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Hace mucho tiempo escuché en la televisión al sexólogo sabelotodo Marco Aurelio Denegri afirmar lo siguiente: “las relaciones heterosexuales son las más disfuncionales; las homosexuales lo son menos; y, la que nunca falla es la relación auto-erótica: la masturbación”. No hay, sostenía, en condiciones normales, una masturbación que falle. Infalibilidad absoluta. 100% de efectividad. Esta singular y muy significativa cuestión nunca me terminó de cuadrar. No porque no me pareciese verosímil, de hecho, mi propia experiencia casi la confirma (y piensen, queridos lectores, en sus propias experiencias); en realidad, nunca me cuadró del todo porque no sabía cuál era su explicación. Y como buen filósofo siempre le planteo un por qué a la vida, y exijo que me responda.

En todo caso, por épocas recordaba la cuestión, y luego pasaba al olvido. Así fue transcurriendo el tiempo. Hasta que hace unos días algo ocurrió, y fue precisamente en terapia. Fue una experiencia interesante ir a mi última sesión de psicoanálisis después de haber pasado la noche formando parte de la cohorte de Dionisos, rodeado de sátiros y de ninfas, de alcohol y de humo. Aún con la vibración en el cuerpo, pleno de intensidades en la carne, pero ya con la conciencia despierta -aunque no atenta- me desparramé en el sofá. Mi primer pensamiento fue: “nunca he llegado 15 minutos tarde como hoy, ¡maldición!”. El segundo: “la masturbación es platónica…”. Esta idea -que no tematicé explícitamente en terapia, pero de la que sí hablé con mi hermana algunas horas después (quien, dicho sea de paso, es psicoanalista)-, en conjunción con mi experiencia nocturna, me hizo recordar la afirmación de Marco Aurelio Denegri. ¡Y claro! La respuesta a la pregunta que tanto me rondaba la mente estaba ante mis ojos: la masturbación era platónica y eso explicaba que fuese absolutamente funcional, ideal.

La masturbación es platónica entonces. Seguramente todos han oído hablar alguna vez de la famosa “teoría de las Ideas” del filósofo griego Platón. Según este pensador, existen dos mundos: por un lado, este mundo concreto que conocemos, en el que habitamos y actuamos los seres humanos, y que se caracteriza por la negatividad de la materia: imperfecta, temporal, caduca, corrupta, finita, etc.; por otro lado, existe un más allá, perfecto, eterno, ideal, pleno, que escapa a la degeneración del mundo material (algo así como el cielo de los cristianos). La cuestión cae por su propio peso: ¿qué hacemos al masturbarnos si no es ubicarnos en un más allá ideal? ¿No son las fantasías con las que jugamos en nuestra mente representaciones perfectas de aquello que deseamos? Es justamente esa perfección del objeto de deseo masturbatorio el que hace que esta nunca falle, ¿cómo podría no ser exitosa? La única opción que se me ocurre es un auto-boicot, es decir, que generemos una fantasía que no sea ideal y que, por lo tanto, nos cause algún tipo de insatisfacción, malestar o sufrimiento. Evidentemente, en este caso el acto se verá perjudicado, pudiendo ser disfuncional. Pero la mayor parte de las veces eso no ocurre.

Si la masturbación es platónica -y por eso ideal-, las relaciones sexuales concretas con un ser humano del sexo opuesto son nietzscheanas. Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX, dirige todo su proyecto crítico al idealismo fundado por Platón y Sócrates, pues considera que este al afirmar la existencia de un mundo trascendente perfecto le está negando al mismo tiempo plena realidad a este mundo (y a este cuerpo) que habitamos. Para Nietzsche, la creación de ese otro mundo ideal es expresión de individuos que no soportan la existencia tal cual es, con toda su imperfección, con el dolor, el sufrimiento, la conciencia de la muerte, etc. Solo quienes no han comprendido el sentido trágico de la vida, quienes no aman la tierra, pueden atreverse a postular otra vida. Son débiles, incapaces de gozar la existencia, impotentes para afirmarla tanto en el dolor y en la alegría. Se refugian en su fantástica realidad ideal. El sexo, evidentemente, no es ideal. Es plenamente material, corporal, expresión de fuerzas e intensidades. En la relación sexual nos enfrentamos a lo real en el cuerpo del otro. La alteridad radical de la eventual pareja nos impide controlar, conocer, nos impide asegurarnos para alcanzar un “final feliz”. Nunca sabemos qué encontraremos: qué gestos, movimientos, olores, texturas, palabras, etc., saldrán a nuestro encuentro para sorprendernos.  El otro como fuente de lo desconocido, de misterios; el otro como signo, como experiencia abierta, como afuera absoluto. Evidentemente, solo cuando nos entregamos a la experiencia de lo ajeno e incógnito podemos fallar. Y de hecho, fallaremos una y otra vez, pues no sabemos cómo recorrer el camino, pues no conocemos el camino, pues el camino está siendo trazado en cada instante, con cada paso.

La masturbación, por platónica, no es disfuncional. Pero claro, es tibia. Ahí nomás. Está bien, pero seguro sentimos que algo le falta. Y lo que le falta no es más que la densidad propia de la realidad. La fantasía ideal nunca nos decepcionará, de eso estamos seguros. Pero tampoco nos llevará muy lejos, pues no tiene una conexión efectiva con las fuerzas e intensidades que recorren y mueven la vida. Nos mantiene en una segura medianía. La relación sexual efectiva, por el contrario, está plagada de vitalidad. Y la vitalidad es impredecible, puede encenderse y llevarnos a lugares insospechados (y terminaremos diciendo cosas como: “yeah, yo quiero el shampoo que ella está usando”)… pero también puede simplemente apagarse como un cigarro mojado. En todo caso, el riesgo de perder solo existe cuando también podemos ganar. Y eso solo nos lo ofrece la tierra y el cuerpo. No las ideas.

Pero, si la masturbación es platónica y el sexo heterosexual nietzscheano, ¿dónde queda el homosexual? ¿Y las demás posibilidades? Habrá que seguir pensando, ¿experimentando?

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