si fuésemos a hacerlo eternamente. Olvidamos aquello que ya sabemos. Reprimimos porque nuestra misma conciencia es incapaz de soportar su verdad. Pero ella está ahí, siempre presente, susurrando a nuestros oídos, posándose ante nuestra mirada, recorriendo nuestro cuerpo y marcando nuestra piel. Llegará. ¿Cómo experimenta el ser humano esta tragedia? ¿Qué malabares espirituales está obligado a realizar para poder vivir con este secreto? Una vez que se ha alcanzado la íntima conciencia del tiempo (y de la muerte) -y este es un trabajo tanto de alturas como de profundidades- no hay retorno a la ingenuidad. Mirarla, realmente, cara a cara, fijamente a los ojos, sintiendo el ritmo acelerado de su respiración, de nuestro corazón, y el frío aliento de su boca acariciar nuestro rostro, estremece incluso a los espíritus más fuertes. Pues mirarla es mirarnos en lo más propio e íntimo, en nuestra finitud. Sin embargo, esta es la única decisión trascendental, como diría Kierkegaard, es la que hace posible que todas las demás decisiones (los posibles de nuestra existencia) tengan sentido, pues ella expresa el sentido fundamental. Aunque también está el desierto, desde el que, como decía Deleuze acerca de las profundidades del mar, muchos regresan con los ojos inyectados de sangre y los tímpanos reventados.

La pasión (pathos) que vibra en nosotros gracias a la conciencia del tiempo, entonces, puede destruirnos o transformarnos. Y este último camino, si logramos transitarlo, conduce a la creación, pues el cuerpo y el espíritu no pueden soportar en sí tanta intensidad, deben ponerla fuera de sí en forma de otro, de obra, de creación. Por ello, muchos han sostenido que ante el saber de la muerte y del tiempo solamente nos quedará el arte.

Anuncios