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Les dejo la segunda y última parte de la conferencia que di en el Congreso “El poder: una mirada psicoanalítica”, organizado por el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima.

III. Hacia una definición del poder.

Antes de discutir la forma en que se ejerce el poder actualmente y las posibles tácticas de resistencia, me detendré brevemente en la microfísica del poder propuesta por Michel Foucault. En Las redes del poder, el filósofo francés nos ofrece una definición de dicho término que rompe con la clásica concepción según la cual el poder es una propiedad que se posee o no se posee, y cuya posesión marcaría una dicotomía fuerte entre dominados y dominadores (concepción desde la que emana la noción de crítica de la que hemos hablado en la primera parte de este texto). Para Foucault, el poder más bien es el nombre que le damos a la dinámica interna de los vínculos humanos, caracterizada como relaciones de fuerza.

Esta definición es de corte estructuralista. Los individuos ocupamos diferentes posiciones al interior de una estructura social unitaria y plural. De esta forma, como todo se relaciona continuamente con todo, entonces, lo que cualifica y distingue a un elemento se establece a partir de las relaciones de fuerza de las que participa al interior del campo social. Así, pues, el poder no es una entidad que se posee; está determinado, más bien, por el lugar que uno ocupa en una estructura significante (más o menos) abierta.

Vale la pena indicar que estas relaciones son dinámicas, por lo que están constantemente modificándose ya que el tiempo atraviesa natural e inmanentemente toda la estructura, introduciendo así un factor de divergencia en ella. Por ello mismo, Foucault se atreve a decir que si bien todo está constituido por relaciones de poder, esto no significa que vivamos en una situación de esclavitud o engaño absoluto, pues todo, al mismo tiempo, está formado también por relaciones de libertad que posibilitan las resistencias.

Lo que me interesa enfatizar de esta aproximación al poder es que está ligada a la noción de movimiento y, a través de esta, a la de tiempo. Foucault sostiene que mientras las relaciones de poder se mantengan fluidas y plásticas, es decir, asociadas a la potencia del devenir, entonces seguirán ofreciéndonos la posibilidad de imaginar estados de cosas alternativos. Si los individuos podemos desplazarnos por el campo social -simbólica y materialmente-, quiere decir que aún preservamos al menos un mínimo de libertad. Así, pues, no existe contradicción entre el poder y la libertad, pues esta última no se define como autonomía, en el sentido kantiano, sino como la capacidad de modificar la posición que ocupamos en una estructura particular y, con ello, de resistir a los intentos de confinarnos indefinidamente en un rol fijo.

De esto se desprende que las relaciones de poder no son ni buenas ni malas, que están más acá de todo juicio moral. Y Foucault se esmera mucho en recordarnos que el hecho de que el poder esté presente y sea co-extensivo a todo el campo social no implica una visión pesimista ni trágica. No obstante, esto no nos salva ni resguarda de lo que podríamos calificar como perversiones del poder. Foucault argumenta que si las relaciones de poder están ligadas al movimiento y con él a la libertad, entonces, todo contexto en el que se impida el devenir tiene, por fuerza, que ser calificado como un abuso de poder y, por tanto, como vía hacia la enajenación de los individuos.

Existen, por tanto, situaciones muy concretas en las que algún individuo o institución decide impedir el desplazamiento de los demás, es decir, anular el carácter naturalmente plástico de las relaciones de poder/libertad. Cuando esto sucede, un vínculo estructural particular se congela, quitándole a quienes lo conforman la capacidad de generar mutaciones en el estado de cosas en el que se hallan inmersos. Esto convierte a las relaciones de poder, dice Foucault, en estados de dominación. Y es en este instante siniestro en el que la libertad se hace imposible.

Gilles Deleuze, en la misma línea, afirma que un estado de dominación se define como el contexto en el que algo o alguien ha separado a un tercero (o a varios) de lo que puede(n). Impedirle a alguien que se mueva sería arrebatarle la posibilidad de llevar a su máxima expresión sus potencialidades. Esta substracción de potencia expresa el ejercicio más tiránico del poder. Por el contrario, dejar e incluso promover que un individuo o una colectividad desarrolle hasta su límite último sus singularidades virtuales es darles la oportunidad de expresar su carácter esencialmente creativo y plural. Es, en fin, dejarlo ser en libertad.

Esta caracterización del poder nos permite redefinir el rol de la crítica. Si asumimos con Foucault y Deleuze que el poder es una relación variable entre partes, entonces debemos aceptar que el poder siempre está repartido. Esto quiere decir que el clásico esquema dicotómico dominados/dominadores, falsa conciencia/conciencia real, pierde validez. Pues ahora carece de sentido sostener que unos saben cómo son las cosas y otros no; ahora, por el contrario, tanto el saber como la ilusión están repartidas por toda la trama social. Por ello, todos participamos, en distintas proporciones, del poder y de la libertad. El rol de la crítica, entonces, será detectar aquellos espacios y situaciones en las que algo o alguien tiene la pretensión de convertir el poder en una propiedad privada, colonizando territorios brutalmente.

