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Hace unos meses vi por primera vez Un homme qui dort (1974), adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre del escritor francés  Georges Perec. Me impresionó. Hoy la volví a ver con mis alumnos en la universidad. Retornábamos de la semana de exámenes parciales, así que decidí empezar esta segunda mitad del semestre con una película para no agobiarlos con nuevos temas, para dejar que su cuerpo/mente asimile con tranquilidad la experiencia de los parciales. Sin embargo, creo que los agobié más.

La película presenta un fragmento de la vida de un muchacho que, justamente durante la experiencia de un examen, decide “abandonar todo”. Este decisión expresa un nihilismo radical, el intento del protagonista de desprenderse del mundo y de todas sus categorías para, inmerso en un flujo imparable de anonadamiento, llegar a devenir imperceptible. Desprovista de diálogos, la película se despliega como una danza  intensa de tres bailarines: las imágenes, los sonidos y las palabras de la narradora. La forma en que el director, Bernard Queysanne, ha encadenado estos tres elementos para que funcionen como vehículo expresivo de un estado de ánimo y de un modo de ser en el mundo particulares, es genial. La película nos habla, pienso, de la condición del hombre que ha dejado de creer, de aquel individuo para el cual aún no existe un mañana frente al espectáculo de la muerte de Dios. En mi post anterior me referí a la condición trágica del ser humano, aquella surgida de nuestra conciencia del tiempo y de la muerte. Esta película muestra, con una potencia que el lenguaje conceptual no puede alcanzar, aquella condición trágica en el momento preciso en que arriba a la conciencia del individuo. Una de las preguntas que me atormenta  luego de hacer la  experiencia de esta obra maestra (pues pienso que merece este calificativo) es: ¿cómo producir el sentido una vez que hemos visto el fondo de sin sentido sobre el que se levanta nuestro mundo?

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