Etiquetas

, , , , ,


Acá les dejo la segunda parte de la ponencia que presenté hace unos días en el Congreso Internacional “Imágenes (de fin) de Mundo”, en el que se conversó con filósofos, psicoanalistas (freudianos y junguianos) y amantes del cine sobre Melancolía de Lars Von Trier y El árbol de la vida de Terrence Mailck. La primera parte la pueden leer aquí.

2. Las tres catástrofes de Gilles Deleuze presentes en Melancolía

En sus clases sobre Capitalismo y esquizofrenia, Gilles Deleuze sugiere que existen tres grandes temores que atormentan la existencia humana sobre la faz de la Tierra: uno psíquico, otro social y finalmente uno cósmico. Los individuos entramos en pavor ante la presencia de rasgos esquizofrénicos en nuestra personalidad; las sociedades, frente a la posibilidad de una guerra civil; y la Tierra, por su parte, cuando constata la inminencia del diluvio. Constatar o solo imaginar la llegada de alguno de estos tres acontecimientos, activa, según piensa Deleuze, nuestros más profundos miedos. Pero, ¿por qué? ¿Qué hace de estos eventos la efectuación de la Idea de peligro? ¿Por qué debemos evitarlos o contenerlos a cualquier precio? Porque los tres -cada uno en su respectivo nivel: psíquico, social y cósmico-, representan el inicio de un proceso de caotización, procesoque puede llegar a ser, si no es conjurado a tiempo, absoluto y fatal. Este movimiento ocasiona la disgregación de cualquier tipo de estructura, generando el desvanecimiento de sus límites y la pérdida de sus códigos. Así, cuando esto sucede nos enfrentamos a la abolición de todos los territorios que tan pacientemente el tiempo ha ido configurando. Lo que el caos introduce ahí donde empieza a asomarse es, entonces, la fragmentación del Todo y, con ello, la posibilidad palpable de su inevitable pérdida.

Captura de pantalla 2012-12-06 a la(s) 10.59.10

En Melancolía de Lars Von Trier están imbricados estos tres registros. Si bien la interpretación final de la película puede condicionarse por el choque del planeta Melancolía con el planeta Tierra y, por tanto, por la catástrofe del fin del mundo, pienso que una lectura más justa del film nos muestra que no solo está presente en él el tercer nivel de caotización, el diluvio, sino también los otros dos. En primer lugar, durante toda la película se observa la historia de Justine, quien, sin saber muy bien por qué, se encuentra al límite de sus posibilidades de mantener una vida psíquica coherente y cohesionada, “normal”. Justine transita un umbral en el que se enfrenta palpablemente con la posibilidad de perderse a sí misma. Varios pasajes nos muestran esta situación liminal:

1. Al inicio, cuando Justine abandona la fiesta orina en medio del campo de golf (22:00:00).

2. Luego, Justine lleva a su sobrino a dormir y se queda dormido con él, cuando Claire la levanta tiene el siguiente diálogo. Claire: “¿Qué sucede Justine?”. Justine: “Estoy luchando con este hilo de lana gris que tengo enredado entre mis pies. Es muy pesado para andar arrastrándolo”. C: “No, no lo tienes”. J: “Sé que odias oírlo”. C: “No le digas nada a Michael”. J: “¿Crees que soy estúpida?”. Inmediatamente después, Justine en vez de volver a la fiesta se da un baño en la tina. Está con la mirada ida, fija en el vacío, sin expresión (30:00:00).

3. Más adelante, Justine vuelve a conversar con Claire, esta vez en el estudio: Claire le dice que Michael, su esposo, ha estado intentando acercarse a ella sin ningún éxito. Justine, aquejada, responde: “eso es mentira, yo sonrío, sonrío y sonrío”. “Es mentira, nos engañas a todos”, le responde Claire visiblemente molesta.