IV. Diagnóstico de la sociedad contemporánea: espectáculo, consumo y control.

¿Cómo está distribuido el poder actualmente? En los años 60, Guy Debord escribió el libro titulado la Sociedad del espectáculo en el que analizó los principios y la lógica que gobiernan la sociedad occidental contemporánea.

La tesis del libro es que el capitalismo post-industrial encontró en las tecnologías de la imagen (televisión, diarios, revistas, fotografía, publicidad, cine, etcétera) un aliado formidable que le permitió dejar de estar focalizado en el aumento de su producción para concentrarse en las estrategias idóneas que aumentaran sus ventas, es decir, nuestro consumo. Como señaló Heidegger, nuestra época se caracteriza por el devenir imagen del mundo, por ello, quien tenga el control del sentido de las imágenes tendrá el control de los símbolos que significan nuestro entorno. Esta conversión ha puesto el valor de todo lo que existe en relación a su capacidad de aparecer. Por ello, apropiarse del mundo de las imágenes fue para el nuevo capitalismo post-industrial la estrategia perfecta para aumentar su influencia sobre la masa de ciudadanos.

Ahora bien, la apropiación del mundo de las imágenes por parte del capitalismo determinó que solo aquello que puede adoptar la forma-mercancía, es decir, solo lo que es legitimado para ser vendido, accede a dicho espacio de visibilidad. Así, pues, en tanto el capital domina la creación y circulación de las imágenes, y estas han colonizado plenamente nuestro entorno, relaciones y procesos de subjetivación, entonces, el capital nos somete, a través de ellas, a sus imperativos y exigencias de consumo.

Por esto, el proceso por el quedamos sometido a los caprichos del capital, ya no se da específicamente en el ámbito de la producción (en la fábrica), sino fundamentalmente en el del consumo. Pero, como hemos devenido consumidores todo el tiempo, entonces estamos enajenados continuamente y en todos los espacios de la sociedad. Así, pues, con estas transformaciones, la injerencia del capitalismo, en tanto formación de poder, sobre nuestras vidas se hace total, convirtiendo a los individuos en simples consumidores abstractos.

Piezas claves al interior de esta sociedad del espectáculo son la publicidad y el marketing. Son estas disciplinas las que se encargan de generar las estrategias adecuadas para visibilizar (o posicionar) en la mente de los consumidores los bienes o servicios que las corporaciones desean venderles para acrecentar sus ganancias. ¿Qué quiere decir “posicionar”, término usado en la teoría del marketing? En el lenguaje de Debord “fidelizar a un consumidor” es modelar su subjetividad de tal forma que sea un vector de realización de los deseos del Capital; es, por ello, un medio de ejercer control sobre él, conduciéndolo a una situación de enajenación. Así, pues, el marketing y la publicidad en tanto estrategias claves de control, operan una conversión de nuestra conciencia y producen sus ilusiones. Obviamente, esta operación no es nueva, las religiones, pero también los partidos políticos, la han utilizado desde siempre. No obstante, lo que diferencia al control de conciencias efectuado por el marketing y la publicidad de todas las otras formas de control -y, por tanto, lo que caracteriza al ejercicio del poder y la enajenación actualmente- es que aquel se desarrolla imperceptiblemente, de forma continua y diseminada por todo el campo social. Nada se le escapa, nunca, pero nos ofrece la ilusión de que somos libres cuando todo está ya digitado.

En relación a esto, Deleuze afirma en Post-scriptum sobre las sociedades de control que la sociedad disciplinaria (Foucault), que estuvo vigente entre los siglos XVIII y XX, está actualmente en crisis. Esto ha generado una nueva lógica en el despliegue de las relaciones de poder que rigen al mundo actual. Deleuze sostiene que hoy empezamos a vivir en una sociedad marcada por un dispositivo de control. A diferencia de las “disciplinas” que se ejercían en espacios específicos, cerrados y discontinuos (escuela, familia, cuartel, fábrica, hospital, psiquiátrico, cárcel), el control se caracteriza porque se ejerce continua y transversalmente por todo el campo social. No hay un instante ni un lugar en el que el sistema no esté ejerciendo control sobre nosotros. Es este un despliegue más sutil, indirecto, subterráneo y molecular. Pero, por ello, perpetuo, difícil de detectar y, sobre todo, (casi) imposible de eludir.

