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A continuación les dejo la primera parte de la conferencia con la que participé la semana pasada en el Congreso Internacional “El poder y sus transformaciones. Una mirada psicoanalítica”, organizado por el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima.

I. La filosofía como discurso crítico y liberador

La filosofía siempre ha sido un discurso crítico. A pesar de las grandes diferencias históricas, los filósofos han desarrollado su pensamiento partiendo de un mismo presupuesto: los seres humanos comunes y corrientes vivimos sometidos y engañados, a veces incluso sin ser conscientes de ello. Por tanto, la función que el filósofo ha asumido es ayudarnos a reconocer nuestra ceguera, empujándonos así hacia el camino de la verdad. Se propone como tarea, entonces, modificar el estado de cosas en el que vivimos porque este reproduce y mantiene las formaciones de poder que nos constriñen y consolida nuestra falsa conciencia. La liberación, por tanto, es su principal objetivo; su camino, la subversión.

Existen muchos ejemplos de esta tendencia crítica. El más conocido está en laAlegoría de la Caverna, famoso pasaje de la República, en el que Platón nos explica, alegóricamente, la condición enajenada del hombre en sociedad: desde nuestro nacimiento vivimos encadenados y obligados a observar solo algunos reflejos de la realidad que son proyectados por un grupo de titiriteros. Todos creemos, dramáticamente, que estas imágenes se identifican con la realidad, pues no tenemos noticia de que fuera de aquellas sombras existe mucho más. Vivimos presas del sentido común, es decir, de la ignorancia.

Este es un resumen hiper condensado. Pero solo me interesa extraer el esquema lógico de la propuesta de Platón, pues se mantiene a lo largo de la historia de la filosofía. En primer lugar, existe una gran masa de individuos engañada, aunque la forma del engaño puede variar. En Platón, es la ignorancia, la doxa. No importa cuál sea la forma específica de la falsa conciencia, lo relevante es que en todos los casos la consecuencia es la misma: no somos dueños de nosotros mismos. En segundo lugar, para que haya engañado, tiene que haber engañador. Por tanto, alguien o algo ejerce algún tipo de poder sobre nuestra existencia. En Platón, por ejemplo, los sofistas. No importa quién, en todos los casos el análisis filosófico arroja la misma conclusión: si estamos engañados es porque alguien por conveniencia propia lo ha querido así. Y entonces, en tercer lugar, aparecen los liberadores. El filósofo, el animal consciente por excelencia, reconoce la situación dramática del engañado y las armas perversas de los engañadores; ha logrado, por tanto, escapar a la ilusión. Por ello tiene la responsabilidad ética y política de ayudar a sus conciudadanos a emanciparse de las cadenas que los mantienen subyugados. En el caso de Platón, el filósofo sale de la caverna y accede a la verdadera realidad… pero es obligado a retornar a ayudar a sus compañeros.

Pero, preguntémonos, ¿cómo logra el filósofo despertar a los individuos adormecidos por el opio de alguna ideología? Es necesario un camino o método de liberación. En Platón es la educación, la adquisición de saber. No importa qué método de resistencia se utilice, lo medular es que en todos los casos tiene que haber una táctica concreta para hacerle frente a las formaciones de poder. Finalmente, ¿a dónde seremos conducidos por nuestros emancipadores? ¿Qué tierras nos ofrece su promesa de liberación? Cada filósofo propone una condición social ideal en la que la falsa conciencia y los mecanismos de control se habrían diluido. En Platón, la kalipolis, gobernada con justicia y sabiduría por el Rey Filósofo. Una vez más, no importa el modelo particular de sociedad propuesta, lo fundamental radica en el carácter utópico que está presente en todos ellos.

II. Cuestionamientos al modelo tradicional de la crítica

Mi hipótesis es que la estructura del modelo crítico planteado por la filosofía posee un “carácter paternalista” que, paradójicamente, hace lo mismo que denuncia: somete e ilusiona.

En primer lugar, la crítica se sostienen sobre una distinción metafísica fuerte entre realidad y apariencia. Esta afirma que existe una forma verdadera, una estructura profunda, que determina cómo son la cosas en sí mismas, independientemente de las múltiples interpretaciones que los grupos humanos realicen en contextos particulares. Me pregunto: ¿con qué criterios contamos para distinguir claramente ambas dimensiones?