4. Luego busca a su madre: “Mamá, tengo un poco de miedo”. La madre le responde: “¿Un poco? Si fuese tú tendría el miedo de mi vida”. J: “No, es algo más. Tengo miedo mamá. Tengo problemas para caminar”. M: “Veo que aún te tambaleas. Pues ve a tambalearte fuera de aquí. Deja de soñar Justine”. J: “Estoy asustada”. M: “Todos lo estamos. Vete de aquí”. (45:00:00)

5. En la escena final de la primera parte las hermanas tienen un breve intercambio de palabras:  Justine: “Lo intente Claire”. Claire: “Sí, lo hiciste. En verdad lo hiciste”.

Esta primera parte de la película muestra el proceso de fragmentación por el que pasa Justine. No logra establecer ningún vínculo estable con el mundo externo, ni con los padres, ni con el esposo, ni con su jefe, incluso el vínculo con la hermana, quien parece llegar a ella con mayor facilidad, está muy dañado. Por ello, el inicio de la segunda parte de la película, nos muestra una Justine prácticamente en estado catatónico. No puede subir al taxi que la va a llevar nuevamente a la casa de la hermana; casi no puede caminar; duerme muchísimo; no puede bañarse, ni siquiera mantenerse en pie; la comida le sabe a cenizas, a muerte. (1:10:00). Ahora bien, el estado psíquico de Justine empieza a mejorar repentinamente cuando empiezan a percibirse con mayor evidencia los efectos de la llegada del planeta Melancolía. De alguna manera, el preludio a la catástrofe cósmica es una vía de liberación para ella.

Por otra parte, Melancolía también nos muestra el segundo nivel de la catástrofe del que nos hablaba Gilles Deleuze: “la guerra civil”. A lo largo de toda la película, pero sobre todo en la primera parte, se observa, durante la fiesta de matrimonio de Justine, una paulatina decadencia de los lazos sociales, expresada fundamentalmente en la precaria relación que mantienen Justine y Claire con su madre. Esta condensa la ruptura de los lazos que sostienen el tejido social. La madre parece estar imposibilitada para mantener algún tipo de vínculo afectivo, por más pequeño que sea; incluso, lo dice expresamente, desprecia al matrimonio, institución que representa la unión de la pareja, la reproducción, la creación de la familia y, a través de ello, el origen de la sociedad. Lo que la madre está diciéndonos, entonces, es que lo que normalmente consideramos como fundamento de la vida comunitaria del ser humano, la pareja y la familia, no tienen sentido. Además, la figura materna, núcleo de la vida y de la formación del sujeto, es aborrecida por ella misma. Piensen en el diálogo entre ella y Justine que leímos hace un momento. Por otro lado, el padre tampoco juega un rol social sólido: refugiado en sus bromas, en el alcohol y en sus “betys”, no desempeña ninguna forma de autoridad ni de ley que otorgue límites y cohesión. Así, pues, frente a estas dos (no) figuras las hijas quedan abandonadas a los vaivenes de la existencia, haciéndose imposible con ello la familia y la sociedad misma.

Otro vínculo social fundamental que se ve truncado en la película es el laboral. El trabajo es clave para la supervivencia y el desarrollo de cualquier colectividad. En la primera parte de la película observamos la perversidad del jefe de Justine, quien a toda costa necesita obtener de ella un slogan para una campaña publicitaria. Su ambición y su falta de escrúpulos llegan a tal punto que ni siquiera es capaz de respetar su noche de bodas, pues manda a su sobrino a que la persiga hasta obtener lo que buscaba. El vínculo laboral termina por romperse violentamente cuando Justine le confiesa a su jefe que siempre lo ha despreciado, a él y a su empresa.

Finalmente, la relación entre Justine y su recién estrenado esposo, Michael, también está viciada desde el inicio. Él, como llega a decir Claire, ha estado tratando de acercarse a ella toda la noche, pero le ha sido imposible. La boda no se llega a consumar, incluso, la misma noche, Justine se acuesta con otro hombre. Así, pues, familia, trabajo, amor y sexualidad, lazos claves de una sociedad se muestran imposibles en esta parte de la película. La “guerra civil” lo ha tomado todo.