Como muestran Debord y Deleuze las tecnologías de la imagen son un factor fundamental en el desarrollo de una sociedad de control: la fotografía, el video, la internet, y todas los medios y sistemas de registro digital (imágenes ópticas, huellas digitales, escáneres, GPS, etc.) permiten el ejercicio continuo de la vigilancia sobre la vida de los individuos. Todos podemos llegar a saber todo (o casi todo) sobre todos. La policía, los bancos, las empresas privadas, las agencias de seguridad, el estado, las agencias de migraciones, y un larguísimo etcétera, tienen conocimiento no solo de quiénes somos, de nuestros datos, sino también de nuestros deseos, gustos, aficiones, recuerdos, anhelos y expectativas. Vivimos continuamente monitoreados. Pero no pasivamente solo con la intención de saber más sobre nosotros sino, directa pero implícitamente, con el objetivo de intervenir sobre nuestra subjetividad, modelando nuestra mentalidad y nuestra corporalidad, en fin, nuestras orientaciones existenciales. Los sistema de control buscan así saber quiénes somos para saber qué estrategias deben usar para dirigirnos o formatearnos según sus intereses. Por ello, actualmente el marketing, afirma Deleuze, se ha convertido en la nueva herramienta básica de control social. El capital, entonces, aliado a las tecnologías de la imagen es aquella gran maquinaria que moldea nuestra subjetividad con un único objetivo: convertirnos en consumidores abstractos fidelizados para defender hasta el final sus intereses.

V. Tácticas de resistencia

Como vemos, actualmente la dinámica estructural de las relaciones de poder y la concomitante constitución de falsas conciencias, está marcada por el ejercicio del control a través de la espectacularización del mundo. Quiero hacer hincapié en un punto: esta dinámica no es ni buena ni mala. Así como la sociedades disciplinarias o de soberanía, tuvieron sus propias formaciones de poder, lo mismo ocurre hoy en día. Por ello, como dice Deleuze, no hay espacio ni para el temor ni para la esperanza, solo nos cabe buscar nuevas armas. No es que esté mal que las cosas sean como son, simple y llanamente así son. El problema radica en que las relaciones de poder al interior de la sociedad de control y del espectáculo, más que en cualquier otra, nos otorgan la ilusión de libertad cuando, tal vez, es ella la que congela más nuestra capacidad de desplazarnos, es decir, de ser libres para configurar nuestro campo de experiencias, al sobre-codificar nuestros territorios existenciales con sus categorías de consumo, haciendo así de nosotros simples individuos serializados. Así, pues, es necesario resistir porque el ejercicio del poder bajo la modalidad del control tiende a convertirse en un estado de dominación, separando a los individuos de lo que pueden.

Pero, ¿cómo resistir? A través de tácticas. El día a día nos muestra cada vez más lejos la posibilidad de generar alguna transformación a través de la política oficial. Al nivel de la macro-política los flujos de deseo o libertad están cortados por grupos de representación que, en su afán de dirigir los designios de los demás -ya sean buenas o malas sus intenciones- terminan por obviar las necesidades e intereses reales, singulares y reducen la multiplicidad de demandas a una falsa unidad ideal de representación. En ese proceso se pierde lo más importante: a los individuos. Pero no solo se pierde a los individuos, con mayor dramatismo, se los separa de lo que pueden, coaccionándolos. Por ello, pienso que la única forma legítima de ejercer una crítica al sistema de control, es decir, de resistir, es haciéndolo  mediante una práctica micro-política.

Esta consiste en una análisis molecular de las estructuras sociales. A todo nivel: psicológico, familiar, social, político, etcétera, con la finalidad de detectar espacios potenciales de fuga. Esto es, vectores de transformación y de mutación. Y lo molecular está en lo cotidiano. Como la Internacional Situacionista, la vida ordinaria es el espacio material y simbólico que atraviesa toda nuestra existencia. En la vida ordinaria somos seres humanos, más allá o más acá de nuestros roles temáticos, los que siempre tienden a estar sobre codificados. Es, por tanto, este el nivel en el que se deben desplegar nuestra tácticas de resistencia. Pero, ¿hacia dónde deben apuntar? Si, como decíamos al inicio, es difícil creer en un discurso crítico como el que clásicamente ha defendido la filosofía, ¿cuál es el objetivo, la meta, de la táctica de resistencia? ¿cuál es el estado ideal, utópico, al que debemos aspirar? ¿quién nos ayudará con su saber y sus visiones? ¿a qué filósofo acudir? A ninguno. No existe un afuera de la caverna, no existe un mundo ideal. Lo único que hay son cavernas y más cavernas. Por ello, en consonancia con nuestra identidad “movimiento = libertad”, diremos que la única finalidad de las tácticas de resistencia es mantener encendido el movimiento de la vida, impedir, a toda costa que el flujo de nuestro deseo se detenga, defender hasta con la vida nuestra libertad, pues es ella la que nos ofrece la capacidad de crear y cartografiar nuevos territorios y, gracias a ello, ampliar nuestras posibilidades de existencia.

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