Una segunda idea cuestionable de este esquema es que la única forma de determinar que existen estas dos dimensiones de la realidad es porque alguien ya lo sabe. Este conocimiento legitima a un grupo para transmitirnos cómo deberíamos vivir. Su saber es la fuente de su autoridad. Se genera así una nueva brecha, ahora entre dos tipos de seres humanos: una aristocracia formada por los depositarios del saber y una masa integrada por los ignorantes. Esta nueva dicotomía produce un dogmatismo intelectual. Me pregunto: ¿por qué la visión de estos iluminados es la correcta? ¿No podría ser su discurso y sus tácticas liberadoras también una manera de ideologizar, es decir, de hacer pasar como natural y verdadera lo que en realidad es solo una forma más de interpretar el mundo?

Por otro lado, también es cuestionable que exista un método idóneo para alcanzar la ansiada emancipación, como si hubiese un único camino existencial hacia la realización al cual los individuos comunes y corrientes deberíamos adecuar nuestra voluntad y nuestras acciones. Finalmente, ¿dónde queda aquel lugar utópico al que deberíamos llegar gracias a la crítica? Un estado ideal de cosas en el que las contradicciones y tensiones inherentes a la vida humana en sociedad desaparezcan parece ciertamente inegnuo.

En síntesis, si bien el esquema crítico de la filosofía suena alentador, observado un poco más  de cerca muestra un rostro dogmático. ¿Por qué nuestro mundo es producto de ilusiones y engaños? ¿Es cierto que el estado de cosas que los críticos nos ofrecen es realmente el ideal? La pregunta es exigente y problemática. La única forma de establecer la veracidad de estos modelos es teniendo un criterio incuestionable que nos permita decidir con claridad y distinción si, efectivamente, existe tal dominación y tal engaño. Pero, ¿quién posee ese criterio? ¿Es posible alcanzar un punto de vista divino, absoluto, objetivo, universal, aséptico, desde el cual juzgar con absoluta certeza cómo deben ser las cosas, el bien y el mal? Un ligero aroma a totalitarismo parece esparcirse por los pasillos de los filósofos.

Lo que estoy poniendo en cuestión es la posibilidad de la crítica. Pues pareciera que toda crítica necesita, para ser legítima, una cierta distancia del objeto al que se dirige; un sobrevuelo que le permita evaluar externa y objetivamente la situación para determinar con justeza aquello que sea preciso determinar. Pero, ¿qué ocurre si no creemos en la posibilidad de estar afuera? Y, si no es posible alcanzar este punto de vista divino, ¿cómo ejercer la crítica? ¿Cómo decir con firmeza que las cosas están mal, o que pueden ser mejor, o que deben ser de otra manera? ¿Qué justificaría dichas pretensiones? Parece ser que ante la ausencia de un fundamente sólido, estamos condenados a caer en un relativismo feroz en el que todo sería igual de legítimo y en el que, por tanto, nuestro deseo de cambio no tendría cómo ser justificado e, incluso más, en el que podría ser calificado como fundamentalista.

Esta dificultad trae consecuencias complicadas. Todos los discursos y los modos de vida se equipararían, pues no habría cómo discernir cuál es mejor y cuál peor. Por ello, la posibilidad de imaginar un curso alternativo de los acontecimientos, un futuro otro, caería en el olvido. Pues, en esta situación, las cosas son como son, con sus variantes y constantes, y nadie posee el saber ni la autoridad para decirnos por qué deberíamos pensar que pueden ser diferentes a como son. Incluso, si alguien intentase hacerlo, sería acusado de defender un pensamiento de corte utópico o romántico y sería, por tanto, calificado como inocente e ingenuo. Aún más, cualquier intento real por cambiar el destino de los acontecimientos podría ser calificado como subversivo o hasta terrorista.

Estamos, entonces, ante una situación paradójica: o la crítica es dogmática pues pretende decirnos cómo son las cosas realmente; o, por el contrario, la crítica no es posible pues todo es igualmente legítimo. ¿Qué lugar le queda a al pensamiento? ¿Es posible acaso hallar una visión alternativa de la crítica, una que no caiga en el dogmatismo, que no trate al pueblo como ignorante, que no piense que existe una sola estrategia de liberación y que no identifique esta última con la comprensión de la verdadera realidad? Mi hipótesis es que sí es posible mantener la vigencia del discurso crítico, pero que, para ello, es necesario re-pensar nuestras categorías, fundamentalmente la de poder y la de resistencia.

 continuará…

 

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