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Ayer, mientras conversaba con una amiga con quien me reuno una vez por semana a hablar de filosofía y temas afines, tomé conciencia, una vez más, de la íntima relación que existe entre el conocimiento y la decepción. Los seres humanos, arrancados a la naturaleza, conscientes de sí y del mundo, de su finitud y del sin sentido de la existencia, experimentamos nuestro tránsito por la vida atravesados por una grieta. Mientras más amplia, profunda y reflexiva es nuestra conciencia pareciera ser que más grande es aquella fisura, aquel dolor. Schopenhauer identificaba el sufrimiento con la conciencia, por ello la necesidad de abolir la individualidad para liberarse del dolor. Pero, claro está, la situación es casi insuperable, pues tampoco estamos dispuestos a levantar la mano sobre nostros mismos para superar aquel dolor consustancial a nuestro ser consciente. El precio que hay que pagar por la solución que nos ofrece de Schopenhauer  es muy alto, y no estamos dispuestos a pagarlo. ¡Claro que no!, pues lo que queremos es vivir, aquí, ahora. Sin embargo, no vivimos, o, en todo caso, lo hacemos en la paradoja, tendidos en medio del umbral que nos recuerda que hacia una lado está el mundo; y, hacia el otro, nostros, el pensamiento. Equilibristas, nos aferramos a la cuerda floja.

 

¿Qué hacer, entonces? ¿Qué camino debemos tomar, sobre todo aquellos que, por causas y azares, hemos optado por las rutas del pensamiento? Parece que una vez sobre estos senderos, no hay vuelta atrás, de ahí nuestra decepción, nuestro nihilismo. Sin embargo, insistimos: ¿Qué opio podrá adormecernos? ¿Qué pan y qué circo podrá mantener nuestro espíritu atontado? ¿Qué ceguera repentina nos impedirá ver, cuando ver es lo único que sabemos hacer, cuando ver es nuestra salvación y nuestra condena? Parece ser que no hay escapatoria (¿debería haberla?), parece ser que la tranquilidad es un privilegio de los idiotas y de los cínicos (que no son pocos).

 

Sabiendo esto, necios, seguimos buscando. Parmenides, el filósofo griego, aquel de tiempos aún heróicos, sostuvo que el ser y el pensar son lo mismo. ¿Lo mismo? ¿No decíamos -sentíamos- que entre ambos se situaba la fisura que creaba lo humano? Tal vez no. ¿Será esta una indicación, un indicio? Pero, ¿cómo el ser y el pensar pueden ser lo mismo si pensar es -¿por definición?- un separarse, diferenciarse, oponerse al ser. ¿Qué intuición redentora está detrás de esta enigmática afirmación? ¿Será posible un pensamiento que no se distinga del mundo, que no lo represente, sino que, más bien, sea uno con él, siempre lo mismo, tal vez solo un pliegue? ¿Qué terremotos habrá que atravesar para expropiar los privilegios de nuestra conciencia en favor de la unidad de pensamiento y vida? ¿Es que acaso el pensar y lo humano puede ser algo diferente que aquella conciencia individual desgajada al mundo y por ello herida? ¿cómo?

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