3. Catástrofe y Forma

Vemos, pues, que la catástrofe, en cualquiera de sus niveles de efectuación  amenaza nuestras estructuras (psíquicas, sociales o cósmicas). De esta manera, son, en última instancia, nuestras formas básicas las que corren peligro: las palabras y las cosas. Las Formas, y esto Platón lo sabía muy bien, son la condición de posibilidad de un mundo organizado. Por ello, son totalmente necesarias para superar la indeterminación absoluta y originaria del ser en la que todo está mezclado con todo. No importa ahora si estas formas reguladoras existen objetiva e independientemente y si, por tanto, modelan la realidad sin la intervención de la mente humana; o si son, por el contrario, inherentes a nuestra naturaleza y somos nosotros, en definitiva, quienes ponemos orden en el mundo. Seamos realistas o idealistas, lo importante es que es imperativo habitar un mundo medianamente estable, en el que seamos capaces de determinar territorios claramente cualificados. El cosmos, o la armonía, no es otra cosa que el establecimiento de un orden de las palabras y las cosas, aquel que es amenazado por la catástrofe. Así, pues, las formas tienen la función de operar una organización, una distribución y un reparto de lo sensible, como dice Jacques Rancière, pues lo real, en tanto materia en perpetuo devenir, es amorfo por definición. Las formas nos permiten decir “esto es esto” y, gracias a ello, dan a luz a un mundo.

Pienso, entonces, que Melancolía es una película sobre la catástrofe en tanto proceso de abolición de las formas. En este sentido, Lars Von Trier nos presenta a través de todo el film el reverso profundo, negado e inconsciente de nuestra existencia. Pues la superficie visible que está siempre constituida por territorios claramente definidos es inseparable de aquel fondo insondable, intensivo e inconsistente. Melancolía es, entonces, expresión de la emergencia de ese flujo anómalo que es capaz de destruirlo todo. Teniendo en cuenta esto, me parece que la película nos propone no perder de vista el carácter íntimo de la catástrofe, su posibilidad inmanente e inminente: ese acontecimiento tan temido por el ser humano, capaz de arrastrar todo hacia el silencio y la noche, no proviene del exterior, de un lugar lejano; por el contrario, habita en nosotros, en nuestra psique, en nuestras relaciones sociales, incluso en nuestro mundo. Es inmanente entonces, pues toda forma se configura sobre una materia bruta -sobre un cuerpo sin órganos, dicen Deleuze y Guattari- que nunca desaparece y que, por tanto, siempre insiste por debajo de nuestras edificaciones existenciales. Así, pues, el flujo de materia en devenir está siempre presente. Por ello mismo la catástrofe es inminente. Aunque normalmente tendemos a pensar que vivimos seguros y estables, pues controlamos el mundo, interno y externo, la inmanencia real de lo indeterminado a todo cosmos, hace que en cualquier momento, en un instante inesperado, pueda activarse un vector de caotización, arrasando a su paso todo lo que encuentre. Es por ello, como decíamos al inicio, que le tememos tanto: porque nos reconocemos sometidos a sus designios. Es muy poco lo que podemos hacer cuando la esquizofrenia, la guerra civil o el diluvio amenazan con tomarlo todo.

Creo que todos podríamos estar de acuerdo con lo que he venido sugiriendo. Especialmente quienes estamos reunidos acá, pues, aunque no quiero generalizar, me parece incuestionable que los psicoanalistas, filósofos, y amantes del cine sabemos, incluso por experiencia directa, lo cercana y presente que está esa dimensión intensiva de la existencia. No ignoramos el poder del inconsciente sobre la vida; mucho menos la realidad del sin sentido sobre el que todo sentido se construye. Por ello, Deleuze afirmaba que los buceadores del pensamiento regresan de las profundidades con los ojos inyectados de sangre y con los tímpanos reventados… si es que logran regresar. En este sentido, no cabe duda que Lars Von Trier es un pensador, y que sus películas son expresión de sus visiones. Por ello, Melancolía (o Bailar en la oscuridad) posee la potencia para violentar nuestro pensamiento y llevarnos, a los espectadores, al límite de nuestras formas. Gracias a esto activa en nosotros un devenir pensador inesperado.

Captura de pantalla 2012-12-06 a la(s) 10.59.30

Anuncios