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Acá les dejo la tercera y última parte de la ponencia que presenté hace unos días en el Congreso Internacional “Imágenes (de fin) de Mundo”, en el que se conversó con filósofos, psicoanalistas (freudianos y junguianos) y amantes del cine sobre Melancolía de Lars Von Trier y El árbol de la vida de Terrence Mailck. La primera parte la pueden leer aquí.

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4. ¿Por qué adviene la catástrofe? La pérdida de la creencia, la desconexión.

Pero, ¿qué es lo que hace actual esa catástrofe que sobrevuela virtualmente la existencia? ¿Qué es lo que agrieta y hace estallar nuestras formas, permitiendo la emergencia de ese fondo sin forma que lo toma todo, como en la escena final de Melancolía? Mi propuesta es que el caos emerge con brutalidad cuando se ha dejado de creer. Creer es una condición clave para mantener visible y pensable en nuestro campo de experiencias aquello en lo que se cree -sea lo que esto sea-; es decir, es el impulso a partir del cual todo se organiza, adquiriendo un sentido, un valor y una finalidad. Es, por ello, un factor de génesis y cohesión. Desde esta perspectiva, creer no es originariamente un acto cognitivo; es, más bien, una adhesión y un asentimiento existencial, del cual se derivan los posteriores actos intelectuales, conscientes y lingüísticos. Por ello, primariamente, la creencia es una cualidad afectiva que nos mantiene unidos, ligados, aferrados o conectados con algo, sea lo que esto sea. Creer es, en fin, y en términos psicoanalíticos, mantener erotizado el mundo.

 

Freud afirmó en Duelo y Melancolía que cuando alguien ha pasado por un evento muy doloroso, los vínculos libidinales que establece con la realidad se repliegan hacia la vida interior. Como si los “tentáculos afectivos” que nos mantienen conectados con el mundo externo, tuviesen que emprender la retirada para protegerse y regenerarse; y así poder, luego, retornar e investir nuevamente el mundo. Por ello, en situaciones de duelo o de melancolía los eventos del mundo pierden valor, el sujeto se desconecta y aísla, no encuentra sentido en su vida ni en las actividades comunes y ordinarias; no tiene fuerza para hacer prácticamente nada; ve todo gris, en fin, se aburre. Dino, protagonista de la novela El Tedio del gran escritor italiano Alberto Moravia, define esta condición de melancolía o tedio como “la ausencia absoluta de relaciones con la realidad”, es decir, como la condición del individuo que es incapaz e incluso impotente para conectarse con la multiplicidad de aspectos que acontecen en el mundo. Así, pues, cuando ya no creemos en el mundo es que ya no somos capaces de erotizarlo. En este punto la realidad aparece como un gran sin sentido, perdiendo completamente sus formas, es decir, sus territorios y sus códigos. Se convierte en una pura cosa ahí.

 

Como he mencionado ya, me parece que Melancolía es una película sobre la catástrofe, pero siempre y cuando entendamos esta como el resultado de una pérdida de creencia en las formas. Ahora bien, vale la pena aclarar que esta pérdida de fe es una incapacidad para adherirse y afirmar nuestras formas actuales. Pues, si hubiese un solo mundo, entonces estos procesos catastróficos determinarían un final absoluto. Serían, por tanto, expresión de un instinto de muerte primordial. Pero no siempre ni necesariamente la caotización es absoluta; aunque el temor que inspira en nosotros normalmente es experimentado con gran ferocidad, la catástrofe puede ser solamente la pérdida de un modo particular de organizar la psique, la sociedad o la Tierra. En este sentido, la catástrofe es también posibilidad de renacimiento y es, por ello, portadora de una potencia de vida inagotable. Esta relación, aparentemente paradójica, entre catástrofe y génesis es lo que Lars Von Trier a mi juicio presenta de forma sublime en Melancolía. Es lo que hace de esta película una obra maestra. No podemos, entonces, dejar de lado el elemento más importante de esta película, justamente aquel que liga los dos aspectos opuesto que acabo de mencionar: la presentación de lo bello. Melancolía también es una película sobre la belleza y es tal vez este aspecto el que organiza todo el sentido que el film condensa y expresa. El director nos ubica en un pasaje de caotización, es cierto, pero no en aquel marcado por una línea de muerte, como dice Deleuze, si no más bien en aquel umbral preñado de vida. Y esto solamente lo sabe Justine, protagonista del film. Por ello, en las últimas escenas se muestra extrañamente tranquila y coherente a pesar del terrible acontecimiento que está por acaecer. Ella sabe, y se lo dice a Claire, que este mundo es malo. Justine enfatiza el “este”. Otros mundos, no necesariamente humanos, pueden ser mejores. Acá el “malo” me parece que no es una calificativo moral; más bien, alude a una evaluación de potencias: el mundo es malo porque ya no puede ofrecernos nada, porque lo hemos perdido, porque ya no somos capaces de creer en él.

 

Y es por ello que este mundo debe ser superado, como el hombre, según Nietzsche, será superado por el super hombre. ¿Quién era el super hombre nietzscheano? Aquel que había redefinido su forma de creer en el mundo, aquel que había pasado por el acontecimiento traumático de la muerte de dios y había sobrevivido, aquel que se había aproximado al abismo del sin sentido y había sido capaz de retornar, aquel que superó el nihilismo,  aquel que fue capaz de re-erotizar sus vínculos con el mundo, de re-significar la realidad, en fin, el súper hombre es el afirmativo, el que quiere, cree y, por tanto, crea un nuevo mundo en el que se multipliquen sus posibilidades de existencia. Lars Von Trier nos pone en ese umbral, antes de la destrucción de las viejas tablas y Justine, su profeta, lo sabe: como una vidente afirma: “yo veo cosas, sé cosas”. La imperturbabilidad de Justine hacia el final del film es la del pensador, ese del que hablábamos al inicio, aquel que ha regresado de las profundidades y que ha sobrevivido, es aquel que ha visto y que, por ello, no se preocupa ni se asusta de lo que va a suceder. Aquel que ama el sentido trágico de la vida. Justine, otro nombre para el super hombre.

 

Y Lars Von Trier presenta esta transición, como decíamos, con magistral belleza. Y es esta la belleza de la vida, de un nuevo nacimiento, de la esperanza. Es también la belleza de la despedida, pocas veces vista, pocas veces mencionada, casi nunca aceptada. Pero también es bello, parece querernos decir el director, dejar ir, permitir que algo parta, pues sabemos que esa partida será la pérdida de una forma de existencia pero, al mismo tiempo, el inicio de una nueva, grande o pequeño, eso no importa, pero cargada de potencialidades y de futuro.  Melancolía pone en juego lo que Gilles Deleuze le exigía al cine, al pensador y al hombre modernos: una conversión inmanente de la fe que nos devuelva un mundo. Es esta nuestra única posibilidad. Y Justine lo sabe, aunque este saber le cuesta la vida.

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